Chachita, ¡te cortaste tus trenzas!
Ya lo decía hace un par de días, la vida no tiene porqué ser fácil, y cuando creímos que habíamos superado lo más difícil que se nos pudiera presentar, PUM, algo más grande nos cae encima.
Carlos me pregunta qué estilo quiero, yo cierro los ojos un par de segundos y al abrirlos le comento “por extrañas razones, tengo tuzado el cabello, sólo quiero que me lo arregles”. Él analiza un poco la materia prima con la que tiene que trabajar y suelta una broma. No me río. Sigue levantando mechones de cabello y después de concluir su análisis, se sienta en la silla de a lado y me dice “lo primero que tienes que hacer, es aceptar que va a haber mucho cambio, hay partes donde el cabello está muy corto, pero ya que tengo tu permiso, haré un gran trabajo y verás que en el futuro podemos hacer maravillas”. Yo sólo pienso que no podría decir algo diferente, a fin de cuentas, un buen trato y la promesa de seguir “haciendo maravillas” es lo que puede o no hacer la diferencia a la hora de retener un cliente. Así que dejo que comience a levantar mechones de cabello con las pinzas, pero antes de que de el primer tijeretazo, le suelto “sólo déjalo lo más largo que puedas, por favor”. Ya, lo dije. Mi vanidad de mujer ha hablado. Con el primer mechón que cae, me empiezan a salir lágrimas, muchas más de las que me gustarían. Cada vez que siento cabello caer, un puchero intenta escapar, pero aprieto los labios y sólo las lágrimas, que no encuentro cómo contener, terminan escurriendo por el mandil de la estética.
Hace sólo unas horas, estaba en la parte trasera de una combi, el olor era terrible y la mujer que sostiene un cuchillo y unas tijeras con sus manos artríticas se ríe mientras los otros discuten a dónde llevarme. Ella ya ha abierto mi blusa con el cuchillo, por el mero placer de hacerlo. Yo miro por la ventana y pienso en lo absurdo que sería ponerme a pelear con ellos. Pienso, con miedo, que podrían llamar a alguno de mis familiares o alguno de mis amigos. Pido, en silencio, que mi celular haya por fin muerto, que no prenda, y que no puedan ver las dos últimas personas a las que he llamado. La mujer sigue riendo y al notar que la observo, decide apagar su cigarro en mi barbilla, me arde, pero no grito, sólo me retuerzo. “Ahora párate para que compre otro cigarro”. Ése también lo va a terminar apagando en mi cuerpo. Para este momento ya me han quitado el poco dinero que no tengo, porque era dinero para comida, no para “gustitos”, y han roto mi pantalón, mi blusa y mechones de cabello quedan en el piso de la combi en la que me llevan a ninguna parte.
Regreso a la estética. Me duele ver cómo mi cabello queda tan corto. Adrián se ha ido a sentar cerca de mí y, cuando Carlos va hacia la recepción, se acerca y me pregunta porqué lloro. Ni siquiera intento sonreírle, dirijo la mirada hacia la ventana y no le respondo. Justamente esta mañana me ha dicho que los hombres no entienden de ropa, de cabello ni de esas cosas, así que asumo que hablarle de la vanidad femenina y del amor de una chica por su cabello no tiene mucho sentido. Pero no es sólo eso. Ellos me quitaron el poco efectivo que tenía, los zapatos, desgarraron mi ropa y maltrataron mi cuerpo. Me hicieron caminar descalza, con miedo, me arrancaron la poca fe que me quedaba en esta ciudad. El cabello era sólo una representación de todo lo que sentía, de todo lo que me estaban quitando. Pero Adrián se acerca de nuevo y, con torpeza y de una forma brusca, me pone una toalla en la cara y me pica un ojo, entonces sí sonrío y lo veo con tanto amor, que comienzo a sanar de manera inmediata. Estoy ahí, estoy con él.
Un par de horas antes, Memo llegó a casa preocupado y me ayudó a que me dejaran de temblar las piernas. Están ellos dos. Está incluso Paulina, que al comentarle, comenzó de manera inmediata a mentar madres. Están las personas en las que pensé cuando temí terminar en el Ajusco, sólo como un cuerpo abandonado. Están todos ellos, a los que siempre les digo que los queiro y que, a cambio, me quieren también. Al final, me doy cuenta de que he estado llorando todo ese rato y le digo a Carlos “hoy me asaltaron, y una de las personas que iba, comenzó a cortarme mechones de cabello, por eso me está costando tanto hacer esto, discúlpame”. Él suspira, y comienza a hablarme acerca de lo bonita que soy y de lo mucho que va a lucir su trabajo en mí. Me cuenta un par de anécdotas acerca de situaciones personales y me deja la frase “no dejes que te quiten más, ellos están cavando su propia tumba”. Termina de secar mi cabello y me muestra cómo me veo. Luzco linda y sonrío de nuevo.
Todavía me toma un par de horas más aceptar todo lo que ha pasado y aceptar la idea del cabello corto, pero me sigo viendo en los espejos y sigo repitiéndome que me veo bien.
Adrián me ha dicho que es un nuevo comienzo y me siento como un ave que una alita rota, pero que se va a recuperar. No soy pichón, soy un águila que tuvo un accidente, pero que pronto volverá a cortar el cielo, más fuerte, pues sabe que hay muchos más peligros que los que creía conocer.
El cabello vuelve a crecer, nos repetimos todo el tiempo, pero hoy causa mucho eco esa frase en mi cabeza.
“Siento que hoy vas a tener muchas pesadillas”, me dicen antes de dormir, y por un momento, creo que es verdad. No porque siga asustada, sino porque siempre tengo pesadillas, pero hoy, después de todo esto, me siento peor. Pero sólo me despierto un par de veces con sobresalto, lo bueno es que de inmediato siento calma. Estoy a salvo, y si algo no voy a permitir es que esto también me genere miedo. No, esta vez no.
Esta vez lo que va a salir de esta situación, es una persona más fuerte, más precavida, una persona que sabe que hay cosas malas, que no puedes confiar. Es triste, pero es cierto, así que no puedo sólo ignorarlo.
Aquí estoy, linda, con un par de pasadores de colores en el cabello corto, escuchando cómo me dicen que me veo bien, mientras observan los golpes y rasguños en mi cara, la quemadura de mi barbilla, pero eso no me importa.
Ya no.