Despedidas
Su mano está fría. Aquello parece la antesala de lo inevitable. Lo es. Acerco mi cara a su mano y soplo, intentando que mi aliento lo caliente un poco. Tus manos están aún más frías, me dice, y al levantar la mirada puedo verlo sonriendo. Su trabajo era ese, calentar mis manos y mis pies, porque parece imposible que lo logre por mí misma, sin importar cuántas cobijas o calcetines lleve encima. Pero ahora son sus manos las que están heladas, y en mi cabeza, imagino que sus pies también lo están. Cierro los ojos en un intento por no llorar y siento cómo mueve sus dedos entre mis manos. No llores, todo va a estar bien. ¿Cuántas veces he escuchado eso? No lo sé, pero nunca, sin importar quién lo diga, he logrado creerlo. De cualquier forma no lloro y le sonrío. ¿Sabrá que lo quiero? No tengo ni idea de cuántas veces se lo he dicho, pero seguramente no han sido tantas como las veces que él me lo ha dicho a mí. Probablemente ni siquiera se lo he dicho la mitad de las veces, tal vez ni una cuarta parte de las veces en que él me lo ha dicho. Pero sé que lo sabe. También sabe mis manías, mis inseguridades, sabe de mis berrinches sin sentido, de mi egoísmo, de esa vanidad que parece que nunca queda satisfecha. Dime algo bonito, le solía pedía, a veces exigir, y él comenzaba a contarme momentos que habíamos pasado juntos, las cositas que le gustaban de mí. Pienso en sus novias, con las que siempre se quería casar y la forma en que nos buscábamos cuando algo terminaba saliendo mal. Soy un egoísta, me decía entonces. Jamás, era lo que le respondía. No he conocido a alguien más desinteresado, pero en esos momentos, cuando después de tanto tiempo nos encontrábamos, estábamos de acuerdo con serlo, los más egoístas, y, por ende, los más felices del mundo.
Te tienes que portar bien, No digas tonterías, sabes que no va a suceder, me voy a conseguir a un novio más guapo. Y se ríe el muy tonto. ¿Qué voy a hacer sin su sonrisa, tan limpia, tan sincera, tan amplia, como su cariño por todo aquello que lo rodea? Me recargo en su pecho y no logro escucha el latido de su corazón. No encuentro tu corazón, le digo alarmada. Ah, pero ahí está, latiendo fuerte como cada vez que te me acercas, no logro evitarlo, hasta estoy sudando. Las palabras salen lentas de sus labios, siempre tan firmes en cada palabra y expresión, pero ahora tan pálidos que dudo que realmente estén ahí. ¿Qué voy a hacer sin ti? Le pregunto al fin. Tienes que sonreír mucho, Pero te voy a extrañar, Y yo a ti, no me hago a la idea de no volverte a ver. Y entonces sucede. Me parece que comienza a ahogarse y una enfermera entra corriendo. Está llorando, me dice para calmarme. Nunca lo había visto llorar. Se me quiebra la voz en una frase cuyas palabras desconozco y comienzo a llorar yo también. Tomo nuevamente su mano y la beso, la beso tanto que siento que le voy a hacer daño, pero no me importa. Que nos duela a los dos.
Minutos después él está durmiendo, lo veo tranquilo y me arrepiento de la escena anterior. Incluso la enfermera salió llorando de la habitación. ¿Qué podría decirle que no me haga llorar? ¿Qué podría decirle cuando no hay palabras que lo reconforten? Despierta un par de horas más tarde y me llama por mi nombre. Le sonrío y apoyo la cabeza nuevamente en su pecho. Ahí está, ese bum bum que conozco tan bien me saluda de forma débil, pero me da gusto, suspiro y me siento mejor. Voy a estar bien, le digo al fin. No sé cómo, ni cuándo, pero voy a estar bien. Y… tienes que saber algo, siempre te voy a querer. Y siempre me voy a sentir querida por ti. Tanto me has querido, que siento que tengo amor para sentirme contenta toda la vida, para sentir que irás conmigo por muchos años. Gracias, por quererme como nadie más lo ha hecho, gracias por hacerme reír, por decirme siempre cosas lindas, por verme y pensar que era la chica más linda de todas. Te quiero. Te adoro. Te amo.
Al día siguiente me quedo en mi casa, mientras los demás hacen honores, dirigen palabras de lamento o de consuelo, se abrazan y lloran. Yo pongo una silla junto a la ventana y veo las nubes moverse muy lento, pero parece que lo que veo no conecta con lo que pienso. Mi mente está allá, en una noche llena de cerveza, de música, un karaoke y música de Luis Miguel. Nos veo entre tantos amigos bailando, riendo, abrazándonos y sonrío. Siento que hay lágrimas, pero eso no impide que me ría un poco, que tararee a la chica del bikini azul y, finalmente, me levante, destape una cerveza y brinde por ese cariño que no se va, que no podría irse jamás.