I need to make you see what you mean to me

Hace unos años tenía un novio que me agendó en su celular como Miguel para que otrx no se enterara de que él tenía una relación. Borrando mi género (en francés Michelle es la opción femenina de Michel, es decir, de Miguel), escondía una realidad sexoafectiva. Hace esos mismos años, me empecé a nombrar como parialapsus en las redes, no porque no me guste mi nombre (cuya ambigüedad fonética, entre otras cosas, me resulta maravillosa), sino porque nombrarse a una es un acto de empoderamiento que consideré necesario. Hace varios meses me nombro lesbiana, y en ese nombrarme pude ser mucho más la que quiero ser en el mundo, me di un sentido que me permite ser-en-el-mundo desde otro lugar, justamente, uno más empoderado, uno con el que me identifico, uno no solo de mucha potencia, sino (y principalmente) de felicidad.

Hace unos días, un librero con el que había realizado una transacción grande por trabajo se despidió con un “Chau, Miguel… perdón, Michelle”. El librero no sabía nada de todo lo expresado en el párrafo anterior, pero lejos de sentir la incomodidad que sentía cuando era más chica y mis compañerxs de escuela me cargaban por “tener nombre de varón”, o la que sentí cuando descubrí el artilugio en la agenda de mi ex, pensé que me habían leído como lesbiana. Y es que cuando una se nombra lesbiana y performa corriéndose de lo que socialmente se espera de una feminidad heterocis, desconcierta. Creo que el saludo del librero fue parte de ese desconcierto, inconsciente, tal vez hasta inadvertido. Miguel, entonces, vendría a ser el modo en el que me nombran cuando no pueden nombrarme del todo, cuando mi nombre no se corresponde con la expectativa de unx otrx, tenga esta la motivación que tenga.

Me considero mujer y lesbiana, porque creo que la categoría de mujer no es aún una categoría necesariamente vetusta, creo que puede ser (como ser lesbiana) un lugar de resistencia, potencia y empoderamiento. Esto no quiere decir que todxs lxs asignadxs como “mujer” por otrxs deban sentir lo mismo, claramente. Por otro lado, la ambigüedad de mi nombre me resultó siempre productiva: tengo amigxs que me dicen “fucó”, tengo un chiste interno con la fonética de De Certeau, porque muchas veces me consideré y considero una desertora: de espacios políticos o afectivos, de la cisheteronorma, de ciertos modos de afectarse.

Hay una distancia grande entre nombrarse y ser nombrada: cuando te nombran, imponen también una mirada sobre vos. La interpelación puede ser muchas cosas, pero siempre muestra algo de quien la enuncia. De cualquier modo, me entretengo mucho pensando en ese otrx yo que se llama Miguel/Michel e imaginando una vida distinta. Por ese intimísimo motivo, vuelvo seguido a este poema de Saer:

El arte de narrar, 2000, p. 98

La importancia de nombrarse es la de permitirse ser. Parialapsus me permite escribir sobrevolando muchos espacios donde la palabra de Michelle circula. Este es uno nuevo, en el que elijo ser ambas.

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