El sepulturero

Incluso en el más grande de los horrores, la ironía rara vez falta.” H.P Lovecraft

Supongo que muchas personas pueden pensar que ser sepulturero es algo tétrico o por lo menos fuera de lo común pero en realidad, es algo que comúnmente pasa desapercibido, somos lo último a lo que la gente le presta atención cuando le dice el último adiós a sus seres queridos, creo que incluso, nosotros mismos le restamos importancia a nuestro labor del día a día o al menos, eso me pasaba a mi hasta aquella ocasión que lo cambió todo.

No fui el mismo desde entonces. Me comenzó a producir un terror indescriptible mi trabajo así que empecé a ausentarme lo que llevo a mi inminente despido, no tenía una amplia experiencia en otro oficio y hablando con honestidad, los episodios de pánico que me acaecían continuamente desde ese terrible evento me hacían un candidato endeble para cualquier empleador que pudiera contratarme. Caí en la desgracia prontamente y no he hecho más que refugiarme en los vicios más vulgares y repugnantes que me puede ofrecer esta horripilante ciudad. La verdad es que la culpa es la que me ha carcomido por dentro. Es en definitiva, la única culpable de todos las desgracias que me aquejan, es por eso que he venido a confesar mi horripilante crimen esperando, sin embargo, que mi historia pudiera despertar un poco de comprensión hacia mi persona.

Todo comenzó como se acostumbraba, una ceremonia religiosa, una caravana sombría, la preparación del terreno, el escarbado del mismo, los llantos, las suplicas; rayos como odiaba las suplicas. La gente se juntaba alrededor del agujero contemplando, angustiada, el descenso del ataúd. Era una mujer a quien enterrábamos, lo deduje a partir de lo que en la ceremonia se dijo y de lo que pude escuchar de los dolientes. “Joven y hermosa, no era justo que muriera tan repentinamente” Alguien dijo.

Mientras terminábamos nuestro trabajo miré como la gente se formaba para despedirse del que al parecer era el joven viudo, sin embargo, algo me llamó la atención en él. No era típica su expresión, no era la de un hombre en duelo, mucho menos la de un hombre conmocionado, uno aprende a distinguir éstas expresiones cuando trabaja en esto, tal vez para la gente pasamos desapercibidos, pero la gente no pasa desapercibida para nosotros. La expresión de ese hombre no era la de pena, era la de la prisa, la de la urgencia; no sé por qué pero escalofríos recorrieron mi piel.

No sé que fuerza me impulso a acercarme a él, tal vez solo fue una morbosa curiosidad. -Lamento su perdida- Le dije de sesgado, -Gracias- me respondió apresurado, como tratando de evitar la pregunta. -Me imagino que la quería mucho.- -Sí, la quería- -Pero no se angustie, estoy seguro que ella ya esta descansando en paz, lejos de cualquier sufrimiento- Dije, intentando dar algún tipo de consuelo al hombre, sin embargo, esto genero una reacción completamente extraña. Se irguió de repente, la prisa que al principio lo abrumaba dejo paso a una expresión reflexiva, el semblante se le lleno de una sombra siniestra y en sus labios se dibujo una mueca cruel, “No”, dijo al fin. “Aún no descansa y está lejos de alcanzar la paz eterna”. De golpe un escalofrío recorrió mi cuerpo y pensamientos terribles inundaron mi mente. ¿Por qué?- Le pregunté, temiendo la respuesta. -Porque cuando la sepultaron aún estaba viva- Me respondió.

Una risa espantosa se escapo de él mientras se alejaba de mi. El horror me paralizó de golpe, aquel monstruo me había hecho cómplice de su crimen, un evento atroz que me acompañaría el resto de mis días.