La maldición

El caso era relativamente sencillo, asalto a mano armada, hubo resistencia en el arresto por lo que la violencia contra el agresor fue necesaria, no me importa, será mi as para sacarlo de aquí, la demanda fue presentada por una anciana quien había sido la victima de mi cliente, era pobre por lo que el abogado que la representaba tampoco iba a ser un obstáculo muy grande para mí, el motivo de mi defensa era sencillo “se habían violado los derechos humanos de mi cliente al ser detenido” se pudo demostrar fácilmente que los oficiales de policía no habían procedido debidamente, todo el caso terminó como esperaba, “libre por actos indebidos en la detención del acusado” después de qué mi cliente pagara su fianza y mis honorarios, mi trabajo estaba hecho, un día más haciendo bien mi profesión; me dispuse a salir del juzgado pero no pude dejar de notar que alguien me seguía, una sombra se resbalaba por los rincones y me acosaba, cuando llegué al estacionamiento mi seguidor se presentó, distinguí una figura encorvada, femenina y vieja, era la anciana de la demanda, me miraba con odio, asimismo tenía la mano extendida, señalándome con sus dedos índice así como el meñique formando una especie de mano cornuta, su figura extraña avanzaba hacia mí y mientras me miraba con sus ojos inyectados de odio dijo:

-Usted, usted no lo sabe pero es un monstruo, pero pronto lo sabrá, pronto estará cara a cara con la maldad que hay en usted, pronto tendrá que enfrentarse a la suciedad que libera cada día que camina por esta tierra.

-Lamento que haya perdido su caso señora, debería tener más cuidado al caminar por la calle la próxima vez, si me disculpa tengo que irme a casa.

Me terminé de reponer y abordé mi automóvil mientras la señora no dejaba de apuntarme con esos ojos enfurecidos atrás de esos dedos torcidos, ya antes había recibido amenazas de personas que perdían un caso ante mí, estaba acostumbrado, pero esto fue diferente, los escalofríos que recorrieron mi cuerpo nunca los había sentido, mientras salía del estacionamiento miré por el retrovisor y pude ver su figura empequeñecerse con la distancia, pero firme en su posición, en su odio, con esos dedos apuntando a mi automóvil, dirigiéndolos a mi camino.

Ya era oscuro cuando por fin llegué a mi casa, una hermosa vivienda, el fruto de mis esfuerzos, tan solo admirarla además de saber que era esperado y amado fue suficiente para desvanecer los rastros de preocupación que quedaban de aquella amenaza hecha más temprano por aquella aterradora figura que ahora se desvanecía en mi memoria, las luces estaban apagadas, seguramente Brenda, mi esposa, la criatura más hermosa que yo he amado ya estaba dormida, no podía esperar para que su calor desapareciera los pequeños rastros de temor que aún quedaban en mi mente. Traté de ser lo más sigiloso posible, después de dejar mis cosas en el estudio me escabullí en puntillas a mi habitación cuando escuché un ruido que me dejo helado en el pasillo, era un gemido, una especie de chillido, parecía el sonido expulsado por alguien en agonía pero pronto lo reconocí, esa era la voz de mi mujer; rápidamente entré en mi habitación, lo que vi me horrorizó, una figura oscura y extraña estaba sobre ella, la tenía atada a la cabecera de la cama, se podía ver como se resistía ante los embates del invasor. Me llene de rabia, la sangre corrió por mis extremidades, mi cuerpo se soltó al ataque y derribé a mi enemigo al piso de la recamara, la rabia me empoderó y pronto tenía rendido a mi oponente boca arriba bajo de mí, no era suficiente, tenía que castigarlo, mis puños lo sabían así que arremetían una y otra vez contra su rostro; mientras descargaba mi rabia sobre el delincuente podía escuchar a mi esposa gritar y patalear mi nombre. — Detente, espera, ayúdame- Sabía que tenía que liberarla pero en ese momento toda mi atención estaba en destruir a mi víctima, tomé el despertador que descansaba en el pequeño buro a lado de mi cama y comencé a destruirlo en la cara del agresor, era una sinfonía espantosa de sonidos, el despertador despedazándose en el cráneo del pobre diablo debajo de mí, moviéndose y estrujándose, los gritos de mi esposa pidiendo que la atendiera, mi respiración exhalando cólera. Por fin, cuando había gastado todo mi dolor y el cansancio se apoderaba de mí, el cuerpo sometido a mí se dejó de mover, dejó de oponerse, ya no había vida en el mismo, paré, traté de recobrar el aliento y mientras lo hacía, noté el silencio que había a mi alrededor, algo malo había en él, faltaban unos sonidos, abrí los ojos y dirigí inmediatamente el rostro a mi cama, estaba vacía, mi cuerpo se llenó de terror, extendí la mano, prendí la lámpara a lado de mi cama y la imagen que la luz reveló horrorizó todo mi cuerpo; al mismo tiempo una risa cruda, cortada y horripilante se colaba desde la oscuridad y mientras escuchaba el vaivén de los tonos de aquella carcajada espantosa veía como la vida se escapaba del mutilado rostro de mi esposa.

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