“¿Así que esto era morirse?” Se preguntaba “el Muerto”, ya muy anciano acostado en el catre de su caluroso rancho en el medio de la nada. De lejos oía rumores que identificaba como los gritos de su hermana y el sobrinaje. Todos estaban allí esperando el desenlace final.
Pensó que ahora sí le quedaba bien el apodo de “el muerto” que le pusieron sus amigotes cuando era joven y que a él le gustaba pensar que hacía más referencia a su aspecto pálido y flaco que a aquellos lejanos hechos traumáticos que le tocó vivir.
“Esto era morirse” pensaba mientras se daba cuenta que el cuerpo no le respondía y experimentaba un suave olor dulzón que, como nunca lo había sentido en su vida, suponía que era el dulce olor de la muerte.
Recordaba que en esas mismas paredes su madre ataba fajos de trigo nunca supo bien para qué, y miraba el rincón y le parecía ver aquella vieja banqueta de madera sobre la que madre se sentaba; y aunque no estaba alucinando la veía girarse y sonreír.
Recordaba esa sala llena de amigos, cuando esa misma casa se había convertido en un punto de reunión famoso en toda la zona. Recordaba cuando venía don Nazareno, personaje famoso hacía algunas décadas que después terminó ajusticiado por cuatrero por la autoridad.
“Pucha que es raro morirse” pensaba porque tenía una especie de recuerdo de la muerte que le daba una imposible certeza, como si él ya supiera qué era eso de morirse.
Veía difusamente a su hermana que lloraba sentadita al lado de la cama. “Pobrecita” pensaba, ya estaba viejita y quedaba sola. Había enviudado de joven y toda su vida fue cuidar. Primero Doña Raquel, su madre, que tuvo larga agonía siendo todos casi niños y que finalmente murió un viernes santo, el primero de todos los que podía recordar. Después cuidó a Doña Ana, una tía mudita que heredaron cuando murió la hija que la cuidaba y pasó a ser parte de las tareas de su hermana la viuda. “Pobrecita” pensaba y la imaginaba sola sentada largas horas bajo el alero del rancho mirando el horizonte que se perdía. No siempre había sido tan silenciosa pero hace muchos años que sí. Ahora que se estaba yendo, el muerto sabía que su presencia de viejito, le daba compañía y seguridad y pensó “qué solita queda ahora la pobre, y sin nadie a quien cuidar”.
Al fondo escuchaba los gritos de su hermana la gorda. La imaginaba ocupada en avisar a los vecinos que “el muerto” se moría, y en medio de esa sensación dulce de la muerte experimentó algo parecido al humor. “Pucha que es raro morirse”.
Caía la tarde, la oscuridad lo tomaba todo. Las velas no alcanzaban a iluminar. Los sonidos se iban apagando y de repente se sintió en una oscuridad total.
Oscuro y silencioso mientras entra del fondo una luz desde la puerta abriéndose; una luz poderosa como si afuera fuera de día. Era de día nomás… ¡y mirá qué raro! parado ahí afuera estaba el viejo amigo don Nazareno, muerto hacía tantos años, responsable del apodo que cargó toda la vida.
Ahora por fin, lo entendía todo.
Al caer la tarde del viernes, el viejo Lázaro cerró sus ojos, esta vez para siempre, mientras su hermana Marta le sostenía la mano y la María atendía a toda la parentela.
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