Desde la Stoa Poikile




En las primeras 24 horas de nuestro viaje a Grecia ya habíamos cumplido uno de los dos grandes propósitos que nos habían llevado hasta allí. Todo lo que vino después lo tomamos como un además.

Por Patricia Araque

Nos levantamos nuestro primer día en la capital helena con un objetivo claro: visitar el ágora ateniense. Llevábamos fantaseando con esa peregrinación meses. Nuestro respetado y admirado Zenón de Citio daba sus lecciones en uno de los pórticos del ágora, concretamente en la Stoa Poikile. Comenzó a hacerlo en el S.III a.c y como consecuencia, su filosofía (el estoicismo) se extendió con gran éxito por Grecia durante el helenismo y trascendió hasta alcanzar su esplendor y también su decadencia durante el Imperio de Roma.

Hace unos dos años el estoicismo se coló también en nuestras vidas. Redescubrimos este movimiento filosófico por el que pasamos de puntillas al final de nuestra educación secundaria, lo retomamos, volvimos a leer a sus sabios, lo reflexionamos y comprendimos que encajaba perfectamente en la manera en la que queremos construir nuestras existencias. Santy y yo lo hicimos juntos, como la mayoría de las cosas importantes que han marcado un hito en nuestra historia de crecimiento y progreso.

Queríamos ver lo que quedaba de ese “pórtico pintado” (que es lo que en griego significa Stoa Poikile). Queríamos sentirnos en un espacio con un tremendo simbolismo para nosotros. Hoy está fuera del ágora turística y ni siquiera las empleadas de los museos sabían indicarnos su ubicación. Finalmente, una de ellas, la más amable, una con ojitos diminutos y una vocecita nerviosa de pequeña ninfa del bosque asustada nos orientó sobre donde podríamos encontrar lo que quedaba de la que fuera la stoa más bohemia de Atenas. Y allí estaba. Fuera del recinto. Al otro lado de la vía del tren, ya en Monastiraki, en medio de un proceso de excavación abandonado muy probablemente por falta de fondos y con un bar justo encima que le rinde tributo con su nombre.

Nos tomamos una cerveza mientras nos sentamos a admirar sus ruinas desde la terraza del local. Una de las mejores cervezas de mi vida. Y por esas serendipias que nunca son casualidades si así decides interpretarlo, comenzó a sonar de fondo un mix de trip hop en el que los dialógos entre Neo y Morfeo en Matrix se intercalaban con bases de esas que te despliegan las alas:

“I don’t know the future. I didn’t come here to tell you how this is going to end. I came here to tell you how it’s going to begin (…)
A world without rules and controls, without borders or boundaries. A world where anything is possible. Where we go from there is a choice I leave to you.

Entonces, en medio de un silencio ataráxico que no sabíamos cuanto llevaba durando, Alma preguntó la hora. Y yo le expliqué que en vacaciones no miramos la hora y que lo que teníamos que hacer era limitarnos a disfrutar de ese presente tan importante que nunca más iba a volver a suceder. Ella quiso saber por qué era importante y por qué era un presente y entonces Santy le hizo una pregunta: “¿Te acuerdas de cuando te digo que hay seres humanos que parecen más animales que personas? Pues aquí es donde empezamos a ser personas”. El silencio volvió.

Así fue como la Stoa Poikile vino a contarnos cómo iba a comenzar nuestro viaje por el lugar en el que empezó todo: con los sentidos puestos en el ahora, al más puro estilo estoico.

Nota: para acercarse más al estoicismo aplicado a la vida del S.XXI, recomiendo leer A Guide to the Good Life: The Ancient Art of Stoic Joy de William B. Irvine