Transcripciones del libro Coño Potens de Diana J. Torres

Transcribo los siguientes párrafos como una especie de ayuda memoria. Sin dejar de recomendar con efusión la lectura completa del libro de la pornoterrorista. Reconquistar nuestros cuerpos es el primer paso para la demolición de esta farsa.

Nuestro cuerpo, ese territorio que habitamos a veces sin saber nada o casi nada sobre él, está completamente atravesado por estas mentiras. Comandamos nuestras carnes desde un cerebro cuyos recovecos nos son absolutamente ajenos. Lo que se propone en este texto es una reprogramación, un hackeo, una venganza. Imaginemos pues ese hogar que el sistema patriarcal capitalista se ha encargado muy bien en convertir en cárcel. Imaginemos que vivimos en una casa en la que no sabemos ni dónde está la puerta de atrás ni dónde se guardan las cucharillas. Absurdo, ¿verdad? Pues así es como la gran mayoría de nosotrxs habitamos el cuerpo: sin saber dónde tenemos las cosas ni para qué sirven.

El placer de eyacular se trata de un placer político y el solo hecho de saber que esa posibilidad existe ya es una placentera victoria. Que un coño eyacule es político por dos razones. Primeramente echa por tierra las ideas que la cultura occidental difunde acerca de la sexualidad y el carácter «innato» de la mujer. Nuestro sexo es discreto, limpio, bonito, inapreciable, y sobre todo, emocional, interior. Se nos ha contado que nosotras por naturaleza lo sentimos todo hacia adentro, no tenemos derecho a explotar de ninguna manera. Una mujer que grita o muestra emociones intensas es una histérica; una mujer que eyacula, es una guarra enferma con defectos congénitos. Y más allá de lo sexual se nos ha dicho que nosotras no manchamos. Básicamente nacimos para limpiar la mierda de otros. En segundo lugar, ¿dónde queda el sustento de que hombres y mujeres existen si nosotras también tenemos próstata y podemos eyacular con ella? Contribuye a deshacer el binarismo de género: Si tenemos próstata, si eyaculamos, si tenemos glande y una estructura interior muy similar al pene (el clítoris), entonces las diferencias entre esos hipotéticos géneros, marcados por un solo cromosoma, esas categorías que se basan en la mera observación externa de nuestros cuerpos al nacer, son un argumento tan ridículo que cae por su propio peso.

En el desierto informativo en el que nos obligan a vivir a las mujeres cuando se trata de sexo es una de las más terribles adversidades. Nadie nos había hablado antes; y cuando digo «nadie» me refiero a que nuestra cultura y todas sus posibles representaciones también permanecieron mudas al respecto. Y el mecanismo es mucho más perverso que la falta de información, está mayormente basado en la negación de su existencia. Se supone que protege nuestra identidad, la frágil y cobarde identidad con la que nacemos de serie en este corral de sumisión que es la sociedad. No solo no nos contaron que teníamos la capacidad de eyacular, nos convencieron de que semejante cosa no podía existir. En ginecología, donde se supone que reside el saber racional, verídico y auténtico acerca de lo que nos sucede entre las piernas, no saben o no nos quieren contar nada acerca de nuestra eyaculación. El vacío a nivel cultural es idéntico, lo mismo a nivel educativo.

Cualquiera, ya tenga coño o no, que quiera informarse sobre la eyaculación se encontrará informaciones en la red totalmente manipuladas por el ojo patriarcal, se verá absolutamente en pañales al comienzo de su búsqueda porque ni en su casa, ni en la escuela, ni en sus círculos afectivos de amistades y amantes, ni en la cultura a la que pertenece le habrán hablado jamás de algo así, o lo habrán hecho para negar rotundamente la posibilidad de su existencia. Encontrará más confusión aún si se le ocurre acudir a por respuestas a la medicina o a los estudios científicos.

El binarismo de género (el pilar sobre el que se asienta el patriarcado) ha entorpecido a la ciencia tanto o más que la religión católica. De hecho podría decirse que en la actualidad, en una ciencia que se dice a sí misma no estar más condicionada por la mística, la idea de la existencia de hombres y mujeres (y de nada más) es esa nueva religión que soborna, amordaza y condiciona a los laboratorios y las investigaciones científicas. Desde el lenguaje se pueden cambiar muchas realidades. El hecho de que muchísimas personas, tanto desde la investigación científica, como desde la medicina, pasando por el resto de mortales, se resista a llamar a las cosas por su nombre no es ni casual ni bienintencionado. ¿Las mujeres eyaculando y con próstata? Por eso me he tenido que encontrar con todo tipo de pseudónimos o eufemismos relativos a nuestras próstatas y nuestras eyaculaciones: glándulas parauretrales, glándulas de Skene, órgano vestigial, eyecciones de líquido, expulsiones de fluido y un largo etcétera. Cualquier cosa con tal de no decir próstata o eyaculación. Hay un pánico atroz a decir próstata porque eso sería reconocer que no somos en realidad tan diferentes unos cuerpos de los otros y que por tanto no hay razón ninguna avalable científicamente para seguir sosteniendo la dominación patriarcal.

Igual que hicieron en su día los colonizadores, nuestros cuerpos son ese territorio que la ciencia se ha encargado de manipular y «conquistar» a su antojo. Por eso son la «autoridad competente» para decirnos dónde habitamos y cuáles son las funciones de nuestra maquinaria.

Sobre “el punto G”:

No es casual que sean las parejas hetero las principales víctimas de la estafa de los libros y talleres para encontrar el Punto G, porque son este tipo de uniones las que se sienten más cómodas siendo como se esperaba que fueran: él penetrador, ella penetrada; él impenetrable, ella impenetradora (otra gran próstata olvidada es la de los hombres, recordemos esto) y ambas partes «gozando» del aburrido coito que deja siempre en un mero preliminar la estimulación clitoriana.

Gran parte de su éxito se debe a que la inmensa mayoría de la sociedad receptora del texto quería y quiere pensar que efectivamente se puede tener una sexualidad «correcta» y de acorde con la heterosexualidad y que seguramente todas estas locas feministas hablando del clítoris solo eran lesbianas y/o deprevadas sexuales. Esto potencia la dicotomía falocentrista de la mujer adecuada y la mujer defectuosa.

El libro de Ladas, Whipple y Perry, que vio la luz por primera vez en 1982, fue un inmediato bestseller . Yo me pregunto en este punto si se hubiera vendido tan bien si hubieran llamado a las cosas por su nombre titulándolo «La próstata y la eyaculación de las mujeres». Seguramente no. El Punto G no es solo un grandísimo eufemismo sino una forma de ocultar la verdad científica para hacerla más popular para las masas (fácil de vender). Es quizás una de las estrategias de marketing más utilizadas: revelar una verdad a medias ocultando su contenido subversivo, su contenido que pone en riesgo al propio sistema, suficientemente interesante como para excitar pero no lo suficiente para cuestionar nada. El hecho de que lo llamaran «punto» ( spot en inglés) no es fortuito y forma parte de esa antigua costumbre de minorizar la genitalidad femenina para que de ese modo resulte menos agresiva y esté más de acorde con el ideal de mujer (débil, pequeña, sutil, bonita). Pero en la realidad anatómica, llamar «punto» a un órgano que mide entre dos y seis centímetros es cuanto menos una ofensa a la veracidad.

Desde luego, la raíz del problema es múltiple pero podría resumirlo en dos simples cuestiones: * Evitar nombrar la existencia de la próstata de las mujeres y sustituir esa información por algo como el Punto G, más políticamente correcto y que no pone en peligro el binarismo de género, es en realidad no hacerle ningún favor a nadie salvo al patriarcado. * La carencia de concreción del «área» denominada como Punto G y la cantidad de dificultades para localizarlo en contraposición con la simplicidad de describir un órgano que existe y que tiene sus funciones concretas y su localización relativamente exacta en el cuerpo.

Nombrar próstata a nuestra próstata no es un ejercicio de «igualarnos» a los hombres, es un ejercicio de tributo a la verdad y a la realidad. Si los géneros son una construcción social sustentada en hipotéticas diferencias biológicas y encontramos que tales diferencias no son lo suficientemente relevantes como para generar dos elementos separados, ¿no es entonces un ejercicio de destrucción del sistema dejar de llamar a las cosas que nos «diferencian» con diferentes nombres? La idea completa del Punto G ha estado ahí todo este tiempo para reforzar el binarismo, desde su cobarde posición de corrección política y connivencia con las premisas falocráticas del sistema heteropatriarcal, faltando a la verdad fisiológica de los cuerpos, generando confusión a las personas con coño.

Hasta acá podemos recalcar sobre la poca información en fuentes abiertas, académicas y gratuitas que se encuentra disponible sobre la eyaculación femenina en la antigüedad. Existe un gran silencio y en muchos casos deliberada censura. El documento más antiguo sobre eyaculación femenina se encuentra en la literatura hindú y data del siglo VII d.C. Se trata de un poema compilado por el poeta y guerrero Amaru en el libro Amarushataka . El verso concreto dice lo siguiente:

«fluido/suave jugo del amor inundó abundantemente la tela, justo donde su faja estaba».

En el texto Ratirahasya escrito por el poeta Kukkoka (siglo XII d.C.) se describe el clítoris como una «nariz» dotada de múltiples venas de «agua del amor» que hay que estimular hasta que salga líquido de la vagina antes de cualquier intento de penetración.

En cuanto a las sociedades occidentales antiguas hay una hoguera que no ha dejado de arder desde que en el siglo VI a.C. Pitágoras considerara cierta la existencia del «semen» femenino. Ahí sigue su feroz llama devorando todo el conocimiento que nos quisieron compartir desde los siglos pasados, para que fuéramos mejores en el ahora. Tanto Pitágoras como Empédocles (un siglo después que él) consideraron solo desde enfoques reproductivos este «semen» femenino. Fue más tarde cuando Hipócrates (460– 375 a.C.) se interesará más profundamente por el fluido que nos brota de la entrepierna a lxs humanxs, creyendo que la cantidad de fluido masculino y femenino, en diferentes combinaciones de cantidades, determinaban el género del bebé engendrado durante el sexo.

Lo que se nos vino encima después de eso ya lo sabemos. No únicamente a nivel médico se borró su rastro, también a nivel cultural. Su única interpretación posterior a la Edad Media fue para demonizar esa figura asociándola con la de la ramera, la mujer lujuriosa, demoníaca. Este fragmento del Apocalipsis de San Juan dice mucho sobre el comienzo de la demonización de la mujer lúbrica y poderosa por parte del catolicismo:

«Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas; con la cual han fornicado los reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación».

Si se supone que el propósito de toda sociedad es crecer y mejorar, la nuestra, esta basura retrógrada en la que hemos sido forzadxs a habitar, va hacia puntos de retroceso a nivel corporal y sexual que no tienen precedente en la historia de nuestra especie y por ello debe ser destruida, no funciona.

Venganzas.

UNA DE LAS SITUACIONES más traumáticas que he vivido con este tema sucedió durante un taller de eyaculación. Al final del mismo se me acercó una mujer a decirme que ella no tenía próstata. Yo inmediatamente le repliqué diciendo que claro que tenía. Ella soltó un rotundo «no, me la extirparon». Durante el sexo con su novio en múltiples ocasiones experimentó eyaculaciones, que resultaban desconcertantes para ella y muy incómodas para él. Como fruto del miedo a perder a su pareja y otros miedos derivados del desconocimiento del propio cuerpo, acabó en la consulta de un ginecólogo. Este decidió que la muchacha, absolutamente sana en todos los aspectos, tenía un problema de incontinencia urinaria y la derivó al urólogo a pesar de que este tipo de problemáticas solo se dan en personas jóvenes cuando ha habido algún tipo de accidente que afecta al sistema nervioso o a la médula. Y de ahí pasó a una camilla donde a base de anestesia y bisturí su «problema» quedó solucionado. Tenía dieciocho años.

Es así como funciona la estrategia desinformadora del sistema: cuando no sabemos lo que está pasando con nuestro cuerpo tenemos un problema, problema para el cual la medicina debería tener la solución. Hemos derivado la importantísima responsabilidad de conocer la carne que habitamos en una panda de psicópatas de bata blanca y en un Estado que nos quiere uniformadxs y serviles.

A mí me enfurece imaginar que ha de ser protocolo médico en España extirpar la próstata a mujeres perfectamente sanas como «remedio» a lo que se viene a llamar «incontinencia urinaria» o «incontinencia coital». Nos echamos las manos a la cabeza cuando pensamos en la mutilación genital en África y aquí, lejos de esas «barbaries», nos tumbamos alegres en la mesa de estos carniceros que lo único que los diferencia de los de otras latitudes es la asepsia y su religión: unos lo hacen en nombre de un pseudo-Islam muy desviado y otros, los de aquí, por el patriarcado.

El silencio es sin duda el principal enemigo de la sexualidad de las mujeres en general y de la eyaculación de las mismas en particular. Todos los referentes culturales de la eyaculación de las mujeres fueron también quemados en las hogueras, borrados de los cultos y del imaginario colectivo. Las consecuencias de este silencio son gravísimas en el día a día de muchas personas. Un par de fragmentos de testimonios del libro El Punto G dan buena cuenta de ello:

«Recuerdo la historia de una amiga cuyo novio estaba tan asqueado con su “meada” durante los orgasmos que la dejó. La pobre chica pasó mucho tiempo recuperándose del daño. Pensó que algo malo pasaba con ella y su médico le dijo que era un problema fisiológico, que muchas mujeres perdían el control de la vejiga durante el orgasmo, así que ella evitó el contacto sexual durante años y perdió mucho dinero y tiempo en terapia psicológica».

En este ejemplo podemos ver que la medicina se ha encargado muy bien de sostener ese silencio, llegando al punto de que las propias personas que trabajan dentro de la especialidad de ginecología no tienen ni idea de lo que está pasando cuando una mujer llega a ellxs explicando que moja la cama durante el sexo.

Sería estupendo sencillamente contar la verdad sobre el cuerpo humano a las personas que lo habitan. Pero eso no va a suceder, vivimos en un lugar donde la verdad es peligrosa, incómoda y jodidamente subversiva en ocasiones. Ponemos con demasiada facilidad nuestros cuerpos en manos de totales desnocidxs solo porque llevan una bata blanca. Pero ¿qué tipo de confianza debemos brindarles a personas que han estudiado en las aulas de una ciencia que lleva siglos trastocando la información sobre el cuerpo de las mujeres para poder hacerlo controlable?

El círculo afectivo siempre antes que nada, son las personas que nos aman con las que nos resultará enriquecedor encontrar las respuestas que buscamos. Esta es una de las más eficaces venganzas: invalidar las manipulaciones que nos vendieron como «conocimiento» y sustituirlas por un aprendizaje experimental que tiene lugar en nuestro propio cuerpo, más allá de los muros de las instituciones médicas y académicas y que se da de forma colectiva mediante el juego con otros cuerpos, generando así alianzas sexo-afectivas no basadas en las jerarquías «maestrx-alumnx», «expertx-paciente».

El sistema nos quiere recatadas, discretas, implosivas. Esa es la única manera de hacernos creer que nuestra sexualidad es inferior y que como tal está al servicio de la del hombre, de la especie, de la producción en cadena del capital. Para ello ha empleado múltiples mecanismos que nos impiden hacer en la cama todo aquello que no nos ha sido enseñado.

Sin ser en absoluto extremista puedo afirmar que los sistemas de poder que gobiernan las sociedades en las que vivimos operan sobre nuestras mentes como si fueran sectas. Vivimos en sectas que han tenido tanto éxito que ni siquiera percibimos sus manipulaciones porque sus sistemas de control mental son tan eficaces que hasta creemos que somos libres, que podemos decidir cosas, que tenemos voluntad. O peor aún, percibimos que nos manipulan pero los premios que nos dan por aceptar esa manipulación son algo que «creemos» desear, es decir, nos conviene que ejerzan su labor o simplemente implican privilegios de los que no queremos desprendernos porque nos benefician en nuestro día a día.

Todos los sistemas de opresión han utilizado el control mental para que los siervos hagan y piensen solo lo que favorezca y mantenga al poder. La más poderosa de todas las técnicas es convencer a las personas de que dentro se está mejor que fuera. Esto se consigue con técnicas de premios y castigos (que nos son entregados desde que nacemos), incentivando el sentimiento de pertenencia y generando círculos afectivos condicionales. Así es como «querer estar fuera» no sale rentable en prácticamente ninguno de los aspectos de nuestra existencia. Si lo que tu voluntad o tu identidad te impulsan a pensar o hacer va en contra del sistema se te amenaza con la soledad, la traición, el malestar, el repudio, la violencia, la muerte (y un largo etcétera).

Ideas desprogramadoras:

  • Eyacular no es mearse: La eyaculación no es pis, no es pis, no es pis. Si es necesario repetirlo como si de un mantra se tratase, hazlo. El líquido que genera y expulsa la próstata no tiene absolutamente nada que ver con la orina. El hecho de que nuestra próstata esté enraizada en la uretra no ayuda nada en esto porque la sensación de eyacular y de orinar puede ser bastante similar en el caso de los coños, especialmente en el momento previo a la eyaculación. Es posible que en muchas ocasiones hayáis sentido durante la estimulación vaginal que os vais a orinar, sobre todo cuando el placer alcanza puntos más intensos.
  • Nuestro «género» es incompatible con eyacular: He seleccionado dos que son especialmente incompatibles con el hecho de eyacular, aunque en realidad todo el contenido de ese kit de género es pura mierda castradora que de una forma u otra nos estará limitando en algún aspecto de nuestras vidas. Una de ellas es que nosotras no estamos en este mundo para ensuciar sino para limpiar la mierda de los demás. La otra es toda la pseudo información que se nos entrega desde que tenemos uso de razón sobre nuestra sexualidad y nuestro cuerpo en la que básicamente se nos dice que nosotras, nuestro deseo y nuestros genitales son algo sutil, bonito, emocional e interior y que el sexo ha de interesarnos únicamente en un número muy limitado de ocasiones. Sobre la primera decir que está basada en dos factores: el de los cuidados y el territorial. Nosotras somos las encargadas de mantener el orden doméstico (lo que incluye la cama, por supuesto) y cualquier desviación en esa conducta es entendida como una traición a nuestra identidad, como un desacato al género. Desgraciadamente somos nosotras mismas las que mayormente ejercemos de policías. Tenemos fobia a ensuciar, a manchar, a embarrarnos… La palabra «sucia» cae sobre nuestras espaldas siempre que nos salimos de lo que el sistema espera de nosotras como señoritas pulcras.

Sobre lo territorial decir que para nosotras no es legítimo marcar el territorio, si pasamos por ese lugar que siempre es ajeno es solo para dejarlo pulido y brillante, esa es nuestra única huella permitida: la ausencia de polvo, el embellecimiento superficial de las cosas y los espacios. Una mujer dejando su marca en las sábanas es ofensiva, molesta, mientras que un hombre que deja sus gotitas blancas en ellas, es un machote marcando su espacio, el lugar donde manda, el lugar donde instaura el testimonio de su placer.

¿Dónde queda el testimonio de nuestro placer? A nivel visual en ninguna parte, porque eso contradiría absolutamente las ideas impuestas sobre cuáles son nuestros propósitos y nuestras funciones en el sistema. Nosotras somos interiores, emocionales, la procesión nos va por dentro, no explotamos, implosionamos, somos irracionales y así es también nuestro deseo, difícil de entender. El agujero que dicen que somos y en torno al que se articula todo nuestro placer, en una sociedad falocentrista, no es un agujero que grite ni expulse nada. No es un agujero que tenga la posibilidad de expresarse hacia afuera salvo para parir, está amordazado.

Visibilidad

Testimonios de participante de los talleres daban cuenta de que aunque muchos piensan que el porno es una categoria más de ficción, construye gran parte del imaginario colectivo de lo que “debe ser” el sexo, creando una cadena de frustracciones y demandas dificiles sino hasta imposibles de cumplir. Entre los testimonios se encontraban desde aquel muchachito que preguntaba si todo el squarting que se mostraba en el porno era falso, hasta la chica cuyo novio la presionaba para que eyaculara a chorros como en esas películas.

En el año 2002, el BBFC (Consejo Británico para la Clasificación de Películas 117 en sus siglas en inglés) declaró que el líquido que expulsan las mujeres durante el sexo era orina y que cualquier representación fílmica de ello no sería aprobada por escatológica. En el 2009, una directora de porno para mujeres, Anna Span, consiguió que cambiaran de opinión o al menos que la dejaran publicar su película «Women love porn» tras una larga batalla legal. Cuando Anna envió su solicitud al BBFC para que la calificaran como para mayores de dieciocho años (requisito imprescindible para poder comercializar y exhibir una película) el consejo le dijo que tenía que retirar una de las escenas o de lo contrario su filme no iría a ningún lado. La susodicha escena se trataba de una eyaculación femenina que el consejo describió como «una mujer orinándose los dedos». Anna Span ya sabía que le iban a poner problemas con eso así que preparó de antemano su alegación. Muy bien preparada: había enviado la eyaculación de la actriz a un laboratorio legal que certificó que ese líquido no era orina, y adjuntaba un gran número de artículos científicos que avalan la existencia de la eyaculación femenina. Evidentemente ante tanta prueba y a pesar de que los «profesionales» con titulaciones médicas a los que el BBFC consultó persistieron en la negación de la eyaculación femenina, tuvieron que dejar la película intacta y aprobarla. Este suceso, aparentemente nimio, es en realidad bien paradigmático: por primera vez en la historia, pasando por encima de cosas tan sacras en Gran Bretaña como su Obscene Publication Act, una película que contenía eyaculaciones femeninas era aprobada para su venta y circulación. No obstante, el BBFC nunca reconoció que aquello no fuera pis sino que dijo, textual, «se enfoca muy poco en la urolagnia», o en otras palabras: que las chicas no se estaban meando lo suficiente como para tenerlo en cuenta y censurarlo.

Y eso influye en la industria a modo de censura capitalista condicional: si quieres representar la eyaculación en tus películas no podrás distribuirlas a la misma cantidad de países que si decides no hacerlo, y eso significa una buena suma de dinero que no entrará a tus bolsillos. Es por ello que gestos como el de Anna Span se antojan hasta casi heroicos.

La única manera de combatir esta perpetua desinformación sobre nuestros cuerpos es la viralización de contenidos como este, ofrece una dirección web, donde se puede encontrar todo el material bibliográfico que encontró para escribir Coño Potens, libre para que podamos seguir creciendo el contenido con artículos, videos y relato de experiencias. Asi que, comparte, distribuye, has correr la voz, comenta en tu círculo. Dejemos de silenciar y censurar nuestros cuerpos.