Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca

Yo podría decir que nací en una especie de biblioteca y que el primer bibliotecario de mi vida fue mi padre. En mi casa de La Habana había libros por todas partes (y cuando digo por todas partes era realmente en cada uno de los rincones).

Desde siempre he tenido la suerte de tener libros de todo tipo: primero fueron aquellos troquelados con los cuentos rusos que encantaron a los cubanos de la generación de los 80 y que conformaron mi primera “minibiblioteca” en un estante improvisado en una esquina de mi cuarto.

Con cuatro años llegué a la escuela primaria y !maravilla!: tenía una hermosa biblioteca y una excelente bibliotecaria. Todavía recuerdo la cara feliz de Magaly (así se llamaba ella) cada vez que nos veía entrar por la puerta de aquel espacio vital donde conjugábamos la inocencia de la niñez con el descubrimiento del mundo. Nunca olvidaré todas las actividades que allí hicimos durante aquellos seis años. Ya yo amaba los libros, pero allí aprendí a apreciar y valorar el trabajo de un bibliotecario.

Con la llegada de la adolescencia, cambiaron los temas y los tipos de libros… y el pequeño estante de mi cuarto creció (bastante, por cierto) y ya ocupaba toda una pared. Recuerdo a mi padre acompañándome a comprar libros y sugiriéndome uno u otro, mientras me hacía una pequeña “presentación” de cada uno. También recuerdo a mi mamá “regañándome” por las tantas veces que leía mientras comía, porque no lograba despegarme del libro que estaba leyendo. En esa etapa conocí la Biblioteca Nacional de Cuba, pues las profesoras de la secundaria nos indicaban trabajos prácticos para los cuales debíamos visitarla con frecuencia. Aún puedo sentir el inconfundible olor de ese lugar.

Pocos años después, mientras cursaba mis estudios preuniversitarios en “La Lenin”, tenía no solo una buena biblioteca, sino que mi grupo hizo una propia. Creamos un club de lectura en el que intercambiábamos los libros que cada uno tenía y así podíamos leer más. Nos convertimos en una especie de bibliotecarios-usuarios.

Cuando llegué a la Universidad mi “biblioteca personal” se multiplicó considerablemente: !Llegaron los libros de Medicina! Todavía los conservo todos, y a pesar de que muchos están ya desactualizados, cuando los abro o los toco me transporto a las madrugadas en que nos hicimos mutua compañía o a aquellas tardes largas en que casi no cabían en la mesa de la biblioteca de mi facultad de Medicina. Hoy agradezco infinitamente a Ana y Georgina, bibliotecarias de la Universidad Médica de La Habana, por ser las primeras en adentrarme en el mundo de las bibliotecas digitales y la gestión de la información. Estoy segura de que lo que con ellas aprendí no solo me ha permitido ser una mejor profesional, sino que me hizo una mejor persona.

Extiendo esta deuda de gratitud a María del Carmen, Silvita y Tania-especialistas de información del Institudo Nacional de Higiene, Epidemiología y Microbiología de Cuba, a tod@s mis compañer@s de Infomed, de la red de bibliotecas médicas de cuba. Con ellos he aprendido y comprendido mucho más sobre el intenso mundo de las bibliotecas y estoy convencida de que lo seguiré haciendo.

Confieso que hoy camino con menor frecuencia hasta una biblioteca, porque navego por la 3W para llegar hasta ellas. Creo que el desarrollo de las TICs nos ha llevado a todos a eso.

Hoy tengo y leo más libros digitales que impresos (no porque los prefiera, sino por una cuestión meramente práctica: son más baratos), así que tengo mi propia biblioteca digital, como muchos de los que están leyendo esta crónica.

Pero…. ¿saben qué?: hay enseñanzas que se llevan por siempre… en una esquina de mi cuarto, en un pequeño estante, mi hijo de 7 años tiene su primera “biblioteca”, donde aún habitan aquellos libros de mi niñez-que ahora lo son de la suya, junto a los nuevos…. y mi pequeña Gabriela, quien recién llegó a sus 2 abriles, de vez en cuando le “coje” alguno y le pide que le lea un cuento.

Queridos bibliotecarios de mi vida: todos los momentos son buenos para agradecerles por el excelente regalo que me han hecho, al poner en mis manos un tesoro tan inconmesurable como los libros.

Así que les digo: !gracias! y sí, como dijo una vez JL Borges: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.”