Curva de la felicidad.

Verle sonreír era lo más parecido a que me desnudasen el alma, pero oírle reír, oírle reír era lo único que conseguía cerrar las heridas.

Y eso era lo mágico que tenia su boca, que en un segundo de sonido provocaba todo ese hormigueo en el estómago, que no era el contacto de los suyos con los míos.

Era la forma en la que tenía de pronunciar mi nombre porque para besos,

ya me besaba con la mirada.