Síndrome de Diógenes.

Mi corazón es como una de esas habitaciones que acumula polvo y desorden. Es como una de esas habitaciones donde te dedicas a guardar todas esas cosas que no quieres que se vean, para que todo esté más bonito.

De vez en cuando entra algo de luz y alguna que otra vez se asoma alguien por la puerta, pasa buscando lo que necesita para luego volver a irse por donde vino, levantando todo el polvo del lugar.

A veces se quedan un rato, jugando como niños con lo que encuentran, alborotando y haciendo ruido, llenando toda esa habitación de risas y sueños, de ilusiones y fantasías. Pero es eso, solo un rato.

No sé si al pasar por aquí dejarían algo de lado ya que se distrajeron, no sé si buscaban algo que luego no encontrarían, si la cama que contenía era lo suficientemente cómoda o si era lo suficientemente acogedor.

Cuantos habrán encontrado restos de juguetes de otros, huellas que aún no se han borrado, partes de la pared algo mohosas, el papel desgarrado, fotografías que otros olvidaron y cartas susurradas como un eco de fondo.

Muchos se marcharon sin avisar, dejando sus pertenencias aún sin ordenar, como si no importasen lo más absoluto. Por eso parece una habitación de acumular objetos perdidos.

Otras veces se van porque es agotador vivir en una habitación así de sucia, de desordenada, de descuidada, llena de pesadillas, de colores fríos, donde solo se inspira tristeza. Lo sé.

Y sé que por ahora nadie quiere quedarse en él.