Todo lo que veo, de alguna forma vuelve a ti.

Cuando te parten en dos y la ilusión se vuelve recuerdo. Ahí es lo más hondo que una puede llegar. En medio del llanto y el shock.

En ese momento tienes dos opciones: o te hundes o te echas a volar. En mi caso es escribir, me alivia, me hace volver a respirar y parar de llorar.

Cuando una persona te dice que ya no está enamorada de ti, ¿cuál es el siguiente paso?

Llorar. Llorar como si no hubiese un mañana. Llorar hasta que te duelan lo ojos por el hinchazón y quedarte dormida. Y querer dormir, soñar, para no afrontar la realidad. Sentirás ganas de vomitar, de que no puedes con tu alma. No tendrás apetito y serías capaz de pasar un día entero mirando a un punto sin pensar en nada.

Después empiezan esos pensamientos de “y si”. Son los peores, hablamos de pasados y de “ojalás”, nos ponemos un peso en los hombros y deseamos con todas nuestras fuerzas liberarnos de algún modo. Pero no. No hay liberación alguna. Ahí se desata una pequeña luz interna, una pequeña esperanza que se mantiene fuerte, triste, pero fuerte. Luchando por salir, por sentir que puede volverse real.

Y te consume. Los días pasan cada vez más lentos, esperas que llegue ya en momento en el que vuelva a ti para quedarse. Es ridículo esperar tan ciegamente por alguien, pero el amor es así de caprichoso. No hay cura, no hay remedio. Solo tiempo.

Me duele todo el cuerpo de solo extrañarlo.

Ni escribir me relaja, solo llorar aún más. Sobretodo porque le recuerdo en cada palabra, en todas partes. Y lo único que me digo es “por qué tuvo que acabarse”.

El amor no debería acabarse jamás.

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