Cómo creamos una startup en 54 horas

Un viernes fui solo a un evento de emprendedores, llevando conmigo una vaga idea.
El domingo por la noche me marché con un equipo de seis personas, con una empresa validada por clientes y usuarios reales y con un premio.

Veamos cómo fue esto posible.


Para comenzar, una de las reglas del evento era que las ideas debían ser inéditas, no empezadas a desarrollar, y los equipos que se formasen en torno a ellas debían integrarlos personas que no se conozcan entre sí. Eran las normas del Startup Weekend, celebrado en el coworking Cosfera de Córdoba entre el 21 y 23 de noviembre. He de admitir que todo esto encajaba mal con mi concepto de emprendimiento, sedimentado desde ocho años atrás, cuando empecé con mi primera empresa. Lo primero, el equipo: ¿cómo voy a levantar nada con desconocidos y en tan poquísimo tiempo? La segunda, la idea: ¿quién la va a votar y luego sumarse a ella, si es solo un chispazo, sin desarrollo ni estudio ninguno?

Así que en un primer momento me forcé a estar en segundo plano: “no presento la idea y me sumo a algún equipo, bastante tengo ya con los proyectos en los que ya ando. Así experimento también lo que es emprender en equipos donde la idea loca no la suelto yo”. Pero fue imposible. Santiago Zabala, partner de 500Startups y dinamizador del evento recién aterrizado desde México, nos exhortó a que hiciéramos más pitches de un minuto cuando ya había habido diez entre una audiencia de 70 personas. No eran suficientes para la primera validación: los votos del público. Cuando me di cuenta ya estaba en primera línea, y canté en 45 segundos la idea: el Uber de la bici. Así resumí una app que conectase a gente con bici y tiempo libre con alguien que quisiese enviar o recibir algo en un entorno urbano.

Visto ahora resulta increíble recordar mi pitch y el de tantos otros compañeros y compararlos con el resultado final tras 54 horas de insalubre locura productiva.

Para mi sorpresa, Cycla, que así llamé a la idea, fue una de las más votadas. Junto con otras 14 (de un total de unas 20 presentadas finalmente) tuvimos que ponernos a mendigar personas para completar un equipo de entre 4 y 7 miembros. El perfil más buscado era -cómo no- el de desarrollador. Finalmente tuve la enorme suerte de que se me acercaran David (Android), Rubén (HTML5), Tania (Marketing), Cristóbal (Legal), José Carlos (Ing. de caminos, Producto) y Rafa (Producto). Menos uno, todos más jóvenes que yo (33).

Tras recolectar los votos (ver puntitos de colores en nuestras hojas) tuvimos que decir qué perfiles buscábamos. Todos queríamos desarrolladores. Servidor es el segundo por la derecha. (Foto: Cosfera http://goo.gl/T9zBLT)

A las dos horas de empezar el Startup Weekend estaba sentado en torno a una mesa con un business model canvas en el centro, dos tacos de post-it y un equipo formado por auténticos desconocidos. Pero muy equilibrado. Y arrancamos.

Canalizar el caos

El objetivo para antes de acabar el primer día era convertir ese pitch de 45 segundos en la descripción del Mínimo Producto Viable (MVP) y repartir las tareas entre el equipo para llegar al domingo con él diseñado, desarrollado y validado.

Podéis validarlo de muchas formas, pero el jurado la que más valorará será con clientes reales, y si es con facturación y dinero, mejor. Fue el consejo de uno de los muchos mentores que se acercarían durante esas 54 horas, casi a cada momento.

El manómetro empezaba a mover la barilla hacia la zona roja: MVP, validación con clientes reales de una idea loca sin estudio de mercado ni benchmarking ninguno y decenas de mentores lanzando consejos contradictorios a cada minuto sobre un equipo de desconocidos entre sí. Mientras, no podía dejar de pensar: “¿Conseguir clientes? ¿Que nos paguen? ¡¿En menos de un día?!”.

Pensé en qué débil era la distancia entre liarse la manta a la cabeza y arrojar la toalla.

Y acabábamos de empezar.

Llegamos a las 00.30 de la madrugada rendidos y claramente desorientados tras pasar las últimas horas pivotando la idea en base a discusiones surgidas de un brainstorming inicial caótico. Ello regado con una fina lluvia de variopintos consejos de los mentores, que en lo único que coincidían es: “mucho discutís y poco hacéis, os pillará el toro. De fondo se escuchaba siempre a Agustín Cuenca sermoneando: “Esto es Startup Weekend, no ‘Ideas Weekend’: hacer, hacer, hacer”.

Nos fuimos a casa sin haber ‘hecho’ nada más que discutir infinidad de formas de traer Cycla a la vida. Nos enredamos hasta tal punto que llegamos a pensar que no lo lograríamos: “¿cómo hacemos que el ciclista no se quede con la mercancía?” “¡Si van a llevar comida tendremos que darle mochilas especiales!” “¡Que las pongan ellos!” “Pero si los restaurantes que usen Cycla anuncian que comienzan a aceptar pedidos a domicilio y luego no tenemos un usuario de cycla disponible por la zona… ¡no es para esto! ¡No es para esto!” “Yo creo que sería mejor volver al nicho de los envíos de documentación entre notarías” “Tenemos que centrarnos en un producto a enviar” “¡No!, tenemos que centrarnos en un tipo de cliente, sea cual sea el producto” “¿Y si en lugar de enviar el cliente quiere recoger?”.

Ninguno de nosotros durmió del tirón las pocas horas que nos separaban del nuevo día que sería, sin duda, el día infinito.

Aterrizaje forzoso

A las 10 de la mañana del sábado el espacio de Cosfera estaba ya lleno. Los participantes colgaban sus canvas en rededor de sus mesas, en las que algunos hincaban sus temblorosos codos. Los organizadores ya pasaban a esta hora temprana recordando que “esta noche os podréis quedar hasta que queráis sin problema, podéis hasta empalmar con el domingo”. Pensé que menuda ocurrencia.

Los mentores vivían en los pufs, base desde la que lanzaban súbditas e indiscriminadas incursiones hacia aquellos batiburrillos de emprendedores que andaban escarbando todavía para conocerse mejor y, más difícil todavía, conocer la propuesta de valor real de su proyecto.

Teníamos muy clara la solución, no tanto el problema. Lo cual, valga la redundancia, es un problema. En la imagen, diapositiva de la presentación final de Cycla.

“Tenéis una solución pero no tenéis un problema”. Y eso es un buen problema para nosotros. Nos lo había dicho un mentor pasada la medianoche anterior y con ello nos había robado el sueño.

Pese a todo algo dormimos y cuando llegué por la mañana le conté al equipo la epifanía que creía haber tenido acompañando a la almohada. La pivotación definitiva. El ‘esto-sí-que-sí’. Lo expuse convencidísimo de que era la solución a nuestros males: representé un problemón enorme y una solución arrolladora para la que Cycla debía nacer.

En cinco minutos, entre mis compañeros y dos o tres bombardeos de sendos mentores, mi formidable epifanía no era más que un sueño. No amenazaba ruina, pero era imposible de validar antes de que acabara el día: a las 00.00 estaba previsto un pitch público para recibir el primer feedback de los mentores. Para entonces más nos valía tener algo más que un canvas. Teníamos que aterrizar forzosamente la idea a un aeropuerto al que pudiésemos llegar antes de la medianoche.

He de decir una cosa. Llegados a este punto recuerdo que tuve la capacidad de bajarme del torbellino durante un par de minutos para pensar: ¿Por qué estamos todos como locos por aterrizar este avión como sea? Un vuelo desconocido un día antes. ¿Era por ganar el concurso? ¿Seguro? Yo creo que no. Anécdota: a la hora de la entrega de premios, muchos participantes andaban preguntándose unos a otros si se acordaban de cuáles eran los premios. Ni los recordaban (y, oye, no estaban mal).

Yo creo que este formato internacional -más de 700 ciudades, 123.000 participantes, 13.000 startups creadas- , y tan bien ejecutado como lo fue por el equipo de Cosfera, te imbuye de tal forma que llegas a ver posible lo que el primer día no te lo parecía en absoluto. Y cuando ves posible lo imposible, es difícil sustraerse de la meta.

La gente hacía llamadas. Salía a la calle a buscar quien les firmara un precontrato con su servicio. Discutía. Nosotros aterrizamos finalmente nuestra bicicleta. Decidimos simplificar el producto desde el punto de vista operativo, más que funcional, y dejar las epifanías para la escala, que no obstante también documentamos y realmente daba coherencia al inicio escogido.

Nada de productos: lo nuestro solamente es conectar a ciclistas urbanos con tiempo con personas o negocios que quieran mover X cosa de no más de cierto tamaño y peso en un radio urbano. Eso sí, con tiempos de ejecución inferiores a 30 minutos. Hicimos un estudio sobre la mensajería urbana y ganábamos en ecología y en ser ‘cool’, pero también claramente en tiempo y en precio. Comprobamos que la gente acababa haciendo ella misma sus propios recados o directamente desistía ante los precios y plazos de la mensajería tradicional. Teníamos problema y solución. Bueno, hipótesis para ambas.

Sobre todo para la segunda. Nos seguía preocupando el ‘problema’. Rafa y José Carlos habían salido a la calle armados con una libreta y unas tarjetas de visita que había diseñado, impreso y guillotinado yo mismo minutos antes. David y Rubén, por fin, ya tenían al avión en tierra para comenzar a con la app Android desde la que gestionaríamos tanto a los clientes (personas que solicitan envíos o recogidas) como a los usuarios (ciclistas a los que les propondríamos encargos on the go según su geolocalización y que ellos aceptarían o no). También se pusieron con una landing. Tania estaba con el Marketing y con las redes sociales y Cristóbal estaba poniendo los cimientos del informe económico-financiero.

Y entonces ocurrió algo muy sencillo pero que a mí me pareció un milagro.

Oh, sí: los primeros clientes y ‘cyclistas’ :D

El tiempo que he tardado en escribir el anterior párrafo, es el que tardó Rafa en venir a decirnos que teníamos a los primeros clientes y a la primera ‘cyclista’, que completó un envío de 6,2 km en 28 minutos. Luego vinieron otros dos clientes con un envío para otro ‘cyclista’ diferente. Ganamos 6 euros. Las primeras eran dos señoras que se enviaron un tuper de comida (suelen intercambiar recetas que cocinan) y los otros dos, estudiantes que se enviaron un manual. Un castañero nos dijo que ya no porque acaba la temporada, pero que nos llamará cuando empiece la de caracoles, muy típicos con la primavera en Córdoba. Un chaval de unos 16 años con bici nos dijo, delante de sus amigos adolescentes, que le encantaría participar.


Validado, comienza el show

Lo teníamos. Pasamos del caos al aterrizaje y del aterrizaje a comprobar que estábamos vivos y que Cycla resolvía un problema real. Mientras David y Rubén seguían mejorando cada minuto la web y la app, y Rafa, José Carlos, Tania y Cristóbal trabajaban en producto, números y marketing, yo me ponía ya con la presentación del domingo y ellos me iban aportando contenido de cada área. José Carlos se trabajó un informe técnico que valoraba las distancias urbanas teniendo en cuenta la infraestructura para bicicletas de la ciudad, la infraestructura viaria general y la densidad de población y distancia entre cada barrio. Sería la base para que Cycla pudiera calcular la tarifa de cada encargo automáticamente, a pagar el cliente y cobrar el ‘cyclista’ y Cycla (pequeña comisión, base de nuestro modelo de negocio).

Me fui de Cosfera a mi casa a las 4.45 de la madrugada. Sí, yo también me acordé del ofrecimiento de los organizadores y más que una ocurrencia ahora me parecía una advertencia. 18 horas seguidas de trabajo. No salimos de Cosfera ni para comer ni para cenar. Ya lo dije arriba, insano. Ah, no fui ni mucho menos el último. Quedaban equipos enteros. Escuché de uno que tuvo que pivotar tanto que cambió de idea a las tantas de la noche del sábado.

El equipo de Cycla al completo. Lo que sostengo en la mano son virutas de Jamón ibérico que nos regaló un futuro cliente para darnos “fuerzas, que os espera una noche larga”.

La mañana siguiente seguimos trabajando en los informes, sobre todo en los números. Hasta este momento ya tan avanzado no les habíamos prestado demasiada atención. Nos concentramos tanto en validar el problema que los números del negocio eran secundarios: si había problema y solución, teníamos que ser capaces de sacar los números. Cristóbal y yo discutimos mucho sobe ellos, yo los veía muy conservadores (ganancias el primer año pero crecimiento tímido, yo prefería exactamente lo contrario). Al final nos pusimos de acuerdo. Total, escribamos lo que escribamos luego la realidad ya nos pondrá en nuestro sitio. Siempre nos quedará iterar.

Se acercaba la hora de la presentación ante el jurado y el resto de participantes. Ya había hecho un segundo ensayo con los mentores, este a puerta cerrada, al mediodía, y me habían crujido vivo. Me dijeron sin tapujos lo que seguro que habrán pensado muchos de los que alguna vez me hayan escuchado en una clase o en un congreso o evento: que me sobran palabras y datos, que solo tengo 5 minutos y eso-ahí-no-cabe-cansino.

Los últimos minutos antes de las 17h. los pasé rehaciendo la presentación ad infinitum. Sé que no se debe, pero si has tenido una semana para hacerla. Si solo has tenido horas en un contexto fabril y febril como este, se permite todo. Hasta cometer la locura de empezar sin portada e ir directamente con el equipo.

Sentía una gran responsabilidad. Siempre había hablado en público en mi única representación: errores y aplausos de compromiso sólo para mí. Pero ahora lo hacía representando el (mucho) trabajo de seis personas más. Para optar a un premio, además (¿cuál era?). Nos tocaba exponer los segundos. Santiago había sorteado el orden frente a nosotros utilizando Random.org.

Fue bien, creo. Pero podría haber sido mucho mejor. Siempre pasa. Utilicé 4 minutos 58 segundos. Dos segundos más y el público me hubiera cortado. Mientras respondía durante tres minutos a las preguntas del jurado, el siguiente equipo estaba desmontando mi ordenador y enchufando el suyo al proyector. Yo había hecho lo propio con el primero. Si te lías o tienes problemas técnicos, el reloj de tus cinco minutos corre igual.

Y al final, premio ☺. De izq. a dcha: Cristóbal, Tania, Rafa, servidor, José Carlos, David y Rubén.

Hubo presentaciones realmente memorables. La que ganó, de Apparcando (1er premio), fue especialmente buena. También me gustaron las de TapTap y las de Pick&Go (2º premio) y la de YoCamarero (3º). Fueron muy justas vencedoras. Cycla ganó la Mención al Emprendimiento Social y además fue la segunda más votada en la Mención del Público. Esta semana estamos concretando con un doodle para volver a reunirnos.

Para seguir: cómo, quiénes.

Por lo emocionante que podría llegar a ser, el impacto que podría tener, lo disruptivo de lo que pensamos para la escala… pero sobre todo, creo que por seguir haciendo, por ver si realmente se puede.

Ahora tenemos una pequeña validación: dos clientes con dos receptores, dos usuarios con bicicleta y seis euros. ¿Por qué no encontrar los siguientes 100? ¿Por qué dejar de construir lo necesario para buscarlos y darles servicio? ¿Por qué quedarnos sin intentar llegar a la escala que imaginamos tan rompedora?

Solo puede pasar que tengamos que cambiar de planes a mitad de camino. Y seguir haciendo.

Eso es Startup Weekend y ese es el camino que se abre tras 54 horas en las que se crearon Cycla y 10 startups más.


Web: http://cycla.co

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Si el emprendimiento a toda costa es la panacea social del SXXI, ya es otro tema, y muy discutible.