Estoy matando a Nico

Nico tiene unos ojos color azabache muy bonitos, pero le voy a matar igual. Foto: Fubiz.net

He aquí una historia de una drogadicción que atrapa a un niño de trece años y termina en asesinato 24 años después.

Comienzo presentándome yo. Tengo 36 años y dos pulmones que han acogido con tenaz diligencia los humos de unos 128.662 cigarrillos, aproximadamente. A falta de campos de fútbol, podemos trasladarlo a euros: unos 31.200 €.

He actuado siempre bajo las órdenes de Nico, sin que por ello me sintiera subyugado, aunque claramente he sido su esclavo durante casi veinticuatro años.

Ahora mis asfaltados pulmones y yo ya no fumamos. Desde Nochevieja.

En otoño salen setas y la primera quincena de enero, ex fumadores.

Cuando alguien te anuncia su intención de dejarlo, y más en estas fechas, el fumador piensa: ojalá fracase. Bueno, quizá no lo piensa directamente, pero lo siente en la tripa, que es donde vive mi mono Nico.

Ahora estoy escribiendo esto y Nico me dice:

— ¿Quién te crees que eres para escribir sin darme de comer? Nunca fuiste capaz de empezar y terminar un texto sin mi intervención. ¡Y lo sabes!

El pobre ya no es el que era. Tras doce horas sin alimentarlo (vuelo intercontinental) era capaz de simular una batidora que sube desde el ano hasta la garganta. Ahora apenas levanta un poco la voz y casi dirías que pone cara de gatito triste.

Cuando Nico se instaló ahí, en mi tripa, yo aún estaba creciendo. Con Nico pasé del colegio al instituto, y de ahí a la universidad. Me saqué el carné de conducir bajo su yugo.

Vive conmigo desde que tenía trece años. Era un niño, aunque yo pensaba que no. Fui el típico hijo pelma que agobia y hace sentir culpables a sus padres por fumar. Dejé de hacerlo de repente. Todavía no entiendo cómo no les pareció sospechoso.

Cuando Nico se instaló ahí, en mi tripa, yo aún estaba creciendo. Mil experiencias vitales (el baile de la última noche en el viaje de fin de curso de octavo), entre ellas las más importantes (perder la virginidad y ser padre) las viví con él ahí dentro. Ahora estoy matándolo. Despacito. Poquito a poquito.

Porque a Nico no se le puede dar un tiro y ya. Salvo que dejes de alimentarle, es inmortal.

Con Nico pasé del colegio al instituto, y de ahí a la universidad. Me saqué el carné de conducir bajo su yugo, celebré con él mi primer contrato de alienación laboral y en época de exámenes tenía sobre mí más poder del que Hitler jamás hubiera soñado acumular sobre la Tierra. Ahora le estoy matando de hambre. Yo sólo.

Le he maldecido mucho, principalmente los últimos años. Pero nunca llegué al intento de asesinato. Ni siquiera un triste homicidio involuntario

Ningún ejército en forma de chicles, parches o medicamentos me acompaña.

“¡Oh, qué valor! ¡Cuán magnífica fuerza de voluntad!”.

Pues no. He pasado de fumar unos 15 cigarrillos diarios de media (el doble los días de ‘fiesta’) a 0. CERO.

“¡Oh, qué valor! ¡Cuán magnífica fuerza de voluntad!”.

De verdad que no. Estoy matando a Nico con mis propias manos, mirando sus ojos de color azabache (es guapo el jodido), y sí, me está costando. Soy humano, y me da pena.

Nunca hasta ahora había intentado matarle.

Le he maldecido mucho, principalmente los últimos años. Pero nunca llegué al intento de asesinato. Ni siquiera un triste homicidio involuntario: un buen gripazo no me impedía alimentar a Nico. Ni siquiera una boca a la que me hubiera gustado regalar algo mejor que un beso de cenicero.

Nico siempre ha sido el primero de la lista, siempre ha sido el Rey. Pero ahora le estoy dejando ir. Bueno, le estoy empujando al barranco.

¿Podré soportar ser quien sea que vaya a ser sin él dentro de mi, o acabará resucitando y dominándome para siempre, hasta que sea él quien me entierre?

Esto es lo que realmente me cuesta de dejar de fumar: el miedo a no saber qué será de mi sin Nico, tras casi veinticuatro años entre mis entrañas. Sé que me jode la salud y el bolsillo, que doy un pésimo ejemplo a mi hijo y que encima fumar ya no resulta ni sexi ni rudo ni pollas. Pero está conmigo desde que tenía trece años.

Me hice un hombre con él dentro de mí.

¿Qué seré cuando él ya no esté? ¿Podré soportar ser quien sea que vaya a ser sin él dentro de mi, o acabará resucitando y dominándome para siempre, hasta que sea él quien me entierre? No decía que no a un beso, sino que decía sí a quien yo creía que era: yo más Nico.

De esos ciento veintiocho mil seiscientos sesenta y dos cigarrillos que mis dedos llevaron a mi boca hay uno que contiene en sí a todos los demás. Es el primero. Lo recordamos todos porque supo horrible. Asqueroso.

Y pensamos: a algo tan desagradable no me voy a enganchar.

Y creyéndome a salvo, pensaba: a ver si aprendo al menos a no marearme y caerme por los regueros, y construyo así mi incipiente masculinidad en este árduo mundo.

Y así, sin darme cuenta, mientras hacía esas cábalas, entró Nico. Me lo imagino haciéndolo tranquilamente, en plan silbando o tarareando un inocente la-la-la.

Pilló sitio en algún rincón entre los pliegues del intestino o la tripa, no sé, por ahí ha andado siempre, y tiró una sutil pero jodidamente fuerte cuerda hacia la garganta. Cuando tenía hambre comenzaba a tirar de ella. Primero muy suave. Luego cada vez más fuerte, hasta que se le daba lo suyo. Si no se lo proporcionabas (avión, cine, teatro, etc.) escalaba hasta un punto entre la laringe y la epiglotis y, desde allí, te bombardeaba el cerebro a morterazo limpio, estilo los noventa en Sarajevo .

El cigarrillo que alimentaba a Nico tras horas de privación era sublime, y eso le decía a cada célula de mi cuerpo: ¿ves como vale la pena?

Tras las peores batallas llegaban las más dulces reconciliaciones.

El cigarrillo que alimentaba a Nico tras horas de privación era sublime, y eso le decía a cada célula de mi cuerpo: ¿ves como vale la pena?

Escribo esto mientras la voz de Nico sigue ahí, pero cada vez más débil: lleva dos semanas sin comer. Dentro de muy poco morirá — según algunos, le puede quedar todavía una semana.

Yo creo que menos, le veo muy desmejorado.

La primera cajetilla de su comida me costó, creo recordar, 180 pesetas. La última, 4,85 euros.

Cuando era estudiante recuerdo invertir mucho tiempo calculando la conveniencia de las ofertas del supermercado por el peso de los productos y mi capacidad de consumirlos antes de su caducidad. Soy de letras y me costaba un esfuerzo. Estuve sin línea de móvil varios meses por impago. Llegué a estar tentado de robar comida.

Pero la de Nico nunca faltó. Nunca, bajo ningún concepto. Nunca, de ninguna de las maneras. Si no había dinero o posibilidad humana de conseguirle alimento, entonces me apagaba yo mismo: dormir era la única solución.

Y cuando traté de racionalizar un poco el gasto y empecé a darle tabaco de liar, dijo que nanai. O Chester, o Camel o Lucky. Punto. Podría haberme salido de solo Marlborlo, todos conocemos casos.

Antes insinué que no hay ningún mérito en perpetrar el asesinato de Nico sin ayuda de pastillas, parches o -peor- homeopatía. De hecho pienso que el mérito está en lograrlo tomando cualquiera de esas cosas.

Creo, como dije, que sólo se le puede matar de hambre, y al final lo anterior le recuerda a Nico que nos acordamos de que tenemos un deber para con él. Le damos gato por liebre, pero le damos.

Creo, humildemente y desde el dolor, porque de fácil tampoco tiene nada, que el problema es más mío que de Nico. Imaginarme sin él, ¿quién soy ahora? Una pregunta que te puede surgir cuando eres padre por primera vez… y cuando te planteas matar a este bicho que durante años ha sido tu prioridad.

Así de dura es esta droga.

No puedo decir que mi Nico no vaya a resucitar nunca. La vida es muy jodida a veces

Y Nico no muere para siempre. Bastará una calada para resucitarle. Lo tengo clarísimo. Por eso mismo es tan importante que el asesinato sea por inanición.

No puedo decir que mi Nico no vaya a resucitar nunca. La vida es muy jodida a veces, y peor sería llenar este vacío con otra adicción que pudiera resultar todavía peor que Nico, como el alcoholismo.

Por eso creo que este asesinato tiene que ser pedagógico. Por eso estoy tratando de contarlo. Se trata de que hay algo ahí, ese hueco trazado en tiza como el que queda tras el levantamiento del cadáver, que dice mucho de mí.

Creo que en lugar de evitarlo, tengo que hurgar en él. Nico, te voy a matar y voy a revolcarme y luego escarbar bien hondo en ese hueco.

A ver quién dejé de ser durante 24 años, las dos terceras partes de toda mi vida. A ver quién voy a ser ahora.

Adiós Nico.

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