Murió el primer pirata, adiós a Horacio Potel

Mucho antes de que internet se convirtiera en el guion colonial escrito solo por tres gigantísimas empresas privadas (Google, Facebook y Twitter), cuando navegar tenía ese espíritu aventurero de exploración, pues parecía que allá afuera había un campo inmenso de pequeños sitios web independientes y caseros que podían escribir resistencia sin necesitar doblegarse a los términos de servicio de las grandes plataformas, en esos tiempos que no fueron tan lejanos, existía Horacio Potel.

Potel era un profesor de filosofía de la Universidad de Lanús que, en 1999, hizo y mantuvo a pulso, sin fines de lucro y por años, tres sitios web: Nietzsche en Castellano (nietzscheana.com.ar), Heidegger en Castellano (heideggeriana.com.ar) y Derrida en Castellano (jacquesderrida.com.ar).

En 1998 me compré una computadora después de ahorrar todo un año. Todo me parecía maravilloso, pero sobre todo la Web, era para mí el sueño del pibe, podía tener acceso a tantas cosas que antes solo podía soñar, libros agotados, reproducciones de obras de arte, que antes solo podía ver de “prestado” en las librerías, ya resignado a no tener jamás esos hermosos y carísimos libros. [Carta de Horacio Potel, 2000].
Horacio Potel, en Wikimedia Commons, CC BY-SA

En esos tiempos de estudiante universitaria conocí a Potel, cuando ni siquiera sabía que había una sola persona detrás de esos sitios que me permitían leer en castellano textos que ni la facultad tenía, ni mucho menos el puñado de librerías de provincia.

Lo de Potel, me entero ahora que de casualidad sé que ha fallecido, era un acto romántico en muchos sentidos. Como escribió Mónica B. Cragnolini, su profesora, en una sentida carta de despedida:

Las inició en una época en que no existía, como ahora, la posibilidad de escaneado, y sé que pasaba noches enteras tipeando textos. Gracias a sus páginas montones de estudiantes del ámbito hispanoparlante accedieron a textos de difícil acceso veinte años atrás. Cuando estaba en algún congreso en Colombia, México, Perú, Brasil, y otros países, estudiantes y profesores me contaban de la importancia que tenían para todos ellos las páginas de Horacio. Luego, cuando llegó la posibilidad del escaneo, comenzó a subir libros completos, no sólo en español. A raíz de eso, sufrió un juicio por parte de editoriales francesas, juicio que permitió plantear y discutir en nuestros medios el problema del libre acceso a la cultura. Yo supe un par de años antes que esta situación de la demanda iba a ocurrir, porque colegas franceses me pidieron que se lo advirtiera, pero Horacio permaneció imperturbable: no quitó su página de la web, y siguió subiendo más textos. Pienso que creía que era más importante que existiera más tiempo posible ese libre acceso, que tratar de quedar indemne sacando la página de la web.
La web desactivada con un aviso de advertencia.

Efectivamente, el 31 de diciembre del 2008, a Potel se le abrió una causa criminal por infracción a la ley de propiedad intelectual argentina, que lo puso en riesgo de una pena preventiva de libertad que oscilaba entre un mes y seis años. La causa fue interpuesta por la Cámara Argentina del Libro, a partir de una denuncia de la editorial que posee una parte de los derechos de Derrida (Les Édicions de Minuit), y con la intervención de la embajada francesa en Buenos Aires. Minuit, a todo esto, hasta ese entonces nunca había editado libros del filósofo en Argentina.

El acusado tomó conocimiento de la denuncia mediante la visita de un policía al que le encargaron chequear su domicilio. “Usted sabrá en qué anda”, respondió el agente cuando se le consultó el motivo. […] Cayeron sólo los sitios sobre Heidegger y Derrida, ya que el fallecimiento de Friedrich Nietzsche ocurrió en 1900 y ya pasaron los setenta años establecidos por la ley para la conservación de los derechos del autor. [El conocimiento no es una mercancía, 2009].

Finalmente, y después de una amplia polémica local que incluyó diferentes muestras de apoyo, Potel fue sobreseído a finales del 2009.

Afiche de la campaña de derechoaleer.org

El testimonio de Potel fue, en esos años, el que retrató para mí, por primera vez y con claridad absoluta, que el régimen de propiedad intelectual mundial efectivamente se había ido al carajo. Fue la cercanía de su caso el que le dio sentido sustancial a un libro que muchas de nosotras habíamos devorado años antes: Cultura Libre de Lawrence Lessig. En esos años, claro, pensaba que se podía arreglar el copyright. Releyendo a Potel, comprendo que desde siempre nos dio pistas de la raíz del problema.

La Cámara Argentina (o francesa, ya no sé) del Libro, hizo una denuncia que fue tomada con inusitado vigor por fiscales argentinos, así que una triple alianza de Corporaciones patronales, embajadas neocoloniales y poder judicial argentino, se juntaron para bajar de la web sitios que difundían filosofía y de paso joderle la vida al boludo, loco y terrorista que había tenido la idea de compartir las herramientas que usaba para trabajar en filosofía.

Hoy estoy convencida que el problema del régimen de propiedad intelectual no es una avería magnificada por las nuevas tecnologías. Ahora y luego de años trabajando en derechos de autor, viendo de cerca su relación con los tratados de libre comercio abusivos y en su utilización descarada para la censura, al fin comprendo que tal como al patriarcado, al régimen de propiedad intelectual no se le reforma, se le destruye.

Las infinitas e intrincadas relaciones de la propiedad intelectual con el colonialismo y sus lógicas de explotación, con la dependencia del capital Norte-Sur, con la desvergüenza moralista del ladrón que no quiere que le roben, hace urgente una nueva relación con las obras intelectuales. Si esta relación ha de ser re-pensada, tiene que ser con una profunda perspectiva descolonizadora desde el sur global.

Ahora que sé de su fallecimiento, comprendo que mucho antes de la trágica muerte de Aaron Shwartz, de la persecusión a Sci-Hub de Alexandra Elbakyan, y antes del interminable juicio a Diego Gómez, entre otros tantos disparates del copyright, siempre estuvo Horacio Potel.

Muchas gracias, Potel, por la inspiración.