El placer de complacer

En los tiempos que nos corren noticias no son hechos y la verdad es discutible. La posverdad o fake news se percibe tan real como el Facebook nuestro de cada día donde cada cual tiene el derecho de airear sus trapos sucios y bailar con sus demonios.

La pobreza mental compartida en nuestras burbujas nos convierte en placenteros esclavos de la tecnología, nuestro supuesto instrumento. Progenitores, confesores, maestros y convecinos no son autoridad, sino espectadores, considerados tan falsos profetas como aquellos otrora monopolios de la verdad en papeles y pantallas multicolores.

Admito mi parte de culpa, pues como periodista me presté a las falsificaciones por aquello del bien común o el condumio necesario. Cuando despiertas es tarde para golpes de pecho. Quienes hemos presenciado las entrañas del poder, conocemos el costo de pasarse al otro bando

La arrogancia de esconderse tras una credencial se paga al regreso a las huestes de los comunes. De manipuladores pasamos a penosos espectadores donde lo peor no es el desprecio merecido de los convecinos, sino sufrir sin micrófono la nueva realidad del consumidor.

Es frustrante ver generaciones sin valores hechizados por las preferencias tecnológicas del momento, sin tradiciones de civismo y responsabilidad. Prefieren desprenderse del mundo real y condicionar su voz a los instrumentos que deberían engrandecerla.

Existir no es humano, el derecho de haber nacido conlleva la obligación de establecer una huella en el tiempo. La indiferencia por las instituciones, la negación de las obligaciones y el usufructo de los derechos conquistados por generaciones anteriores es una condena a sobrevivir sin ser.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.