El año nuevo 2015
Ayer, hace un año, volvíamos a casa después de pasar las últimas horas de 2014 y las primeras de 2015 en casa de mi cuñado. Las avenidas estaban frías, húmedas y oscuras.
Cerca de las dos de la mañana, mientras avanzaba por la Avenida Morones Prieto, comencé a sentir que la camioneta estaba batallando para avanzar. Los cambios no entraban correctamente y las revoluciones subían bastante. Acababa de salir de su enésima visita al taller. Después de todo, 15 años y más de 350 mil kilómetros la convertían en una verdadera sobreviviente de lo que llevabamos del siglo XXI.
Ya antes me había dado ese problema y supuse que sería, de nuevo, la transmisión, aunque eso era presisamente lo que le habían corregido. A esa hora, lo que esperaba era llegar a casa. Al día siguiente podría hablarle al mecánico para que la revisara. No tuve esa oportunidad, en la salida hacia el puente Zaragoza decidió que ya era mucho y no quizo avanzar. Abrí el cofre y el aceite cubría todo lo visible y, supongo, lo invisible desde ese ángulo. En la madrugada, con mis cuatro mujeres cansadas y friolentas, en medio de un puente oscuro, pensé que era la peor forma de comenzar el año.
Tras hablarle al seguro, debía esperar a que llegara la grúa. Cuando finalmente me recogió (el hombre andaba perdido porque me buscaba en el otro puente gemelo, el que realmente sale de la calle de Zaragoza y no el que conecta con Zuazua, que era donde me encontraba), me subí muy enojado al asiento del copiloto de la grúa y le dije: bonita manera de comenzar el año.
Luego comencé a echar madres contra el mecánico (el problema fue que no apretaron bien una manguera y tiró todo el aceite de la transmisión, por eso no había forma de que avanzara) porque su trabajo deficiente me tenía en ese trance. Me sentía como la versión masculina de Silvia Pinal en “El inocente”: Acababa de llegar Pedro Infante en medio de la noche de año nuevo porque el auto nomás no tenía aceite. Yo estaba cansado, con frío, encabritado con el mecánico de mi camioneta y preocupado por mis cuatro mujeres que por fortuna a esa hora ya estaban en la casa.
El hombre al principio no me dijo nada. Después de enganchar la camioneta y escuchar a dónde debía de llevarla (a mi casa, no muy lejos de donde el motor decidió detenerse) el hombre decidió responder a mis quejas.
- Amigo -me dijo- yo llevo muchas otras noches recogiendo autos en choques feos, no como el suyo que es una descompostura. Pero si quiere quejarse de su suerte primero vaya y dése una vuelta al Hospital de Zona, allá si hay gente que está empezando mal el año y vaya uno a saber si lo terminen.
Ayer, primero de enero, cuando regresaba a la casa a eso de las tres de la mañana y antes de tomar esa misma curva, mi mujer me recordó la escena. No sé cuántos de los que estaban el 1 de enero de 2015 en ese y otros hospitales hoy estén para contarlo.