Los millennials y su puta madre

Cómo hemos cambiado


Llevamos ya 15 años de siglo XXI.

Hoy, lo primero que hacemos nada más levantarnos por la mañana es tocar un smartphone cuando apagamos la alarma. Medimos los pasos que damos con una pulsera, hacemos check-in allá donde vamos y vemos el Mundial mientras ojeamos en twitter un meme hilarante de algún creativo brillante cinco minutos después de que haya ocurrido algo en directo. Tenemos followers, buscamos fans y descargamos apps. Tuvimos inglés “nivel alto”, nos convertimos en Community Managers y aspiramos a ser Growth hackers.

Somos CEOs de nuestros blogs y emprender mola. Pero los empresarios son malos. Conectamos en Linkedin y ligamos en Tinder. Nunca tuvimos cuenta en Badoo. No vemos la tele y somos los reyes del networking. Hacemos la compra online, pagamos Spotify Premium porque apoyamos el arte y el talento. La SGAE es el demonio. Consultamos los muebles de IKEA en la web, Google Maps es nuestra brújula y las notificaciones nuestra salvación.

La cabeza agachada mirando al móvil. Todo es tácil, ya no vamos al cine y tenemos sobrinos o hijos que tocan el periódico (que no compramos) intentando ampliar las imágenes como si fuera el iPad. La noticia del año es que abren una nueva tienda de Apple. Y hacemos cola aunque no vayamos a comprar. El diferido ha perdido el sentido. Recuperamos contacto con amigos del colegio gracias a Facebook. Nuestra palabra más utilizada en el día a día es el “jajaja” (y sus variantes: “jeje”, “jijiji” e incluso “jo jo jo”).

Escribimos más que nunca; y peor. Leemos más que nunca; y peor. Las series son nuestro entretenimiento y tema de conversación. Y los hashtags. Si nos reímos mucho, LOL; si alucinamos, WOW; si no nos lo creemos, WTF.

Decimos “sip”, “nop”, “yep”. Y “ains”. Y “¿ein?”.

Ya no llamamos a los telefonillos de las casas y no tenemos teléfono fijo. Lo primero que hacemos al llegar a un hotel es pedir la wifi. Siempre llevamos el móvil más descargado de lo que nos gustaría. Las parejas discuten por whatsapp. Nuestras madres nos siguen en las redes sociales y es muy raro.

Salir a correr ahora es ser “runner” y no sirve igual si no lo contamos en nuestros perfiles con un mapa ilustrado. Adoramos las infografías. Los GIF animados son una revolución visual sin parangón que están revolucionando (una vez más) el contenido en Internet. Las listas. Las jodidas listas. Las cinco cosas que tienes que saber según el redactor de turno. Cargamos el teléfono en los bares, en el baño de los trenes y en las salas de espera de los aeropuertos mientras nos sentamos en el suelo intentando conectarnos a una wifi que casi siempre es de pago. Y nos indigna.

Lo viral, ahora, es bueno. Compartimos, en verano, fotos de pies y agua. Y de gatos (todo el año, eso sí).

Atendemos al teléfono antes que a nuestro interlocutor (con amigos o en reuniones. Da igual). Ya no hacemos llamadas perdidas. Winter is coming.

No quedamos “a tal hora” “en tal sitio” porque no es relevante; ya escribiré “a ver dónde estáis”. Llegamos tarde. Cancelamos reuniones y posponemos citas en el Google Calendar. No hay manera de escribir bien “a ver” en lugar de “haber” ni “por qué” en sus diferentes formas.

Descargamos películas y series. Pedimos comida a domicilio. Nos flipa el sushi. Votamos a los mismos de siempre… salvo que salga uno nuevo mucho en la tele, que no vemos. Jugamos online.

Damos likes. Tenemos fotos de nuestra cara en todos nuestros perfiles públicos. No vemos porno.

Nos vamos a Tailandia. Jugamos a Apalabrados, vamos “a un evento” y somos ponentes para contar nuestro caso de éxito. Los telediarios sólo cuentan malas noticias, el tiempo y una hora y media de fútbol. Las barbas han venido para quedarse.

Los selfies. Compramos en Amazon, nos enganchamos a “Megaconstrucciones” y criticamos a Ryanair. Idolatramos Breaking Bad. Los hipsters.

Mmm… ¿Qué más?

Alemania gana el Mundial, los políticos siguen creando leyes incomprensibles, la justicia es injusta, Israel y Palestina siguen matándose entre ellos y la corrupción está a la orden del día…

Ah… Pues tampoco hemos cambiado tanto.

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