Dicen que creemos merecerlo todo, pero casi no tenemos nada

“No es justo, no es justo”, bufaba mientras lloraba y golpeaba la pared de la cocina con mis manos.

Me senté en el piso para recobrar la compostura y limpiarme las lágrimas y los mocos.

“Me he convertido en una caricatura millennial”, pensé al percatarme de que ahora soy un cliché y una estadística más de mi generación, la que se supone que cree tener derecho a todo sólo porque sí.

Acababa de recibir un correo electrónico de un organismo internacional en el que me informaban que, “tras una larga deliberación” de un “proceso sumamente competitivo”, no me contratarían para un puesto de comunicación estratégica.

Ese “proceso sumamente competitivo” duró dos meses y consistió en una larga solicitud en línea, una exposición de motivos, una evaluación técnica y un panel de entrevistas.

Al leer el mensaje de rechazo, fue inevitable pensar en todas las horas que he perdido en los formularios electrónicos, en renovar mi CV, en escribir cartas de presentación y en llenar formatos que piden los mismos datos que ya puse en todo lo demás.

Llevo así cinco meses, desde que regresé de Londres, una ciudad en la que me sentía en la cima del mundo y pensaba que lo tenía todo.

Poseía una beca del gobierno de Reino Unido para mantenerme y pagar la colegiatura de King’s College London, bebía cerveza deliciosa en los pubs más bonitos, y a veces, por puro gusto, me subía a un camión de dos pisos para perderme en la ciudad.

Pero, sobre todo, estudiaba algo que me apasionaba, participaba en debates en los que mis compañeros y yo jugábamos a resolver el mundo, y asistía a eventos con personalidades diplomáticas, políticas y académicas.

De la alegría y el éxtasis que experimentaba a diario ahora me conformo con los días en los que la resignación prevalece sobre la desesperación.

¿Dónde está mi error?, me pregunto.

Hice todo lo que debía hacer: estudié idiomas, participé en asociaciones civiles, creé un medio estudiantil en una universidad a la que accedí sólo porque gané una beca, realicé prácticas desde antes de graduarme, y obtuve experiencia profesional.

Ni hablar de tanto evento de networking en los que uno tiene que apretar la sonrisa frente a gente que se cree un dios o, peor aún, el “agente de cambio” que salvará a México del subdesarrollo.

No sé quién me irrita más, si quienes me dicen “ánimo” o “ya saldrá algo” mientras están en su empleo súper bien pagado, o quienes preguntan “¿qué estás haciendo?” y consideran insatisfactoria la respuesta de “estoy buscando trabajo”.

Tampoco sé aún si me consuela o me preocupa que haya tantas personas en una situación similar, y que en cada reunión social vea mi desesperación y mi angustia reflejados en el rostro de los demás.

El Inegi señala que 41.5 por ciento de los 2.1 millones de desempleados que hay en el país somos personas de 20 a 29 años, la tasa de desempleo juvenil más alta en los últimos 11 años.

Así es, el grupo etario al que le dedican publicaciones con títulos como “Estimado millennial: das pena” es el que presenta mayor índice de desocupación.

No sólo afrontamos los errores que las generaciones pasadas cometieron al creer en la supremacía del auto, al desestimar los efectos de la contaminación, al minimizar las graves consecuencias de la desigualdad y al ignorar la injusticia de la pobreza.

Enfrentamos también el desdén de quienes dicen que hay que prepararse, pero que ven estudios de posgrado en un CV y lo hacen a un lado por temor a que la persona exija “demasiado sueldo”.

Padecemos la altivez de quienes afirman que somos unos niñitos caprichosos porque nos atrevemos a señalar las injusticias que ellos no, como los sueldos bajos, las jornadas excesivas y los abusos laborales.

Dicen que creemos merecerlo todo, pero la realidad es que casi no tenemos nada.

Hoy, por primera vez en 25 años, no sé qué hacer, ni a dónde ir, y claro que he considerado rendirme.

¿Se vale? No lo sé.

Pero lo que sí sé es que si toda esa gente a mi alrededor que también está por rendirse decide desistir, sería una gran pérdida para la sociedad.

Eso explicaría por qué las cosas están tan mal y estarán peor.