Él

Historia corta.

Esta historia la escribí en Febrero del 2013 pero no la había compartido en publico hasta ahora. Mi hermosa novia Miriam me ayudo con algunas ideas y redacciones y por lo mismo creo que es el cuento con el que mas satisfecho me siento. La persona a la que se la dedique en su momento eventualmente se convirtió en un buen y fiel amigo sin la necesidad de matarlo y aunque me arrepiento de haber pensado en esta ficción tan agresiva, en su momento, fue creación literaria con intenciones genuinamente artísticas, emocionales e indisimuladas. Espero disfruten de mi único cuento en español.

Él

La siguiente narrativa trata sobre lo que era un compañero mío de universidad hace un semestre y sobre lo que Él es ahora. Por favor, noten como utilizo el “era” para especificar su previa, pero no actual, existencia. Mi intención al contarles esta anécdota no es pedir perdón, sino lo contrario. Espero que para cuando finalice mi historia entiendan el porqué de mis acciones y sientan una alta gratitud. Pues les digo queridos lectores, que el Cáncer, que era Gabriel García Hermosillo, esta muerto. También les digo, con toda la honra y el orgullo del mundo, que fui yo quien lo mató.

El día que Gabriel selló su destino fue un muy caliente 25 de Agosto hace aproximadamente ocho meses, una semana y media antes de entrar a clases. Estábamos en un evento de inicio de año todos los recién ingresados al Tecnológico de Monterrey. También era la primera vez que me reunía con aquellos que serían mis compañeros de carrera durante los siguientes cinco años. El lugar estaba lleno de gente desconocida y yo no podía esperar para conocer a mis nuevos amigos, a mi futura novia, a los maestros que me caerían bien e incluso también a los que me caerían mal. Todo era nuevo, todo era brillante, todo era bueno.

En ese entonces yo era una persona bastante agradable en general. Me consideraba un chavo moderadamente guapo, alto, buena gente de mas y simpático. Pero sobretodo, me consideraba inteligente. Y no dudo que lo fuera! Sin embargo, hay algo sobre cómo te percibes a ti mismo que regula una gran parte de tu comportamiento, especialmente si tu cualidad favorita es tu inteligencia. Alguien que reconoce su inteligencia propia previene cualquier cosa que amenace a la misma. Es más doloroso para alguien inteligente perder su capacidad de pensamiento que para alguien bello perder su hermosura. Cinco meses después yo tenia escasez de ambas.

Mientras platicaba con unos compañeros a lado de la mesa de bebidas, vino Gabriel como enviado por Dios a aquel pequeño grupo de estudiantes, a un joven virgen con un nombre llamado Juan. Mi virginidad fue otro aspecto importante en el contexto de la muerte de Gabriel. Sigo siendo virgen, pero en ese entonces una de las aspiraciones de entrar a universidad era la pérdida de la inocencia, el encuentro con la hombría y lo mas íntimo de la mujer. En otras y más vulgares palabras, no podía esperar para tener sexo por primera vez.

De vuelta a Gabriel. Si hay un adjetivo que lo clasificaba perfectamente era triste. Gabriel se veía triste. No me refiero a que llegó llorando, con el ceño fruncido o a berrinches. De hecho, llegó con una sonrisita boba que olía a valentía falsa y a una extrema falta de pasta dental. Sin embargo, la fachada de Gabriel no engañaba a nadie. Todos vimos la baja autoestima de Gabriel de inmediato.

La razón de esta autoestima tan baja era bastante clara. Para empezar, Gabriel era gordo y para ocultarlo se subía los pantalones hasta el ombligo y se apretaba el cinto como si fuera faja. Esto le daba a Gabriel forma de panquecito o quequi, dejaba al descubierto sus tobillos y hacía que sus pantalones parecieran pescadores. Además de su gordura y su vestuario tan peculiar, tenia un severo problema de espinillas en la cara y otro de verrugas en el cuello. Su cara era realmente fea y de complexión alargada. Y para echarle más leña al fuego, tenía el distintivo olor de uno que no se ha bañado en días. Gabriel era un vil fracasado. Nada más y nada menos.

Probablemente te estés preguntando, querido lector, ¿Por qué me molestaba tanto la apariencia de Gabriel? A lo que te tendría que contestar que en ese momento no me molestaba nada de él mas que su aroma. No fue sino hasta después que cada mísero detalle de su existencia me prendía la sangre en llamas. En ese entonces yo había sido educado para aceptar a todos como eran. Amar a mi prójimo más que a mí mismo. Y yo, como cristiano responsable, amaba a Gabriel, aunque no a su peste.

Las primeras palabras que produjo, después de el aparentemente interminable silencio incomodo traído por su venida, fueron, “¡Hey! ¡Qué onda chavos!” Aparte de su voz chillona y molesta nada indicaba peligro. La conversación en el grupo fluyó relativamente normal los siguientes quince minutos. Y como era de esperarse, poco a poco se fue yendo gente del grupo para conocer a otras personas. En cuanto a Gabriel, no dijo mucho en todo ese tiempo. Cuando la gente se reía el reía también, cuando le dirigían la palabra Él contestaba. Él nunca fue el protagonista del grupo.

Finalmente, solo quedábamos Gabriel y yo. Por educación le pregunte su nombre y yo le di el mío. Hice algunas preguntas sobre Él a las que Él contestó con ascendente entusiasmo. Y finalmente, la inocente pregunta que desencadenó todo fue, “¿Y qué hacen tus papás?”

Lo que prosiguió después de esta pregunta fue un doloroso relato de hora y media sobre la relación de Gabriel con sus padres. Por el amor de Dios! Fue la cosa mas hartante que jamás había escuchado! Resulta que ésta obesa Bola de Grasa llevaba años buscando a alguien a quien contarle todo sobre el divorcio de sus papás y su sensación de soledad. También, de pasada y en completo desconcierto con el tema inicial de su monólogo, me contó acerca de su obvia incapacidad de comunicarse con las mujeres sin sudar de forma explosiva y de la dieta que seguía desde hacia cuatro años. Que por cierto, no lo había ayudado a bajar un solo kilo al Cerdo.

Yo estaba bastante incómodo con su comodidad. No enojado como ahora estoy, pero definitivamente asustado. Me contó todo. Cómo es posible que alguien sea tan abierto tan rápidamente con un completo desconocido? Su vida entera me la contó ese día. No todo en esa hora y media, obviamente, pero después de cometer el severo error de darle mi numero de celular, Él decidió seguir contándome anécdotas de su vida vía mensajería instantánea. De esta forma me llegué a enterar de cómo lo habían retrasado un año por reprobar demasiadas materias en preparatoria y que había sufrido de varios apodos bastante humillantes desde secundaria. Quieren la verdad? Se merecía peores el Asqueroso. Pero ni modo, que al cabo ya está muerto.

Me mandó tantos mensajes sobre su miserable vida que al poco tiempo simplemente lo empecé a ignorar. Siendo completamente honesto, por más raro que fuese, traté de ser su amigo. Le contestaba cuando podía y cuando no, no le importaba. Mandaba mensaje tras mensaje, largos y cortos, fotos y videos. Fue el día que me mandó una foto de él con ropa de mujer en una muy extraña fiesta que me di cuenta que esa “amistad” debía terminar.

Por cuatro días no le contesté e ignoré todos sus mensajes. Ingenuamente pensé que me había librado de esa peste. Hasta cierto punto me sentía culpable por haber abandonado a alguien en un estado tan frágil. Nunca en mi vida le había dado la espalda a un amigo. De hecho, me sentía psiquiatra a todos lados donde iba. Preguntándole a todos sus problemas y tratando de apoyarlos. Por eso al principio no me molestó tanto Gabriel, pensé que podía ayudarlo a sentirse bien consigo mismo como lo había hecho con tantos otros antes. Pero Gabriel no quería un apoyo, Él quería un mejor amigo. No, disculpa, no un mejor amigo, el Marica quería un maldito novio, maldita sea. No obstante, mi mente inocente no podía entender esto en ese entonces. Me lavé las manos, me olvide de Él y por los tres días siguientes antes del comienzo de clases estuve contento.

Ese lunes entramos a clases. La Peste y yo teníamos dos clases juntos.

No solo esto, pero también había visto mi horario y prodigiosa e inesperadamente se lo aprendió de memoria después de una clase. Se sabía mi horario de clases mejor que yo. Reprobaba todo Gabrielito, pero se aprendió ese horario religiosamente, y lo comprobó esperándome afuera de cada una de mis clases para verme después que terminaban. Yo estaba seriamente asustado, pero más que eso, molesto. Si salía de una clase platicando con una compañera que me parecía atractiva era inevitable que Gabriel no me interrumpiera, groseramente ahuyentando a la chava.

Al poco tiempo todos en la carrera habían notado su extrañez. Era famoso por ser pegajoso, molesto, grosero, aburrido, por su olor y por su muy cuestionable sexualidad. Inteligentemente, todos le daban la vuelta en cuanto se les acercaba. También la gente empezó a identificar a Gabriel conmigo, y por consecuente, me empezaron a dar la vuelta a mí también. Nadie quería invitarme a ningún lado ni a ninguna fiesta porque asumían que el Espanto de Gabriel también vendría. No sólo eso, nadie me hablaba por miedo a que fuera como Gabriel y de rumores, no faltaban.

Ese era el miedo que Gabriel inspiraba en la gente. Era tan grande el temor que la gente asumía que no valía la pena arriesgarse. Inevitablemente me encontré solo y sin amigos. Cerca del fin de semestre, estaba reprobando la mitad de mis materias y físicamente estaba en la ruina. No le contestaba las llamadas a mis papás ni a mis amigos de la infancia que se preocupaban por mí pero que de tanto rechazo de mi parte ya se habían rendido. El mundo que había sido el verano antes de carrera ya no existía. La única persona que estaba en mi vida era Gabriel. Mi mundo era Él.

Tan obsesionado como Él estaba conmigo yo estaba con Él. Abiertamente le había dicho que lo odiaba, que era un desperdicio, que nadie lo quería y que me dejara en paz. Sigo sin entender cómo, pero al siguiente día otra vez llegaba a hablar conmigo como si nunca hubiera dicho nada. Por semanas lo insulte a Él y a sus padres. Lo humillé frente a todos en el colegio y hasta llegué a golpearlo brutalmente. Siempre volvía al siguiente día. Ninguna evidencia del abuso mas que los moretones y las cortadas en su cara.

Todo lo que quería en mi vida fue desapareciendo. Mi apariencia se volvió repulsiva. Olía mal, no me había bañado en semanas y había pasado más tiempo desde que me había lavado los dientes. No lavaba mi ropa y mi carácter se empezó a parecer a mi apariencia. Me volví feo, no solo de vista pero de personalidad también. Era grosero con la gente. Maldecía a mis papas y a mis maestros, me metía en peleas con cualquier estudiante por cualquier razón. Me estaba volviendo Él! Pero el momento en que realmente me volví loco fue cuando me di cuenta que por tanta obsesión con ese Engendro, había perdido mi atributo más preciado, mi inteligencia.

Y desde el fondo de mi corazón, viendo como todos mis sueños, mis deseos, mis aspiraciones y mi propio yo desaparecían por culpa de ese Demonio, descubrí por primera vez el Odio. Es caliente y abrumador. Una cárcel de emoción. El Odio no se siente como miedo ni como enojo, es más fuerte que eso. El Odio es una epifanía. Es serio y sincero. No te miente, el Odio es la verdad. Cuando odias, de repente, todo está claro. Y lo que sientes con esa claridad no es ira sino contento. La inseguridad y el miedo te llevan al odio porque el odio es la respuesta. Nadie se cree más inteligente que el que vive con odio puro en su vida. Y si algo extrañaba era sentirme inteligente. El odio se volvió mi ángel de la guarda, mi dulce compañía. No me desamparaba ni de noche ni de día. Y lo amaba.

Como una Bestia indetenible llegaron las primeras sangrientas imágenes. Gabriel siendo atropellado por un camión, Gabriel atragantándose mientras comía como el Puerco que era y mi favorita, yo ahorcando a Gabriel con mis propias manos, viéndolo cambiar de su oscuro color marrón a un morado sucio. He escuchado que estrangular a alguien tarda tres minutos más o menos. En mi mente duraba horas y lo disfrutaba como no había disfrutado nada en mi vida. Un joven de mi edad solo pensaría con esa intensidad acerca del sexo. No puedo comparar esa sensación con ninguna otra cosa. Así como un adolescente anhela el sexo, yo anhelaba matarlo.

Dos semanas antes de exámenes ya tenía mi plan y estaba listo para llevarlo a cabo. Yo vivía solo en el primer piso de un edificio cerca del tecnológico. Era un apartamento de dos. Había planeado conseguir compañero de cuarto durante el semestre pero por culpa de Gabriel nunca pude conseguir uno. Marqué al celular de Gabriel. Mi actuación fue perfecta. Si hubiera sido parte de una película habría ganado un premio. Le dije como si fuera mi mejor amigo de toda la vida que necesitaba un compañero de cuarto y que quería que fuera Él. El encanto en mi voz, la amistad que inspiré en esa llamada, ambas provenían de la euforia que me traía la idea de que Él dejara de existir. Le dije que viniera a ver su cuarto en ese momento, para ver si le gustaba, porque tenia que salir a hacer una tarea. Me respondió con un entusiasmo inmedible que sí y que claro que quería vivir conmigo y me colgó el teléfono.

Me di cuenta que no le había dado la dirección y que yo tampoco sabía donde Él vivía o qué tanto se tardaría en llegar. Le volví a marcar para decirle mi dirección pero antes de poder decirle cómo llegar me dijo riendo amablemente que no me preocupara porque ya sabia donde vivía y me colgó. El poco remordimiento que sentía acerca de matarlo se extinguió con esa llamada. Sabía donde vivía. Cómo sabía dónde vivía? No sé. Yo nunca le dije. Ese Monstruo me había seguido para descubrir dónde vivía. El asco que sentí en ese momento.

Mi plan era inteligente. Finalmente, mi inteligencia estaba volviendo, una señal de mi ángel que me comprobaba que esto se tenía que hacer. Y cuando llegó Gabriel lo saludé y lo abracé y vi una enorme sonrisa en su cara. Puro entusiasmo y felicidad. ¡Por fin! ¡Juan lo quería! Tan contento estaba que parecía que iba a llorar de felicidad. Estaba completamente olvidado de cómo lo había tratado por meses e ignorante de lo que estaba por pasar.

Con gracia y hasta un poco de sensualidad le dije que pasara al segundo cuarto. Como perro bien entrenado me obedeció y en lo que entraba al cuarto yo agarraba el martillo a lado de la puerta y en lo que admiraba el cuarto con el piso cubierto de plástico le di el primer golpe en la cabeza.

Gabriel cayó como árbol contra una tormenta. En lo que azotaba el piso yo ya me había lanzado sobre Él y había forzado un trapo en su boca. Estaba bastante atontado por el primer golpe pero rápidamente estaba recobrando sus sentidos. No le di oportunidad de defenderse. Lo golpeé en la cara una y otra vez, pero no se moría. El Puerco no dejaba de mover sus brazos, fútilmente tratando de defender su cara. Su nariz estaba rota, uno de sus ojos se había deformado. Tenía sangrientos golpes que le cubrían la cara y la parte superior de la cabeza. Pero aun así se seguía moviendo.

Me entró el pánico. ¡Es inmortal! ¿Cómo puede seguir vivo? Y luego el pensamiento que me motivó a hacer lo que tenía que hacer. Si no lo mato, nunca me desharé de Él. Giré la cabeza del martillo, apuntando el sacaclavos hacia delante, y con toda mi fuerza lo enterré en su frente.

Hubo una pausa en ese momento. No se murió de inmediato, pero en los segundos que pasaron entre el último golpe y su muerte ninguno de los dos nos movimos. Solo me volteó a ver con una mirada curiosa. Ni triste ni enojada, pero en esos segundos yo sé que finalmente entendió realmente cuánto lo odiaba la única persona que Él amaba. A Gabriel no lo mató el martillo ni lo maté yo. Cuando se dio cuenta de la verdad Gabriel decidió morirse. E igual de rápidamente a como se obsesionó con su asesino, Gabriel murió.

Después de unos minutos de asombro, de repente me cayó el veinte. Estaba muerto. Había matado a la Bestia. Ese Monstruo que no era mas que un desperdicio de carne y hueso estaba muerto. Euforia fue lo que vino después. Reí y canté lleno de jubilo al lado del cuerpo ensangrentado de Gabriel. Porque yo, Juan Víctor Huerta, era un héroe.

Terminaron exámenes y con el calor de la navidad, el cariño de la familia y la paz de mi hogar volví a sentirme como yo. Sin duda alguna, matarlo es la mejor decisión que he tomado en mi vida. Lo volvería a hacer, sin duda alguna, en un santiamén.

Ahora todo está mejor, ya tengo amigos e incluso puede que tenga novia pronto. Mis calificaciones son excelentes y nunca habían estado mejor las cosas. A nadie le importó la ausencia de Gabriel cuando volvimos a clases. Es mas, era como si nunca hubiera existido. También parece que al poco tiempo de no verme con Él a los otros estudiantes se les olvidó que en algún momento habíamos tenido alguna conexión. La gente es tonta, aparentemente. Me da gusto ser inteligente.

Y como dije antes, ahora que conoces tú, mi amigo lector, mi historia, espero que entiendas lo necesario que era que Gabriel muriera. Aunque tengo que admitir algo. Esa noche de noviembre fue la primera vez que contactaba a Gabriel por celular desde esa primer semana que lo conocí. Sus mensajes interminables, por supuesto, nunca pararon. Pero es cierto que por más que lo odiaba a Él y a sus mensajes, nunca dejé de leerlos. Nunca le contesté a ninguno, pero leí todos y cada uno, vi todas las fotos raras que me mandó y todos los videos también. Es lo único que extraño de Él. No estoy seguro por qué, pero supongo que es porque no importaba que tan solo ni que tan miserable me sintiera, siempre podía contar con los mensajes de Gabriel. Eran leales sus mensajes, me querían. Y siendo honesto, nunca volveré a tener ni volveré a querer nada tanto como esos malditos mensajes me querían a mi.

El primer día de clases de este semestre estaba sentado en clase de matemáticas. Él no llego, pues Él esta muerto.