Cuando nos salvamos con la Milagros

Con la frente en alto y la mirada ciega el tren se iba y yo estaba muy lejos de todo tipo de estructura que se le pueda llamar casa, el gusano de la duda rondaba la cañería entre el alma y la conciencia recordándome lo poco sano y amigable que eran los furgones del tren. “Subí que el tren ya se va” y el gusano se cae al abismo infinito que existe entre las secciones del ser, una mano me toma la bici y por una oreja me entra una indicación de subir, “¿querés comprar una flor?”, su propuesta volaba en el aire hasta que la atravesé con una mirada desatenta y un “no” infinito, el “no” fue infinito pero la mirada se levantó con una velocidad imposible de recordar y corrió para avisarle a todos que de aquí no salíamos en una pieza, las manos no resistieron la noticia y comenzaron a temblar suavemente, la voz no tubo problema, el maldito corazón latiendo desde la garganta hasta el estomago y la astucia murió en el acto. Todos con la espalda y el culo contra la pared de ese furgón dejando un espacio vació en el medio donde nadie veía pero todos sabían que estaba yo, con mi piel extremadamente blanca, con ojos claros y fuertes, vistiendo una guayabera, jeans cortados sobre la rodilla, un gorro de pescador rojo con enormes luces de neón que titilaban diciendo “¡soy chileno hijo de puta y estoy en tu tren, utiliza la sabiduría que aprendiste en los alrededores de tu casa, en la cancha, en la escuela, dale gil esta es la tuya!” y junto a mi costado una bicicleta blanca hermosa, demasiado hermosa para ser real. Yo ya tenía hambre y 115 pesos en el banano, un iphone en el bolsillo, 4 tatuajes, una bici vieja pero nueva y una sensación de fatalidad digna del momento; no se si ellos tenían hambre pero me miraban como si yo fuera una papa frita y querían que colaborara, “2 pesos, 5 peso, 10 pesos lo que sea”, en pedir no hay engaño y donde comen 2 comen 3 así que trate de usar mi sabiduría, la que aprendí en mi casa, en el río, en los libros, pero que siempre se opaca por mi cara de niño antiguo, respondí, con palabras estúpidas e indignantes, “no tengo nada amigo”, amigo, si, le dije amigo, con un tono de inocencia que solo expresó miedo. No faltaron mas de 20 segundos y el moreno sin polera se había puesto de pie gritando que había que colaborar, que si no colaboro me voy sin bicicleta, que hay que colaborar, todos colaboran, levantando sus brazos y moviendo su cabeza de lado a lado, insistiendo con una colaboración mientras todo el resto presenciaba el funeral en silencio, yo invente que tenia 15 pesos y que se los daba pero que la bici no, hay fue cuando mire para afuera y vi que el pasto terminaba en la tierra que sostenía la vías, volví la mirada y el moreno sin polera estaba a punto de tocar el suelo con mi billetera en la mano. El temblor ya había pasado y todos se reían de mi, ahogados en ese ambiente de desconocidos en una tragedia conocida, se sumaba gente en dirección contraria al humo del paco que se infiltraba en el resto del tren, un reemplazo del moreno sin polera, ahora con polera y con algo entre sus manos que se pasaba de bolsillo a bolsillo, balbuceaba palabras y yo lo miraba, sentí miedo, la sensación de fatalidad aún estaba ahí igual que yo, parado en el borde con cara lastimosa repitiendo “los documentos por la chucha”. Finalmente pensé, pensé en el tren, en el gusano, en las partes del ser, en mi mamá, en los documentos, en la Isabela, en la casa, en la flor que no compré, en la plata que no colabore, en como contar lo que me pasó, en el iphone, en las calles, en Chile, en la bici, pensé en la bici y todos se juntaron como una gran morfalidad para expresarme en el lenguaje de sinapsis que claramente debía pedalear, la hermosa bicicleta se cargo delicadamente junto a mí por la frenada del tren, entre tirones y empujones logre bajarme con la bicicleta al hombro, al tocar el suelo y ver que donde me bajé era casi el mismo lugar donde me subí, pedalie hasta salir de la estación, pedalie hasta la General Paz, pedalie hasta La Paternal, pedalie, pedalie y pedalie.

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