
La barca de los locos, de Jerónimo El Bosco, 1503-1504
Sé exactamente cuándo sucedieron esos momentos sublimes y casi conozco algunas claves de su génesis, de su arquitectura, de su dinámica. Experimentarlos es asistir a una síntesis irrepetible de la vida en su versión más extraña y surrealista. Estos momentos de asombro, de revelación, de epifanía, tienen varios rasgos que, por demás, sorprenden en sí mismos:
1. Lo inesperado en lo ordinario. Operan como irrupciones volcánicas en situaciones por demás comunes y ordinarias. No aparecen como resultado de un plan. No aparecen allí donde convencionalmente se supone anida lo exquisito o lo encantador. No en un museo. No en la puesta del sol. No necesariamente emergen mirando las estrellas o arrojados a un espectáculo cósmico o al fondo del mar. No. Irrumpen y estallan mientras bajas la taza del sanitario, cuando te volteas a mirar atrás un objeto trivial, mientras comes una comida común o cuando escuchas una tonadita cliché. En una palabra: aparecen cuando no estás preparado, cuando no estás conscientemente dispuesto a lo sublime, cuando no estás atento. Estas experiencias no resultan de situaciones de control, cálculo o anticipación.
2. Suponen un intenso compromiso corporal, aunque no sean una experiencia exclusivamente física. Consideran una experiencia corporal muy intensa. Esa experiencia puede empezar como una vigorosa sensación localizada que, inevitablemente, termina haciéndose general, hasta diseminarse por todo el cuerpo: entonces sientes que flotas, que se te incendia el corazón (es literal, no es una metáfora), que el tiempo se elonga y se hace fluido, o te abrasa (quema) una felicidad rotunda. El orgasmo sexual es poca cosa al lado de estos estados de dicha plena y envolvente.
3. Mixturas singulares. Estos momentos comprometen una mezcolanza de diversos tipos de registros. He experimentado momentos epifánicos en las siguientes circunstancias:
a) viendo a dos mujeres que, por demás, no amo ni deseo sexualmente, y en circunstancias triviales (a una la saludaba en la oficina donde ella trabajaba; la otra hacía una pequeña demostración de baile durante una exposición escolar);
b) cruzando el barrio Obrero de Cali, con la visión de un cielo rico en arreboles al fondo, y música -¿de Queen quizás?- en la radio del carro;
c) comiendo un sandwich de queso en una parada de bus, en Osorno;
d) devorándome una pizza en casa de amigos en Buenos Aires;
e) hartándome de fríjoles con piña y carne de cerdo, preparados por una amiga, Martha Alvarado, en la adolescencia, en la casa familiar (La Buitrera, Cali);
y e) saboreando un perro caliente, en Bogotá, en la niñez, luego de salir de un concierto de música clásica al que mi papá nos había llevado -a mis hermanos y a mí- un domingo.
4. En duración y estructura temporal se parecen mucho a un déjà vu y a la serendipia. Sin embargo, estos momentos de epifanía son todo lo contrario al déjà vu en contenido: mientras los segundos parecen un juego recursivo y burlón de la memoria, los primeros son en sentido estricto lo nunca visto, jamais vu. Y como las serendipias, los descubrimientos y comprensiones inesperadas, operan comprimiendo y estableciendo relaciones insospechadas entre indicios, pero la dirección es inversa: las serendipias parecen emerger desde adentro del sujeto (¡eureka!, lo entendí); los momentos epifánicos vienen de afuera hacia adentro del sujeto (¡me encandila!).
Por supuesto, voy a leer las teorías de Joyce sobre las epifanías. (Y he leído el relato La Descarga y La Descarga II, que un amigo me pidió publicar aquí: su experiencia ayuda a entender muchas cosas). Por lo pronto, sospecho que una sostenida y continua atención por los detalles, algo así como una hiperestesia inducida por esta microscopía incesante a lo Joyce, puede alentarlas, pero no desencadenan epifanías. El examen atento de lo que uno experimenta y siente segundo a segundo también puede ayudar a preparar el terreno, pero no. las producen. Sin duda, estos jamais vu no pueden ser inducidos. Y en ello reside parte de sus misterios.
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