Big Bang/Big Blackout
Ir más atrás, una fracción de segundo después del Big Bang, es la frontera que poco a poco corrieron astrofísicos y esas poderosas máquinas del tiempo que son los observatorios astronómicos y los telescopios. Capturando y detectando la radiación de fondo tras la gran explosión que, en sentido estricto, no fue una explosión, ni un estallido, ni nada parecido, se ha podido atender los primeros parpadeos del universo conocido. Hoy contamos con registros de onda de apenas 100 mil años después del Big Bang.
A mí me interesa el Big Blackout, el apagón de la vida humana. Algunos neurólogos queremos comprender qué pasa en la conciencia humana una fracción de segundo antes de que todo cese. Nos dedicamos a auscultar el rumor de fondo de la consciencia, los últimos estertores justo antes de la muerte. Mis colegas me llaman, burlonamente, tanatólogo. Otro me apoda el hijo de Parnia, porque -como Sam Parnia, el médico líder de AWARE (AWAreness during REsuscitation)- he dedicado una parte importante de mi vida profesional a comprender los procesos de resucitación cardiaca y a mejorar los pronósticos de recuperación, ampliando la ventana de sobrevivencia, el lapso en que, tras un evento crítico, la persona puede ser reanimada.
Los estudios de Parnia sugieren cómo, hasta cierto punto, la mente es independiente del cerebro. Mi punto de vista coincide con el de Parnia, pero yo prefiero insistir en que la mente es cuerpo, no sólo cerebro, y por ello son posibles los persistentes jirones de conciencia incluso luego de prolongados periodos de muerte cerebral. La mente y la consciencia sobreviven al colapso del cerebro gracias a que sus recursos no se reducen al sistema nervioso central e incluyen la piel, los músculos, la respiración, la agitación de las pestañas, todo el cuerpo. De hecho creo, como alguna vez sugirió Alan Turing, que el cerebro no es más que un eficiente amplificador, y así como nadie atribuye la música a los bafles, ni la imagen a la lupa, ni el terremoto a las rocas que lo transmiten, no podemos creer ingenuamente que en el cerebro está toda la explicación de nuestra conciencia.
Aunque, a decir verdad, de acuerdo con Rodolfo Llinás, el brillante neurocientífico bogotano, el cerebro -más que un amplificador- es el lugar en que se coordinan oscilaciones para ensamblar música, esa música que llamamos la realidad, la conciencia, las sensaciones, las emociones, la experiencia, el “yo”. El cerebro es más bien el gran sincronizador.
Terremotos, magmas y amnesias
“Es necesario examinar esos extraños fenómenos de la conciencia en que se advierte cómo su trazo se extiende más allá del Sistema Nervioso Central”, Baldoni, 2011, Las formas fracturadas de la consciencia: las raíces de la razón.
Los volcanes nos revelaron las entrañas de la Tierra. Siempre he pensado que son los lapsus de nuestra geología: nos entregan el vientre oscuro de que está hecha la aparente y verdeazulada claridad de Gea, su piel cosmética. En sentido estricto, la tierra es roja incandescente, volcánica, peligrosa. La visión sideral y lapislázuli del planeta no es más que su cara decente, la tersa máscara de una bola de fuego que 5 mil millones de años después no termina de apagarse. La volcánica es la Tierra real, la que se agita, la vulgar, la que escupe soeces, la que grita y se retuerce como una posesa, la que eructa y quema, la que vocifera y mata. La otra, la que se espolvorea con nubes y arena, la de las brisas que susurran, la que se mece acuática, es la Terra ornata. Lo interesante es que, precisamente, la vulgar, la volcánica, la violenta fertiliza y abona, alimenta el humus y alienta las raíces y la oleada verde y selvática de la otra, su rostro florecido. El vientre que mata también aviva.
Del mismo modo, los extraños fenómenos que revelan el vientre oscuro de la conciencia, esa superficie verdeazulada y tersa, son diversos y monstruosos. Nuestros volcanes interiores incluyen desde los lapsus hasta los delirium tremens pasando por las paranoias, los ataques de celos, las fobias, las aversiones, las pesadillas, las obsesiones y manías, las depresiones profundas y megalomanías, los sadismos y las filias. Pero no todos los volcanes escupen fuego: algunos soplan aguas cálidas, géiseres, lodos espesos y cenizas menudas e inofensivas. Esos volcanes suaves también revelan y remueven parte de nuestra consciencia: son nuestros sueños, encantamientos, raptos creativos, risas explosivas, enamoramientos, intuiciones, repentismos, genialidades y ocurrencias afortunadas.
Estudiando los estados de la conciencia al borde de la muerte terminé tropezando con este tipo de volcamientos, estos quiebres subterráneos -algunos súbitos, otros lentos y progresivos- que agitan la superficie calma, el frágil sentido de la realidad consciente. En ambos casos, ya se trate de volcanes suaves o volcanes estruendosos, es como si de repente el amplificador-sincronizador cerebral fallara, deviniera insuficiente y estrecho, y todo se derramara, se desbordara. El sistema nervioso central parece insuficiente y una irrupción que estremece la conciencia recurre a otras partes del cuerpo para comunicar lo que el cerebro no puede. O, quizás, el cerebro decide que, ante su limitada capacidad de amplificación/sincronización, requiere usar otras partes del cuerpo para reverberar mejor y tratar con aquello que lo desborda.
Desbordamiento. Ese es el aspecto clave.
Fue Giuseppe Baldoni quien me hizo notar que estos estados extraños de la conciencia se manifiestan, sin excepción, como desbordamientos, como si el contenido superara por momentos el continente y se arruinaran todos los mecanismos de contención que llamamos conciencia. Y fue mi amigo Julián González quien me recordó la importancia de las epifanías. De hecho, fue el primero en obsequiarme detalles de las suyas, de las circunstancias en las que las experimentó, la duración y calidades de las mismas, las reacciones fisiológicas (sudoración, dificultades para hablar, alteración de la respiración, sensación de ingravidez, pérdida de referencias espacio temporales). Él está convencido de que son las manifestaciones más bellas de desbordamiento de la conciencia (ver epifanías). En ellas habría un mayor compromiso corporal que en otras formas de conciencia alterada.
¿Y las drogas, los estupefacientes, los estimulantes, los licores, los alucinógenos? ¿No son también manifestaciones muy poderosas de alteración de la conciencia? Creo que no. No son más que muletas. Extienden la capacidad de amplificación/sincronización del cerebro, pero no procuran -por ejemplo- auténticas epifanías, no mejoran la habilidad para echar a volar por cuenta propia.
Pero, en fin, volvamos a la historia.
Tenía registradas 138 entrevistas clínicas a retornados, pacientes que habían sobrevivido a un trance de muerte (NDE: near death experiences). Cada ficha incluía un récord más o menos completo de registros de los pacientes antes, durante y poco después del trance -medidas de oxigenación cerebral, medidas de actividad cerebral y cardíaca, temperatura corporal, en algunos casos comportamiento muscular de extremidades- y, cuando me lo permitían, tenía acceso a información de contexto sobre sus vidas personales (calidad de la relaciones parentales, historia laboral, situación económica, experiencias críticas en sus vidas, algo de genealogías familiares, indicadores de satisfacción personal con el curso de sus vidas).
Como puede apreciarse, se trataba de un estudio más o menos completo y detallado, quince años de entusiasmado arrume de hojas, gráficos, transcripciones, fichas, más cuadros, más tablas, más testimonios. Expedientes y expedientes que, con los días, se convirtieron primero en dossier de la esperanza, arrume del que emergería una genial conexión donde fondear saberes completamente nuevos. Después, se fueron enfriando las esperanzas y los expedientes hasta transformarse en una cansina tonelada de hojas y más hojas a las que se sumaban otras más con desesperación y urgencia. Luego vino la torturada sensación de caos. La vorágine. Nada podía hacer con todo eso. Finalmente, el arrume se convirtió en piano de cola, pesado lastre: algo que cargas a tus espalda sin poder desembarazarte de él y sin saber cómo hacer que funcione. La iluminada promesa de ayer lentamente transformada en espeso desagüe, sifón por el que se cuelan una a una todas tus energías: eso pasó en quince años.
Y una mañana me paré enfrente de mi computador: más allá de la pantalla, la enorme estantería repleta de A-Z con los expedientes NDE debidamente marcados, fechados y numerados. Comencé a revisar mis apuntes, algunas transcripciones, notas sueltas, ideas sobre ideas, y comprendí en un instante que no iba para ninguna parte y que la burlona mirada de mis colegas, el sobrenombre con que me bautizaron, el piano de cola sobre mis hombros y la estela de quince años acumulando datos eran en conjunto algo así como una sepultura dispersa, una atadura, un desquiciamiento. Mi hundimiento en la nada. No tenía nada en las manos. No había nada que atara ese montón de hojas sueltas, ninguna conexión ingeniosa que les diera orden, ninguna respuesta que les diera sentido, ningún hallazgo que conectara la historia de la monja de 82 años, sobreviviente de un infarto, y la de esa chiquilla de 17 años, casi fulminada por un aneurisma. ¿Había manera de interpretar y reunir esa marea de datos y hacer con ello una obra decente?
No. No había manera de hilvanar todo eso. Nada que hacer. Nada que salvar. Tres lustros muertos.
Y entonces la decisión sobrevino de manera natural. Delete. Delete. Delete. Delete. ¿Está seguro de borrar este archivo? Delete. Delete. Delete. Una a una fui eliminando las carpetas, con esa tristeza vencida de los suicidas. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete. Delete.
Y mientras borraba y borraba archivos pensaba en las razones triviales que me hicieron cirujano. Era un niño cuando tropecé con el artículo de François-Xavier (FX) sobre Ebuchi Kouhei, un diestro fabricante de cuchillos japoneses. Una de las imágenes, aquella en que se aprecian cientos de patrones de cuchillos, una ordenada acumulación de formas pardas y herrosas, me produjo un hondo estremecimiento, mitad miedo, mitad hechizo. Allí estaban los patrones, padrones, padres de cientos de miles de cuchillos. Exactamente 27 modelos. Pero a mí me producía particular emoción el sexto patrón de la fila inferior, de izquierda a derecha, casi en la mitad de muestrario. Era una hachuela fría y dispuesta, de las que suelen aparecer en algunos filmes de terror y de gangsters, la misma que agitara una y otra vez Bill Cutting (Daniel Day-Lewis) en Pandillas de Nueva York, el film de Martín Scorsese (2002). Esa hachuela me sedujo de niño. Esa tarde tome un pequeño cuchillo de mesa, lo martillé un poco y luego, con cuidado amoroso, comencé a afilarlo tratando de imitar la forma de mi hachuela hechicera. Por supuesto, fracasé. Dos horas y media después mis dedos sangraban tratando de sacarle filo a un cuchillo tercamente romo. Cuatro horas más tarde estaba castigado en mi cuarto, seis latigazos por andar jugando con cosas peligrosas, me sentenció mi tía Laura. Pero más pueden las urgencias que las prohibiciones, y al año siguiente ya contaba con tres piezas filosas y honorables: una navajita labrada a partir de una puntilla de 6 pulgadas, casi un estilete, una almarada rústica, pero eficiente; un cuchillito curvo para tasajear frutas e insectos; y una hachuela armada con una hoja de aluminio montada sobre una placa de madera fina. Cortaba, punzaba, tasajeaba cosas pequeñas y animalitos: hormigas, garrapatas, semillas, mariposas, lombrices, piedrecillas frágiles, pétalos de flores, plumas de aves. Destornillaba relojes y radios, despanzurraba circuitos integrados. Hacía marcas y dibujos en la piedra, en latones, en ladrillos, en las botellas de vidrio. Afilaba amorosamente mis piezas.

Creo que primero amé cortar, punzar y tasajear. Luego me hice médico. Primero fui cuchillero, y luego, cirujano, digo yo.
Delete, delete, delete, delete, delete. Delete, delete, delete, delete, delete.Delete, delete, delete, delete, delete.Delete, delete, delete, delete, delete.Delete, delete, delete, delete, delete.
Después me hice enterrador y archivador. Delete, delete, delete, delete, delete. Delete, delete, delete, delete, delete.Delete, delete, delete, delete, delete.Delete, delete, delete, delete, delete. Delete, delete, delete, delete, delete.Delete, delete, delete, delete, delete. Y ahora, soy un borrador. Un amnésico. Y quizás, un muerto.
Continúa en La Descarga II.
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