Las redes homogéneas
Menos diversas de lo que pensamos: hay que salir del espejo
En estos momentos, como se sabe, está en marcha la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia. Entre una derecha salvaje y una un poco más apegada a la ley (a leyes salvajes), una porción de colombianos elegiremos presidente. Uno de cada tres colombianos vota en las elecciones. Algunos ven en este dato un síntoma inequívoco de la fragilidad de la democracia, pero a mi juicio no es más que un indicador de los límites de la política electoral, que es distinto a democracia. El descenso en los indicadores de actividad electoral (número de votantes vs conjunto del potencial electoral, confianza en los partidos políticos, desprestigio del congreso y órganos legislativos) parece una epidemia en el mundo electoral chileno, francés, inglés, colombiano, estadounidense, y no deberíamos atribuirlo a ignorancia y estupidez de las personas, sino a debilitamiento del sentido y lazo social (si es que alguna vez lo hubo) entre políticos profesionales y ciudadanos, entre administradores-burócratas y personas de a pie.
Por contraste, hay poderosa actividad “electoral” en Facebook y en los reality: millones de personas votan, eligen e indican sus gustos y adhesiones a un cantante, a un video en Youtube, a una marca, una caricatura o una noticia. Y, por eso, persiguiendo ese lazo esquivo, los políticos cada vez más se adecuan a las redes sociales y las estratagemas del reality (ver, por ejemplo, los famosos debates electorales). Lo interesante es que al examinar el hervidero de voces, caricaturas, comentarios, imágenes, denuncias, insultos que, alrededor de Zuluaga/Santos, encuentro en mi sitio web en Facebook noté una cosa al mismo tiempo simple y extraordinaria: casi sin excepción los que concurrimos allí en la red social de la que hago parte (que no es Facebook, sino una sub-red en que se entreveran gente que conozco y estimo, personas que conocen a personas que conozco y estimo, y personas que no conozco pero estiman a personas y cosas que aprecio) compartimos la misma animadversión por Santos y por Zuluaga. Y claro, son más o menos el mismo tipo de personas que se coagulan y despliegan en mi red de vínculos off line (familiares, amigos, compañeros de trabajo, estudiantes…). Y entonces entendí que, más o menos, hacemos un esfuerzo denodado por convencer en las sub redes sociales a las que pertenecemos de lo horrorosos que son Zuluaga y Uribe. Pero obviamente, es un poco un esfuerzo con garantía de éxito, pues todos, más o menos, estamos convencidos del mismo mensaje. Nunca fue más cierta la proclama macluhaniana: el medio es el mensaje. El mensaje de Facebook es un medio, o dicho de otro modo, el contenido de Facebook es otro medio: las redes sociales de vínculos, afectos y comunicación de que cada uno de nosotros está hecho.
Y noté otra cosa: lo difícil que es convencer de la barbarie de Santos y de Zuluaga a una persona que no pertenece a mis sub-redes sociales (digamos un taxista que aprecia a Uribe, o a una jurado de votación que está decidida a votar por la Ramírez y que, en segunda vuelta, lo hará contra Santos). Allí no valen las caricaturas, las proclamas, la jerga, los guiños, los chistes y los argumentos ingeniosos que entendemos rápidamente en nuestras redes sociales anti Zuluaga. Al contrario, allí se debilitan los argumentos sutiles y, cuando ya no valen los argumentos, terminamos hundiéndonos en consignas puras y duras (intentos desesperados por mostrar evidencias fuertes) que consigan capturar a estos votantes-adversarios y arrastrarlos hacia nuestro bando. En mi caso, sé que no he tenido mucho éxito. Conforme me resulta más difícil convencer al otro con mis argumentos, más se acentúa en mí el estilo y jerga militante, la consigna, la proclama. Pierdo toda sutileza.
La Ola Verde es una lección importante del modo como muchas sub-redes sociales se aglutinaron en torno a la Ola Verde, hasta convencer a millones de que -como todos, más o menos, hablábamos de lo mismo y sentíamos un profundo desprecio por Santos- todo el mundo (por fuera de nuestras sub-redes) sentía más o menos lo mismo. Es una suerte de etnocentrismo en red. Pero evidentemente, el efecto espejo o el efecto de grupo hace perder de vista que por fuera hay millones que no hacen parte de nuestras tribus, de nuestras redes y de nuestros guiños compartidos. El trabajo democrático consiste, qué le vamos hacer, en salir de nuestras redes, que nos atrapan -como toda red- en nuestros cómodos y confortables espejismos. El trabajo democrático consiste en conseguir articular y pensar y decir y hacer creíble a otros, esos otros que no son la prolongación de nuestra media life (vida de clase media, vida inmersa en los medios, media vida), esos que no viven nuestro estilo de vida; convencer a otros — que no son una prolongación espejo de nosotros- de que podemos ser adultos, de que es importante trazar un mundo otro, y de que la democracia electoral no es democracia profunda pues la libre elección de los amos, como decía Marcuse, no nos hace menos esclavos. Pero ese “convencimiento” no pasa únicamente por una suerte de adoctrinamiento. Es importante que, de manera efectiva, la base material que hace posible nuestra confortable mirada de clase media, se extienda, y las condiciones de vida que hacen menos brutal la sobrevivencia cotidiana sume más gente. Por eso, la pelea por acentuar una redistribución real de la producción y la riqueza es clave; la pelea -aparentemente socialdemócrata y -en apariencia no radical- por calidad de vida creciente para los niños y por ingresos que garanticen salud, casa y educación de la mejor para los más jóvenes y las mujeres; la pelea por más impuestos a la gran industria e incentivos reales para la pequeña y mediana industria; la pelea por una redistribución real de la tierra, con condiciones efectivas para cultivo y comercialización de productos en que los subsidios no terminen acumulándose al final de la cadena productiva en las grandes cadenas de distribución y comercialización de alimentos; la pelea por mejores políticas de salud, vacunación contra el neumococo o para evitar el virus de papiloma humano en las niñas y jóvenes; la pelea por masificar el acceso a máquinas de computar y generalizar el uso de softwares y, de ser posible, aumentar el número de personas que saben programar; en fin, las peleas orientadas a elevar de manera rápida y generalizada el estándar de vida de la población colombiana no es una pelea menor ni desdeñable. Y son peleas que comprometen a personas de muy diversos orígenes, inclinaciones políticas, estratos sociales, credos y banderas. Son peleas en las que hay que sumar gente. Son asuntos de los que no nos ocupamos en las elucubraciones y pequeñas fantasías electorales que , como suele pasar, se desinflan, desaparecen, se convierten en sórdido o vocinglero resentimiento luego de elecciones. Alguien recuerda la ilusionada espuma de la Ola Verde…?
La política real está esperando, mientras los simulacros políticos lo copan todo. Hay que votar, creo yo, por la hepatitis C para librarnos después del SIDA, pero es necesario no perder de vista la evidencia más importante: 2 de cada 3 colombianos no votan. Muchos de esos colombianos que no votan experimentan condiciones de pobreza y exclusión real muy profundas y dramáticas. Alguno sabe cuántos colombianos viven en condición de desnutrición? Cuántas y qué porcentaje de personas, entre los trabajadores asalariados, tiene más de dos salarios mínimos? Cuánto tiempo y dinero invierte un ciudadano promedio, en Colombia, en transporte y qué significa e implicaciones tiene para nuestras ciudades, la expansión y generalización de la motocicleta respecto un transporte público que no es nada eficiente? Alguno de los programas de gobierno ha hecho alguna observación y pronunciamiento al respecto? Cuántos niños y jóvenes disponen de teléfono móvil y plan de datos entre los estratos 1, 2 y 3? Por qué no hay una política de acceso gratuito generalizado a internet en nuestras ciudades medianas y pequeñas? Por qué no hay infraestructura de distribución gratuita de internet en los barrios más precarizados de las ciudades? Hacer política real comienza enterándose de eso, por ejemplo, y desplegando -ya no sólo en las elecciones-, sino todo el tiempo deliberación pública en las redes sociales acerca de este tipo de asuntos.
Cali, 28 de mayo de 2014