2016: última lección de guerra

Cali, domingo, 13 de marzo de 2016

120 mil jóvenes presentan hoy las pruebas de estado para ingresar a la educación superior en Colombia, calendario B. De 4.3 millones de jóvenes en edad de estudiar en universidades e institutos de formación superior, 2.3 millones no lo están haciendo, y 200 mil desertarán.

Estoy aparcado junto al colegio INEM, una de las instituciones donde presentarán las pruebas algunos jóvenes de Cali. En este domingo soleado, la fila se extiende seis cuadras, a las 7 de la mañana. Se apiñan, mal contados, 600 jóvenes. Menos de 300 entrarán a la universidad. 150 irán a universidades públicas y 140 a instituciones privadas. Casi 30 desertarán.

Van alegrones y despreocupados, aunque algunos se comen las uñas. A una chiquilla regordeta, linda y embutida en unos yines ajustados azul celeste, falsamente raídos, 120 mil pesos el traje, no le basta con morderse los dedos. También se ensortija el pelo sobre la frente y verifica nerviosamente si en el bolsito carga el lápiz Mirado 2, sin duda el icono de las pruebas de estado.

El icono por excelencia de las pruebas de estado en Colombia

El muro del colegio reproduce obras de pintores contemporáneos y coloridas ilustraciones con motivos bienintencionados: ‘conserva el medio ambiente’, ‘no consumas drogas’, ‘no al maltrato animal’, ‘cuida la vida’. Lo siento, son clichés desleídos si los superpones a los titulares de prensa reciente: ‘Irregularidades con refrigerios y almuerzos escolares en la Costa llegan a los 12.745 millones’. ‘El cartel de los pañales caros. La Superintendencia de Industria y Comercio formuló pliego de cargos contra empresas por aumentar artificialmente los precios’. ‘Ganancias de bancos colombianos sumaron $9,05 billones a noviembre de 2015’. ‘La corrupción le cuesta al país 4% del PIB’. ‘Gobierno se compromete a destinar 1% del PIB para ciencia a 2018’. ‘Inversión en educación para 2015 supera los $32 billones, 5.7% del PIB’.

Hago cuentas y me enfurezco.

Fila de jóvenes y padres frente al colegio INEM de Cali. Domingo, 13 de marzo de 2016, 7 de la mañana. Por Julián González.

Entonces, mientras los veo desfilar frente al muro plagado de inocencias e inocentes ellos, pienso en Pink Floyd y su furioso Wall. La larga y paciente fila de educandos camino a la maquinaria calificadora, se presta.

La fila ha desaparecido a las 7:40 am. Las chicas y chicos están dentro, en sus sillas, listos para empezar las pruebas

We don’t need no education 
We don’t need no thought control 
No dark sarcasm in the classroom 
Teachers leave them kids alone 
Hey! Teacher! Leave them kids alone! 
All in all it’s just another brick in the wall. 
All in all you’re just another brick in the wall.

Me conmueve la escena. Algunos son tan jóvenes que van de la mano de sus padres, como asegurándose de que no se les escapen todavía, de que no se marchen tan pronto, de que no se apresuren. Es un complejo rito de paso, quizás uno de los más fascinantes en la larga historia de nuestra secularización incompleta como nación. Es la celebración solemne del porvenir educativo, de la promesa moderna por excelencia.

Sí, sí. Con educación escolar adecuada, esfuerzo propio y persistencia podrás ser mejor que tus antepasados, tendrás ingresos más jugosos y gozarás del reconocimiento social que yo no tuve, niñ@ mí@. La educación universitaria multiplicará por 5 tu salario. Es el motor más eficiente de movilidad social, el mecanismo que nos iguala y el dispositivo que destierra diferencias sociales.

Lo que no te puedo decir, niñ@ mí@, es que en Colombia y en buena parte del mundo la concentración de la riqueza ha alcanzado cotas indecentes, y mientras abajo las personas ascienden a pie y se resbalan, arriba usan turbohélices capaces de manducarse a millones de humildes. Y las capas medias no están a salvo tampoco.

Profesionales agremiados en la sociedad de médicos generales de Colombia denunciaron que el actual sistema de salud los ha reducido a la condición de atajadores de servicios para los pacientes y porteros de los médicos especialistas, estos sí bienpagos. Los médicos generales deben trabajar hasta 10 horas diarias y en distintas instituciones de salud para hacerse a mil dólares mensuales. Los especialistas devengan mejores ingresos, pero para ello debieron hacerse a uno de los pocos cupos de especialización clínica y trabajar al menos 48 horas semanales durante sus prolongadas residencias. De uno a dos años, deslomándose sin recibir un salario decente.

Gustavo Reyes Duque y Luis Carlos Ortiz Monsalve sostienen que en Colombia hay una creciente elitización de la formación médica especializada: “los cambios en el sistema de salud, las exigencias en la implementación de las condiciones de calidad exigidas por las normas, la falta de recursos para que las becas créditos sí respondan a los costos reales de formación, la presión porque las instituciones de educación superior sean autofinanciables, la presión en la generación de recursos alternos por parte de los hospitales los cuales están cobrando un porcentaje de la matricula para que los estudiantes realicen las prácticas, han hecho que los costos de formación vayan en aumento. Estos costos son trasladados a los estudiantes a través de las matrículas. Esta situación está generando que solo un grupo específico, privilegiado y con capacidad económica accedan a los programas de residencias. Está situación hace que las residencias médicas tengan un lucro cesante alto (los estudiantes se les exige dedicación exclusiva), unas inversiones de capital altas y una presión por recuperar dicha inversión una vez egresen del programa”. La conclusión es clara.

La fila avanza. A las 7:30 am estarán sentados en sus pupitres y a las 8:00 am empezará la prueba. Los chicos que irán a universidades privadas no se preocupan: allí sólo les exigen capacidad de pago. Pero el puntaje de las pruebas Saber sí decide el acceso de miles de jóvenes a las universidades e institutos públicos de formación tecnológica y técnica.

Y es claro que en esta larga fila de jóvenes caminan los del baile de los que sobran junto a los que heredarán un porvenir más o menos seguro debido a las influencias y las buenas relaciones. La meritocracia es una excepción en la ruta hacia un empleo justo. En la fila se codean los que ascenderán a pie y rodarán cuestabajo, con los que viajan en aerodeslizador o remolcados por motores fuera de borda.

Pero hoy, igualados por las Pruebas Saber Pro, marchan unos detrás de otros, aureolados por los sueños de porvenir.

Son la primera generación de jóvenes que en medio siglo se prueba en una Colombia a punto de terminar una de sus guerras. Y yo hago parte de las últimas generaciones que la hicieron. Mi tarjeta militar dice que el 31 de diciembre de 1996 dejé de ser reservista de primera línea del ejército; el 31 de diciembre de 2006 dejé de ser reservista de segunda línea del ejército; y el 31 de diciembre de 2016 dejaré de ser reservista de tercera línea del ejército.

Y este año viene a Colombia, la fabulosa Svetlana Alexiévich, que ha contado y sobrevivido a la carnicería de las burocracias soviéticas como nosotros sobrevivimos a la carnicería de las burocracias y corporaciones del capital.

I like por Svetlana Alexiévich
En pocos meses ya no seré apto para ir a la guerra

En fin, fabulosas sincronías.

… ¡Ah, y mi hija mayor, Catalina, cumplió este año la mayoría de edad, y es legalmente adulta !

Todo eso en 2016… Primeras pruebas de estado en las postrimerías del fin de una de nuestras guerras, me convertí en definitivamente no apto para ir a la guerra y he dejado de pertenecerle al ejército; Svetlana Alexievich nos visita y mi hija mayor adquiere cédula de ciudadanía.

Parpadeo y suspiro.

Quizás, sólo quizás, empezamos a dejar de ser otro maldito ladrillo en la pared; u otra bala más en la maquinaria de guerra.

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