Desde que tomé uso de conciencia de cuál era mi lugar en el mundo y qué era lo que quería hacer en la vida, no he dejado de repetirme que algo falla en el sistema educativo cuando lo único (o lo mayoritario) que al fin y al cabo se valora, no es más que la capacidad de memorizar.

El primer problema existente, en mi opinión, es el método de evaluación.

Un niño no debe guiar sus impulsos por tratar de rendir mejor académicamente, al igual que un niño no debe sentirse menos por el mero hecho de no poseer la misma capacidad de retener conocimientos que el resto.

Una de las soluciones para ello pasa por plantear un modelo educativo personalizado para cada componente de él, especialmente para el alumno, en el que se tenga en cuenta en primer lugar sus necesidades, y en segundo lugar sus aptitudes. Y no, no es nada utópico ni imposible, pero es difícil. No nos podemos excusar en decir que algo es difícil para no tratar de cambiarlo. De ser así, jamás habríamos llegado a la Luna, o jamás habríamos descubierto que no somos el centro del universo.

El siguiente problema que encuentro es la presión a la que se somete al alumno desde sus primeros estadios.

Estudiamos, en la mayoría de los casos, para “conseguir algo”: tener nota suficiente en selectividad para poder elegir la carrera que más nos gusta (o simplemente para poder tener opción de elegir), “aprobarlas todas” porque si no nuestros padres nos castigan, estudiar ahora porque no nos gusta pasar el verano entero volviendo a memorizarlo todo otra vez, para poder conseguir la beca, para poder acceder a un departamento universitario…

Cuando aparece esta presión por conseguir un objetivo, cuando el fin de la educación deja de ser aprender, y se convierte en un mero vehículo que permite sesgar muy injustamente entre los que están o no están preparados para algo, los alumnos llegamos a creerlo y dejamos de preocuparnos por reflexionar o procesar la información que estamos recibiendo.

Dejemos de introducir objetivos en la mente de los niños y dejemos que se guíen por ellos mismos, que se guíen por aquello a lo que quieren dedicar el resto de su vida y les apasiona.

Como decía Pablo Perez-Paetow en su charla titulada ‹‹Sin pensamiento critico no eres nadie››. “Si no trabajan por sus sueños, alguien los contratará para que trabajen por los suyos. Si no trabajamos por nuestro cambio, alguien vendrá y nos hará trabajar por el suyo”

Esto desemboca directamente en otro serio problema: nos preparan para cumplir esas metas.

¿Cuántos de los que se encuentran leyendo esto y han pasado por el proceso de selectividad no ha sentido alguna vez que estaba dejando de lado la verdadera motivación de la educación, que es aprender, por prepararse concienzudamente para dar la talla ante un modelo determinado de examen?

Como decía un profesor al que admiro, “En esta universidad no preparan a los médicos para ser médicos, los preparan para el examen del MIR”

Y muchas veces somos nosotros, los mismos alumnos, los que lo pedimos:

- Profesor, deja de hacer esa estupidez que haces de intentar que aprendamos por amor al conocimiento, y dedícate a prepararnos para selectividad, que si no accedo a la carrera que mis padres me han dicho que debo hacer, será tu culpa

Parece absurdo sí, pero no han sido pocas las veces que me he encontrado con una situación muy parecida.

Eso debe cambiar rotundamente. Definitivamente, no hay nada más maravilloso que aprender algo por el mero placer que produce hacerlo. Y eso es algo que el profesor o la profesora debe grabar a fuego en la mente de las próximas generaciones.

Y llegamos al último problema: la saturación de tareas

Hablando recientemente con unos amigos, a los que también admiro profundamente, caímos en la cuenta de que habíamos sido absorbidos por esa burbuja que llaman competencia y sacrificio y que nuestra capacidad crítica, de razonamiento, nuestra imaginación, nuestra ambición, y todo lo que nos movía más allá de la universidad, había quedado oculto, en un segundo plano, entre montañas de libros, apuntes, trabajos, exámenes y exposiciones.

Sencillamente no nos estaban dando tiempo siquiera para plantearnos las cosas que nos hacen realizarnos como personas.

Personalmente, y pese a que creo que la educación es uno de los pilares fundamentales de nuestro desarrollo como individuos, no creo que deba ser, ni siquiera remotamente, el eje central de la vida de una persona, o no al menos de su tiempo

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