El indumento prohibido

Annete en un ‘Annete Kellerman’.

Annete Kellerman nació el 6 de Julio de 1886 y murió a los 89 años en Australia. Por problemas en la salud de sus piernas, la pequeña Annete se vió obligada a comenzar a practicar natación. No hubiera imaginado que el agua se convertiría en el lugar donde debía estar, no solo porque de eso haría una carrera sino porque pocos años antes, las actividades acuáticas eran catalogadas como ‘inadecuadas’ para las mujeres. Sin embargo, Annete nadaba, bailaba — fue quien hizo nado ornamental por primera vez — y se sambuyía con naturalidad.

El hecho de encontrarse ante una nueva actividad para el género requería la contención dentro de un marco regulatorio o algo así como una asistencia civilizatoria. La necesidad de un rigor, en relación con las modalidades del mostrar, era verdaderamente poderosa y en tanto amenazadora para el orden público. ¿Qué se puede revelar y hasta dónde?

En las descripciones de los trajes, como también de las imágenes, la alusión habitual a pliegues, frunces y formas amplias anticipan el consumo abundante de textiles. Por eso, no deben sorprender los tres metros y medio o cuatro de género doble ancho indicados para la confección. En el año 1904, un artículo publicado en Femina, revista de moda parisina, proponía a las lectoras llevar a cabo el traje con cinco metros de tela. La condición asumida por el sistema de confección es más que una estrategia de mercado que promueva el consumo ostentoso; en su valor intrínseco, se convalida una estética de simulación que se opone al descubrimiento de los atributos femeninos. El formato de las prendas, al provocar la ilusión de aumento y conferir nuevos contornos, evitaba la sugestiva insinuación de la silueta, que debía estar consagrada a la visibilidad en lo privado, y actuaba como un regulador efectivo de la decencia, tendiendo a evitar el ridículo predestinado por la revelación de las zonas inconvenientes. Irónicamente, algunos de los materiales utilizados contradecían estos principios. Los géneros de lana, recomendados al principio, tenían la ventaja de no enfriarse tan pronto como los otros pero, al mojarse, además de volverse mucho más pesados, se adherían a la silueta y la transparentaban. Tratando de contrarrestar esta cualidad, se eligieron colores oscuros como negros, gamas de marrón, bordó y gris. Gradualmente se incorporaron la sarga y la franela, materiales menos livianos que no copiaban tanto los contornos. (Figuras femeninas en la mira. Cuerpos, vestidos, imágenes en las dos primeras décadas del siglo XX. Gisela P. Kaczan. Revista Mora. Num. 18)

Kellerman se hizo famosa no solo por su importancia en el mundo de la natación e icono en el ambiente deportivo, sino también por promover el derecho a las mujeres a que se les permitiese usar un traje de baño de una pieza, en oposición a la incomodidad del indumento reglamentado: unos pantalones por la rodilla con un vestido holgado con mangas por encima. En 1907, ya consagrada como nadadora, arrestaron a Annete bajo la acusación de indecencia en Massachusetts, Estados Unidos. Estar cómodo para meterse al agua era en el 1900 un acto de rebeldía, una intransigencia que la policía moral y no moral no pretendían a tolerar.

Se viene el verano. Los gimnasios ya están abarrotados, las dietas empezadas, los centros de estética con listas de espera. Pronto las revistas ‘para mujeres’ van a mostrar las colecciones primavera/verano: colores, estampados, texturas y formas nuevas. Las tendencias —aquella bonita palabra para justificar el refrito, la copia y el plagio— nos serán inoculadas. ¿Adónde te vas de vacaciones?¿A Pinamar, a Cariló o a San Bernardo?Cualquiera sea la respuesta, donde quiera que vayas, agradecele a Annete Kellerman que, por estúpido que parezca ese grano de arena en el desierto feminista, tal vez haya resignificado los valores de la decencia.

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