La piel y la denuncia

“No vas a poder doblar el brazo por diez días”, me dijo el tatuador mientras me envolvía con papel film el brazo izquierdo y siguió: “Por favor, cuidatelo mucho porque hay zonas donde no te voy a poder retocar”. Salí del estudio a la calle Hipólito Yrigoyen. Eran las 10 de la noche y pocas cuadras de caminata después ya estaba en mi casa. No hay nada como el dolor acalorado del tatuaje recién hecho. Se siente tirante. Afiebrado. Satisfecho. Me tomé un Diclofenac para poder dormir cómoda y evitar la fiebre. Al día siguiente me esperaba otro día de trabajo, imposible iba a ser mantener el brazo estirado.

Una semana después me reuní con La piel, la última novela de Juan Terranova, que acompañó incidentalmente la curación de mi tatuaje. Entre el ritual de crema para hidratar la piel lastimada y los viajes diarios en colectivo en hora pico, la lectura fue rápida y compañera. Al comienzo del libro podría haberme imaginado una versión del viejo Rodolfo Zalim, un despido y una indemnización que alcanza “para tirar”. Pero no. A diferencia de la historia que describe Jorge Asis en el Cuaderno del acostado (1988) la novela de Terranova narra a un hombre no antagónico sino distinto, menos enojado consigo mismo y más maleable, más joven en el sentido dérmico de la palabra.

Mientras tanto me picaba el brazo. Hacía un esfuerzo consciente por no rascarme y la mayoría de las veces fracasaba. Como me como las uñas es difícil rascar y sacar las cáscaras que se hacen con la cicatrización de la herida — porque sí, un tatuaje es una lastimadura deliberada, el depósito de pigmentos bajo la epidermis — . De todas formas, usaba la yema de los dedos para frotarme sobre la remera cuando sentía que estaba al límite de la desesperación. Cuando la picazón cedía, podía volver a pensar en otra cosa. Entonces volvía al libro, no sin antes hilar con ironía que estaba leyendo una novela que se llama La Piel, y que podría estar leyendo Hiroshima, también de Terranova, publicada en el 2010, época en la que aún no conocía las capacidades de sobreadaptación pictórica de nuestra piel.

En pocas páginas el protagonista de Terranova se define. Le gustan el sexo y la guita, y compartiendo ese lenguaje del dinero con el inglés Martin Amis, no tarda mucho en volver a trabajar, porque el trabajo le es tonificante. Esta vez se sumerge en las arrugas del universo de las cirugías para observar desde dónde y hasta dónde el ser humano es capaz de desafiar lo que por naturaleza se modifica sin permiso. “El tema de la belleza es un tema complejo”, reflexiona un miércoles. Pero no se refiere a la belleza de hoy, a la discutida hasta el hartazgo, la de Emily Ratajkowski o la de Scarlett Johansson. Se trata de la belleza y su relación de poder con el peso del tiempo. “Nuestro héroe” — por usar una expresión houellebecquiana — descifra sin dificultades que la cirugía es el ano contranatura que la piel como circunferencia es capaz de soportar, y los cirujanos — “¿…son los nuevos vampiros…?” — los confidentes de sus pacientes, los mejores amigos de la operación sobre el cuerpo y la insatisfacción. “Sábado. En un bar, desayunando solo, pienso que demandamos la crueldad como un éxtasis de consumo. Y también veneramos la explosión. Si no es cruel, nos aburre. Si no explota, nos aburre”.

Subrayé esas líneas y me quedé pensando en por qué me tatúo. Porque me gusta es una respuesta muy estúpida, pero es la única a la que le encuentro sentido. Tal vez algo de lógica. “¿Tienen significado tus tatuajes?” No. “¿Por qué te hiciste un barco? ¿Te gusta navegar?” No. “¿Sos vos la sirena?” No. “¿Qué dice ahí?” Nada, algo sobre la felicidad. Los tatuajes están aburridos de los lugares comunes. Los míos no son distintos. Me adelanto en la lectura y leo: “Todos confían en ser la excepción de algo. Pero no lo son”.

Entre Betty, Vieira y las exigencias del trabajo, el protagonista de Juan Terranova tiene tiempo para coger y una oferta que se lo permite. Cuenta cada una de las penetraciones. Le confiesa al lector las ganas de matar, de meterles cosas en el culo, los deseos de ver sufrir a cualquier mujer que le conceda su cuerpo momentáneo, y el lector — obligado voyeurista en estas aventuras — acerca la mano a las diversas formas, colores, aromas y texturas de lo único que tienen en común todas las mujeres: la monoprenda de piel. Mustias, tersas, oliváceas, flácidas, turgentes. Todas ellas caen en la misma trampa.

No me operé nunca. Tampoco creo que lo haga. Sí me seguiría tatuando. Porque soy como el porteño que: “Siempre quiere estar en otra parte”. Terminé de leer el libro. El tatuaje ya cicatrizó. No pica y está ahí para siempre. Si cierro los ojos y me concentro todavía puedo sentir el trance de dolor de mi última sesión. Seguramente habrá una próxima. Tal vez para tratar de arreglar la marca que me quedó por haber doblado el brazo.