Para llorar

Tienen gusto a miel sus genitales. Los lamo, despacio, apenas con la punta de la lengua que se endureció como una lanza. Ella abrió las piernas sola para hacerme lugar y sentir cómo mi cara se le estrella contra el sótano del torso. Está desnuda, toda desnuda y la penumbra le pega con arte, como si hubiera escapado de un óleo renacentista. Pulposa y redonda, se arquea, se contrae. Los pliegues del abdomen se mezclan con los de las sábanas. La luz es violeta y las pinceladas en la piel le estimulan los capilares. Le cambia la textura. Ella se mueve lento, por momentos no sabe si gritar o desarmarse en una respiración profunda. Yo levanto los ojos para espiarla viajar. Primero atravieso el manto del pubis, satinado y blanquecino. Podría después contarle las costillas, pero me invade y me excita la carne de sus tetas, tetas que se han deslizado hacia los costados, dejando el pecho limpio y despejado. Qué belleza de libro abierto, el tacto y el olor de la tinta. Siento que se arquea más cuando la lamo más fuerte y le meto un dedo primero, después otro, dos juntos. Gime, respira. Se aferra a las almohadas y va cerrando los puños para retorcerlas de placer, ese que se le hace tan difícil soportar. Yo sigo ahí abajo, y cada grito que pega me siento más en control, me infla el pecho de valor, me endurece la hombría. Sigue teniendo sabor a miel, una miel cada vez más blanda y patinosa. Sigo chupándola porque quiero que reviente y me pida que la bese en la boca para sentirse. Dame un beso, me va a decir. Quiero que le estalle la razón contra el techo, que se olvide que me odia y me resiente en lo profundo porque no la quiero. No sólo no la quiero sino que la odio, y por eso le doy más. Por eso la arrebato con la violencia de los golpes duros a las 9 am en una calle de tierra. La odio porque es libre y bella y porque se estremece con la lengua afilada de mis ganas, mi rencor, mis recreos. La odio porque me llama por mi nombre y sólo por mi nombre, porque lo pronuncia y lo decora con un punto final. Y sabe exactamente que esa sutileza me vuelve loco. Por eso quiero llevarla de la mano al extremo y ahí abandonarla, cúlmine, una vez más. Allí, en el punto suspensivo sexual, donde todo es una duda. Ella ya no implora ni se queja. Sabe que el odio es parte del trato y más que nadie conoce el abandono. Para llorar lo mejor es una bombacha blanca, me va a decir cuando me vaya. Chau, Mariano. Y se va a ir a enrollar al medio de su lecho doble, va a llorar sola un buen rato, silenciosa, hasta dormirse. Y por eso también la odio. Y la amo. Tal vez. No sé.

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