¿Y ahora qué?

El Ni una menos original fue un evento organizado hacia fines del mes de Marzo. En esa ocasión no era un hashtag sino un encuentro difundido a través de Facebook contra el feminicidio y la violencia de género, cuyo flyer de difusión era la foto de un basural con el texto sobreimpreso. Participaron mujeres del ámbito de la literatura y el periodismo: María Moreno, Selva Almada — autora de Chicas muertas, Random House/Sudamericana — , Gabriela Cabezón Cámara — coautora de Sobre Beya, Eterna Cadencia — , Agustina Paz Frontera, Hinde Pomeraniec, María Pía López, Marta Dillon, entre otras. La idea fue juntarse, leer, repudiar. Pero la convocatoria fue acotada a un breve reducto y con el apoyo de personas con mayor tracción en los flujos de las redes sociales, se decidió continuar.

Se dispuso una nueva fecha para manifestarse el día 3 de Junio, con un tiempo prudencial para hacer agenda y tocar influencias, instalar el hashtag — que muy distinto es a instalar un tema — y recibir el RSVP de rigor. Fotearse, cambiarse el nombre de usuario, sumarse. Hacer lobby, porque ninguna puntada se da sin hilo. Todo eso es más efectivo que detenerse a pensar o cuestionar. Por eso y por contagio, la convocatoria fue en crecida. Primero la adhesión se sostuvo dentro de los parámetros que la corrección política determinó de buen gusto y coherencia. Con pasar de los días y el vértigo ciudadano, personajes de la farándula — algunos considerados indeseables o, sin resquemores, feminicidas — también levantaron su cartel. Como para ponerle cotas al asunto, lo siguiente fue la difusión impotente de ciertos requisitos: “Para ir a Ni una menos hay que…”. El apoyo de políticos de todos los sectores completó el abanico de adhesiones y generó también una incomodidad. ¿Por qué quienes deberían legislar quieren subirse a la protesta? ¿En qué queda mi mensaje si los receptores juegan a hacerse los desentendidos? La idea de un reclamo hecho al vacío precipitó la aparición del hashtag “De la foto a la firma” con un texto que consta de 5 propuestas concretas. Todos firmaron foto mediante. Para que conste y se vea.

El tema se sostuvo en los medios — ¿o fue al revés? — , en los almuerzos de oficina, revistas online y en cada una de las plataformas posibles. Mientras tanto Jimena Barón se peleaba con Daniel Osvaldo y lo amenazaba con denunciarlo por violencia de género. Mirtha Legrand sentaba en su mesa a Laura Miller y le pregunta qué hacía ella para que le pegaran. Un anónimo desempolvaba un tweet de Malena Pichot del año 2010 y la escrachaba hasta acorralarla contra las cuerdas del mea culpa. El nivel discursivo repta: matar a mujeres está mal, pegarle a mujeres está mal. Nadie quiso quedarse afuera de la colectividad.

Por suerte, las redes sociales no son la realidad. Por desgracia, la realidad es un poco menos cómoda que sentarse a tipear con la calefacción puesta en la temperatura justa, que sacarse una foto, que compartir una nota. La realidad, de acuerdo al estricto plan educativo de determinados grupos proselitistas, es que en las próximas 31 horas, cuando baje al chino, a tomar el colectivo, a correr por la Plaza de los Dos Congresos, alguien puede matarme por el hecho de ser mujer. ¿Quién es ese alguien? ¿Es cualquiera? No, es un hombre. ¿Por qué habría de matarme? Porque sí y porque la pericia pedestre sabe con exactitud lo que pasa por la cabeza de una persona que va a asesinar: “La voy a matar porque es mujer”. Por el hecho de ser mujer, como si la portación de vagina fuera una performance — “como si cargásemos una granada entre las piernas”, escribió Yegua y Groncha — , y como si se supiera a ciencia cierta cómo funciona la psiquis de alguien dispuesto a provocar una muerte, a aniquilar una existencia. No cualquiera, únicamente de la femenina. Como si las mujeres recibieran así el castigo con los mismos parámetros que cualquier genocidio.

En Facebook alguien cita fuera de contexto al filósofo feminista Paul B. Preciado: “No creo en la violencia de género. Creo que el género mismo es la violencia, que las normas de masculinidad y feminidad, tal y como las conocemos, producen violencia. Si cambiáramos los modos de educación en la infancia, quizá modificaríamos lo que llamamos violencia de género”. Quien la citaba lo tildaba de fascista, sulfurado, con espanto. En Twitter Julián Elen humoriza: “…ningún debate se bastardea del todo sin una alusión al nazismo”. Es el lugar común, el happy ending de la rosca discursiva cuando ya no hay por dónde entrar. Este criterio de ordenamiento estricto de género al que hace mención Preciado — siempre binario, hombre y mujer, nunca múltiple — tiene como consecuencia una categorización que se leyó en textos periodísticos donde todos los hombres son uno y todas las mujeres son una. La nueva bestia de la corrección política nos dice que fuimos y somos todos: culpables, víctimas, cómplices, perpetuadores, depende de lo que se tenga entre las piernas. Enzo Maqueira publicaba en el gran diario argentino una nota en la que pide perdón por ser hombre, por ser parte del monstruo represor y asesino, como si él hubiera estrangulado, como si él hubiera violado y aniquilado. Un hombre arrepentido de crímenes que cometieron otros, doblegado a voluntad por la corrección política baja, en consecuencia, a muchos más que él al estrato criminal, al de la una forma social de castración. Semanas antes la escritora Gabriela Cabezón Cámara también publicaba una nota sentimentalista en la sección de ensayos de Revista Anfibia — creada en el año 2012 por la Universidad Nacional de San Martín — en la que se leen las desgracias de la aberración en relación a la aparición del cadáver de Daiana García. “Somos”, escribe Gabriela a repetición. Y se repite la historia. Esta vez desde la vereda de la victimización. Todas las mujeres son una Basura por igual o pueden serlo, a cada momento, cada 31 horas para ser exactos. Todos somos todo porque el efecto JeSuis no tolera diferencias.

Pero ¿qué sucede con los hombres que no se sienten responsables de un sistema de género que perpetúa aberraciones? ¿Qué clase de anomalía patológica presenta una mujer que se niega a que la incluyan en la potencial pila de bolsas de basura? ¿Qué anillo del infierno le asignó el Inadi a aquellos que prefieren no treparse al alambrado inclusivo del “nos”? Vivimos un año 2015 con mujeres que piden permiso y varones que piden perdón. “Pedir”, un error que persiste y que se distancia cada vez más de las bondades adultas del “hacer”.

Para cerrar la ola de lo que Michel Houellebecq describiría como “lamentaciones hipócritas, vagamente sospechosas por su unanimidad”, el martes 2 de Junio alrededor de las 22 horas, la Jefa de Estado hizo sus declaraciones vía Twitter. En vísperas de la movilización, CFK mencionó la convocatoria y escribió en grupos de a 140 caracteres su postura de rechazo a la cosificación, los rebautizados piropos y la violencia contra las mujeres, todo adjudicado a “una cultura devastadora de lo femenino”. En ningún momento recordó que la falta de voluntad política también devasta el derecho humano de poder abortar de manera legal dentro del territorio en el que preside. Tampoco reconoció en la marcha el tinte de reclamo, desarticuló en pocos minutos un hashtag que le podría haber reventado en la mano. Para cerrar su apoyo, compartió el ensayo de Cabezón Cámara, gesto que lejos de ser considerado un acto de cinismo político fue festejado en cierto reducto periodístico.

Cuando lo que tiene que funcionar bien funciona mal o no funciona la herramienta que queda a mano es la de la visibilización, ese grito despechado que suscita el descontento. Tiene lógica que, en la era del berrinche online y la denuncia del pleno ejercicio democrático, el colectivo ejerza con legitimidad su derecho al reclamo — algo que Carlos Godoy explica con precisión en Revista Paco — . Poner en evidencia, descubrir y develar funciona, en varios niveles, como un premio consuelo: inofensivo para un andamiaje político que se desentiende e insuficiente para quienes alzan el reclamo. Quedó demostrado que marchar es una expresión, un ejercicio de comunión, y es necesario no solo celebrarla como un cumpleaños sino saber leerla y abonarla para que el gesto devenga en medidas concretas que tengan resonancia empírica. Y eso no se sujeta solamente al desembolso de fondos públicos para terminar de reglamentar la Ley de Feminicidio — figura sobre la que no se discute porque ya fue sancionada, el valor de la vida de una mujer ya fue fijado — o la creación de un ministerio que contemple al género femenino como una minoría — porque sí, ese es el tratamiento no solo que reciben sino también la postura que toman muchos bloques militantes — . El cambio sociocultural es un flujo que no reconoce decretos ni reglamentaciones porque las realidades siempre se le adelantan a la estructura legal que intenta contenerlas. No hay marcha ni campaña que haga temblar el esqueleto del capital, el universo de los privilegios o que desestabilicen la innombrable lucha de clases. El temido patriarcado no va a morir de forma súbita ni va a abandonar sus valores de un día para el otro, pero es posible y queda demostrado que se va debilitando, década a década, en sutiles movimientos orgánicos de la mano de la conciencia y la ruptura del silencio que surgen en lo individual y se traspasan a lo colectivo. Dentro del próximo lustro el color del patriarcado será muy distinto.

A menos de una semana de Ni Una Menos prevalece la quietud. Las revistas online ya cambiaron de tema y los medios impresos se agotaron de venderle espacios. En las redes sociales se espera con distracción el próximo hashtag. ¿Cuál fue el espíritu de marchar al vacío? ¿Habrá sido simplemente un espacio para la catársis? ¿Cuál fue objeto de hacer un reclamo si los poderes representantes miran para otro lado y conforman a los manifestantes tiñendo las paredes de los edificios públicos de color violeta? ¿Cómo habrán vivido el 3/6 las familias de Ismael Sosa y Luciano Arruga? ¿Por qué nadie sabe quién es Germán Valori? ¿Quién se acordará de difundir que de 100 mil homicidios intencionados el 83% de las víctimas son hombres?

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