La Princesa Iraní
Aventuras en Japón.

Todas las fotografías que ilustran este relato son parte de las que tomé durante mi viaje a Japón.
Esta es una historia que necesito contar antes de olvidarme completamente de los detalles. Durante mi viaje a Japón en la primavera del 2008 hice una escala de tres días con dos noches a la ciudad de Kyoto. Ubicada a unas tres horas en Shinkansen (el famoso tren bala), desde la capital, se distingue por conservar sus a la perfección sus barrios y casas antiguos pues no sufrió de bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Eso le da una personalidad muy especial pues uno puede caminar en las mismas calles o incluso comer y beber en los mismos locales en los que lo caminaron, bebieron, comieron y hasta murieron, samurais y geishas famosos del siglo XIX o incluso de mucho antes. Si Tokyo es la modernidad y el futuro de Japón, entonces Kyoto simboliza la tradición y su rico pasado.
En Tokyo, la gran Capital del Este mucha gente comprende y habla al menos algo de inglés. Todas las calles y avenidas principales, monumentos históricos, sitios turísticos y hasta el metro tienen información en este idioma. Por otro lado, en la antigua Capital del Oeste apenas y hay rastros del alfabeto occidental y los locales no te entienden al menos de que converses con ellos en japonés. Esto dificulta mucho la estadía en la ciudad a gente que no lee ni habla nada de japonés como yo. Durante esos tres días que la visité me perdí frecuentemente. No me entendía con los locales ni con señas de las manos y la numeración de las calles no tenía ningún tipo de sentido para mí. A cada rato me salía en la estación incorrecta del metro o me equivocaba de ruta de tranvía. En una ocasión hasta llegué a salirme de la ciudad por completo, llegando a un pequeño pueblo en las afueras cuando en realidad quería llegar al centro.
Cuando estaba muy perdido mi única tabla de salvación era localizar a algún extranjero con pinta occidental y preguntarle la ruta correcta a mi destino o si la desconocía que al menos me pudiera encaminar a ella. No era el único que en aquella situación. Uno podía ver a otros occidentales de múltiples países que tampoco entendían el idioma local deambulando por diversas calles, algunos con mayor o menor cara de confusión, y siempre buscando un rostro más o menos familiar para poder dirigirse a él con la esperanza de poder guiarse de nueva cuenta. Cuando no había algún turista italiano, polaco, alemán o irlandés cerca casi con seguridad uno se iba a perder. Y con ellos cerca, también.
A pesar de que esa visita a Kyoto la conservo en mi memoria como un servidor vagando sin rumbo aparente y completamente perdido la mayoría del tiempo, la verdad es que no me privé de descubrir lugares increíbles, como el templo de Kiyomizu-Dera, o el Templo de las 10,000 puertas Torii (digno de otra gran historia que contar, próximamente). Y la verdad es que tampoco me importaba mucho perderme en la zona del centro, pues como ya se los mencioné antes, este tiene una gran personalidad y era bastante interesante descubrir los tesoros que ofrecía en cada esquina.

Recuerdo que al mencionar mi nacionalidad a los diferentes grupos de personas con las que me encontraba, raro era el que se sorprendía al saber que yo era mexicano. Casi todos habían conocido a algún otro o incluso a varios durante su visita al Japón. Incluso yo conocí demasiados. Jamás me imaginé que durante aquél viaje me toparía con compatriotas en todas las ciudades japonesas, en casi todos los monumentos e incluso caminando por las calles. Se los reconocía por sus playeras de la selección de futbol, o porque llevaban sombreros o una máscara de luchador, otras veces hablando fuerte por la calle pues permitía deducir por el acento su origen regio o chilango. Un viajero argentino me llegó a decir en broma que esperaba regresar pronto a su país para contarles a todos la sorpresa que se llevó de saber que Japón estaba lleno de japoneses… y de mexicanos. Conocí a gente muy interesante de Monterrey, D.F. y otras partes del interior del país que me dieron tips muy útiles para disfrutar más del viaje. Pero dentro de mí sentía que le quitaban cierta emoción y exoticidad a la experiencia. Aquella inundación de compatriotas fue producto del fortalecimiento temporal del peso por aquella época, mismo que se reventó pocos meses después, al inicio de la crisis de las hipotecas subprime. Un viaje similar al que realicé por aquel entonces cuesta más del doble en la actualidad. Incluso considerando la inflación negativa de la economía japonesa. Me pregunto si habrá tantos mexicanos en estos momentos en Japón.
Les menciono esto porque yo esperaba ser un viajero exótico para los japoneses y otros turistas. Imaginaba que les causaría sorpresa y curiosidad el conocer a una persona de un país tan lejano como el mío. Resultó al final que en Tokyo están muy acostumbrados a ver extranjeros y casi no les interesaba comunicarse con ellos. En Kyoto la barrera del idioma era casi infranqueable. Por lo que a pesar de mis expectativas durante aquel viaje las únicas personas que se emocionaron de conocer a un mexicano fueron la chica del aeropuerto que me entregó el boleto de avión para el regreso (y por razones que desconozco), y una familia tailandesa que me convidó de su cena típica en el hostal (comen mucho brócoli, o algo bastante parecido al brócoli).
Bueno, en realidad recuerdo a otro personaje que sí se sorprendió de conocer a un mexicano en Japón: una princesa iraní de verdad.
Era mi ultimo día en la ciudad de Kyoto, cómo ya les mencioné una escala bastante accidentada de mi viaje, y a pesar de que apenas tenía como dos horas y media antes de que partiera el tren de regreso a Tokyo, decidí aprovechar el poco tiempo que me quedaba para ir a visitar un conjunto de templos y un parque cercanos al hostal donde me hospedaba. Tendría una hora y media o ya muy al límite dos para caminar y conocer algo más de los alrededores antes de tener que regresar corriendo por mis maletas, para después volver a correr rumbo a la estación de trenes local, abordar el tren bala que me garantizaba regresar con luz de día a Tokyo y así poder pasear otro poquito más antes de hacer mis maletas para finalmente regresar a México al día siguiente.
Salí pues de hostal, esperando descubrir nuevamente más sorpresas y cosas interesantes a la vuelta de cada esquina.

Al llegar al parque y conjunto de templos me di cuenta de que su tamaño era engañoso, pues eran en realidad bastante más grandes y numerosos de lo que había considerado. No recuerdo de que día de la semana se trataba, tal vez un sábado, pues había una afluencia considerable alrededor sin llegar a ser una gran aglomeración al estilo de Tokyo. La tarde era muy agradable y la luz era perfecta. Comencé a tomar fotografías en el patio de uno de los templos, de sus enormes campanas, sus sacerdotes, los árboles y hojas que caían de los árboles, las erráticas formar que el humo de incienso tomaba mientras la gente daba fuertes palmadas frente a este para a continuación levantar una pequeña oración al cielo. Estaba concentrado cuando de repente sentí que alguien tocaba mi hombro con su dedo y al voltear me encontré con una joven mujer que se dirigió a mi utilizando el acento más refinado del idioma inglés que he escuchado hasta la fecha :
– “Excuse me, sir”.
– “Yes, ma’m”.
– “Could you please take me a picture with this temple as a background”.
– “ Yeah, Sure!”
No sé si lo he perdido, pero aquella época yo por mi parte tenía el acento en inglés más descuidado y relajado que se pueden imaginar, producto de vivir una breve temporada en Nueva York y hablar principalmente con jóvenes de mi edad quienes me enseñaron el slang y pronunciación “correctos” para no parecer demasiado formal en aquella ciudad que respiraba aventura y ganas de divertirse. Este acento hacía un fuerte contraste con el inglés británico de alta sociedad de aquella mujer, joven, delgada y de finos rasgos que estaba ataviada con una pañoleta (o hiyab), de fina seda alrededor de su cabeza, que denotaba su origen musulmán, pero que también dejaba ver su corte de cabello sin ningún problema. Años después me enteraría que el estilo y soltura con el que ella portaba esta pañoleta era el más moderno y liberal del mundo árabe, (y la verdad sí se veía coqueto), pareciendo más un accesorio de moda que hacía match con el resto de su conjunto, algo que no pueden ni soñar las mujeres en otros países musulmanes más restrictivos las cuáles cuando mucho deben conformarse con el estilo parco y triste de ceñírselo para no mostrar nada de su cabello . Tenía (y aún tengo), la fuerte impresión de que por su acento tan pulido y por la gracia de sus movimientos debía tratarse de alguien de la alta sociedad. Me gusta imaginar que era una princesa de verdad. No hacía falta preguntarle.
Les ahorraré el horror de leerme hablando en éste inglés tan irreverente mío, por lo que doblaré al español las conversaciones que se dieron entre nosotros.
– “¿Podrías tomarme otra foto, por favor?”
– “Sin problema. ¿Aquí o en aquella esquina para que resalte la gigantesca campana del templo?”
– “Oh, ¡que buena idea!, sí por favor, en la esquina [Ok, click!]. Y aprovechando tu bondad, puedes tomarme otra en el templo que está detrás? Es que no tuve antes la oportunidad [No hay problema, click!]. Muy amable, puedes tomarme otra estilo retrato? [Este… sí! claro, click!]. Y otra con mis manos en esta posición? [Click!] Excelente! Y que tal así? [Click!] Ahora vamos al templo que está cruzando la calle para tomar más fotos. [Mmm…].
– “Estás molesto conmigo, ¿verdad? Es que las fotos te han salido muy bien”
– “No, para nada, por cierto, ¿de dónde eres?”
– “De… Irán”.
A diferencia de los demás extranjeros que había conocido hasta el momento, los cuales no tenían ningún problema en decirme su nacionalidad (con más o menos muestra de orgullo), ella me revelaba la suya con reservas, e incluso me observó como esperando alguna reacción de mi parte. Al conocer su país de origen mi mente rápidamente fabricó una historia donde ella era la hija de algún ex-ministro del Shá, cuya familia tuvo que huir apresuradamente a Inglaterra durante la Revolución Islámica para salvar la vida, renunciando a una rica historia con todo y pretensiones monárquicas que se remontaba hasta los tiempos del imperio persa. Habría nacido en su nuevo país adoptivo siendo educada en las mejores escuelas británicas, destacado siempre como una excelente estudiante. Inteligente y moderna, estaría adaptada totalmente al mundo occidental, pero no habría dejado de ser educada en los valores de su familia. Conocedora de su historia perdida mantenía la esperanza de algún día regresar a Irán y volver a reclamar los derechos que le daban su linaje. Tal vez por ello fuera tan buena estudiante. Su objetivo en la vida era regresar y arreglar las cosas en su país pues quería regresarle un poco de su antigua gloria. O al menos eso me imaginé.
– “Wow, en serio? Pues eres la primer iraní que conozco en la vida, mucho gusto, mi nombre es Leo”.
— “Leo, un placer conocerte (ya sin reserva alguna y al parecer muy satisfecha por mi respuesta), mi nombre es [aquí va un nombre de origen iraní que no entendí y me dio vergüenza volverle a preguntar por temor a ser el típico extranjero etnocentrista que no entiende los nombres o las culturas de otros países, por lo que simplemente la llamaremos “la princesa”]. ¿ Y tú? ¿De dónde eres?
Me lanzó una mirada inquisitiva y nuevamente con reservas se adelantó a mi respuesta:
– ¿De América?
Como saben las relaciones EEUU-Irán no han sido nada fáciles desde la ya mencionada Revolución Islámica, y menos durante esa época convulsa de doble guerra en Irak y Afganistán, por lo que tenía algunos motivos para preocuparse de mi respuesta.
– “Cerca, de México!!”
Esto le sorprendió muchísimo y permitió romper más el hielo.
– “En serio! Nunca había conocido a alguien de tan lejos! De México! Pues un placer Leo de México! Y viajas solo? Yo sí viajo sola. Me quieres acompañar al siguiente templo? Ya eres mi fotógrafo oficial!!”
Como me hicieron mucha gracia su sorpresa y mi flamante nueva designación decidí acompañarla un rato, al fin que aún tenía (algo), de tiempo.
– “Jajaja, OK, vamos. Pero será apenas un rato, pues en realidad tengo el tiempo limitado, hoy mismo debo regresar a Tokyo”.
– “Oh, es una lástima, pero bueno, igual y te quedas no? [Este, de verdad no puedo]. No me gusta estar sola y podríamos conocer Kyoto juntos, y así me ayudas con las fotos. [Me gustaría, pero en serio me regreso hoy].
Cruzamos la calle y caminamos hacia un templo cuyo nombre tal vez llegué a conocer pero ahora olvidé, se ubicaba muy cerca, a tan solo un par de calles. Un templo que me sorprendió por su belleza y porque para nuestra gran sorpresa en ese lugar corría la procesión de una boda al estilo tradicional.

– “Mira Leo! Una boda japonesa! Qué hermoso!” (Me sorprendió y conmovió verla llevarse una mano al rostro algo emocionada).
– “Sí, lo es (comienzo a tomar fotografías, de nuevo con mi cámara), ¿Tú eres casada?.
Mi pregunta al parecer la causó gracia, porque rió un poco y simplemente me respondió:
– “No, y no espero hacerlo pronto”
Fuimos muy curiosos testigos de la procesión de los novios a la salida del templo. Los acompañaban detrás una sacerdotisa, la familia y los amigos de la pareja, todos muy solemnes. Muy diferente a lo que estamos acostumbrados, todos caminaban con un aire serio pero no exento de alegría. Adelante quien más sonreía era la novia, observé al novio sonreír un breve momento, aunque tal parece que la tradición le exigía también a él seriedad porque casi de inmediato alzaba la mirada mucha dignidad. Ninguno de ellos se preocupó de prestar atención al resto de turistas curiosos que se iban acumulando en cada vez mayor número. La pareja parecía estar a finales de la treintena de edad, no pude evitar imaginar una historia donde él habría sacrificado la mayor parte de su primera juventud y hasta el poder verla trabajando duro para así escalar puestos en el brutalmente demandante mundo corporativo japonés. Tenía que hacerlo para hacerse de recursos y así ofrecerle a su enamorada de la infancia una boda al estilo tradicional, el más hermoso en estas tierras, pero cada vez más raro, incluso en ésta zona del país. Seguir la tradición resultaba en una boda bastante cara sí, pero no había sacrificio pequeño o grande que hubiera podido evitar cumplir su sueño. En realidad, ella habría accedido felizmente a casarse con él en cualquier registro civil, pero tuvo el error de contarle sobre este sueño en épocas más inmaduras de su vida, cuando las apariencias ante la sociedad y no el amor verdadero tenían un mayor peso en su escala de valores. Ya nada de eso importaba más, porque al final lo habían conseguido, a pesar del tiempo requerido.
Finalmente los novios subieron a una limosina , y ya no recuerdo bien si la familia les aplaudió y nosotros también nos unimos a la celebración o si les lanzaron algo similar al arroz y nosotros aplaudimos. Lo que sí recuerdo es que la solemnidad dio paso a la alegría. Tal vez ahora se dirigirían todos a una suntuosa fiesta de celebración, vasta en alimentos y bebidas que no dejarían de correr en abundancia para todos los invitados.
–“Leo de México, a qué te dedicas, eres fotógrafo profesional?”
– Jajaja, No! Aunque no estaría mal, pero soy en realidad mercadólogo y trabajo en una farmacéutica. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
– “Estudio, en Inglaterra”. [De alguna manera, ya lo sabía].
– “Wow, algún día me gustaría conocer Inglaterra [Dos años después lo haría]. Por cierto, ¿me prestas tu cámara para tomarte las fotos que querías?”
– “Claro, solo espera un poco por favor. Quiero disfrutar y registrar este momento.”
– “Registrar, ¿cómo?”.
– “Por lo general cuando veo o realizo algo que me hace feliz, dedico un par de minutos para cerrar los ojos, relajarme y registrarlo en lo más profundo de mi memoria. Me concentro para recordar los sonidos, los colores, el sentimiento que me provoca. De esta manera podré recuperar este recuerdo cuando la necesite, como en algún momento donde me encuentre triste, sola, o simplemente para volver a ser feliz como ahora. Tu también deberías intentarlo”.
Quedé sorprendido por su sabiduría, sin duda se trataba de una persona muy espiritual y me quedé sin saber que decirle. Ella simplemente cerró los ojos y tras unos instantes los volvió a abrir, entonces le dije:
– “Registraste una muy bella boda”.
– “Así es, y también memoricé a un nuevo amigo mexicano”.
Volví a enmudecer, pues no esperaba esa respuesta. A pesar de que me intrigaba y gustaba hablar con ella el tiempo seguía corriendo y yo tenía que apresurarme. Le pedí la cámara y tomé unas cuántas fotos más de ella.
– “OK [Click!], con estas fotos tienes suficientes?”
– “No! Ahora vamos al interior del templo, por favor.”
Yo ya no dejaba de ver el reloj y estaba cada vez más nervioso, en el interior del templo simplemente caminamos un poco, casi sin hablar, hasta que dije:
– “Lo lamento, ha sido un gran placer pero ahora ya debo irme, debo tomar el tren de regreso a Tokyo”.
– “Oh, de verdad, tan pronto? Y si te quedas un rato más”.
– “No puedo.”
–“OK, si decides volver estaré en esta zona”.
Y así decidí despedirme y partir.
Empecé a caminar rumbo al hostal, pero recordé ya no me daría tiempo de comer nada hasta Tokyo a menos que la chica que empujaba el carrito de comida en el tren no se asustara de hablar con un “demonio occidental” (siempre me evitaban pues les avergonzaba no entender inglés), o me metiera rápido a un lugar que conocí la noche anterior, donde uno pagaba su alimento eligiendo un platillo por medio de fotografías en una máquina expendedora de boletos. Pagabas, te sentabas, entregabas el boleto a algún mesero y esperabas muy poco a que te llevaran la comida. El sistema es fantástico para los que tienen prisa porque al ser todo automático y con poca interacción con los meseros puedes llegar a entrar, comer e irte muy rápido siempre y cuando ya sepas que pedirle a la máquina expendedora. Decidí entonces dedicar 20 minutos de mi tiempo y pedir un delicioso plato de cerdo con curry picante y arroz que desde que lo había conocido moría por volver a probar (Katsu-kare, me parece). Conocía los kanjis para el platillo porque me los habían mostrado unos mexicanos que conocí allá, quienes también me enseñaron como pedir más agua (mizu, kudasai), y más té verde (oocha, kudasai). Con eso era más que suficiente para defenderme y tener una excelente experiencia gastronómica a un buen precio.
Me tardé 20 minutos cronometrados en comer, a un ritmo no apresurado, salí a la calle y en el primer semáforo escucho sorprendido una voz que yo conocía:
– “Leo de México, mi amigo, nos volvemos a encontrar!”.
Una vez más, la princesa. Se veía contenta de verme, tal vez pensaba que había regresado para buscarla, pero eso solo hizo más difícil el despedirme de nuevo de ella.
– “Sí! Nos volvemos a encontrar, pero ahora parto de regreso a mi hotel”
– “De verdad? ¡Pero quiero que me tomes más fotos! Por favor. Me agradas”.
Mi mente comenzó a bosquejar una solución para quedarme, pero no la hallaba porque al día siguiente salía temprano por la mañana mi vuelo rumbo a la Ciudad de México. Si perdía ese tren bala quien sabe a qué horas regresaría a Tokyo, a lo mejor ya no habría otro.
– “Lo siento, de verdad”.
Nos volvimos a despedir, y ahora sí tuve que correr para llegar al hostal, meter todas mis cosas en la maleta, hacer el check-out y de nuevo correr a la estación del tren donde me esperaba otro sprint hacia la terminal correcta. Tal vez tomar un tranvía hubiera sido más sencillo, pero ya no podía arriesgarme a perderme de nuevo. Logré subirme a tiempo pues apenas un minuto después, el tren arrancaba.
Ya sentando en mi lugar y con más calma, admiré el bello paisaje que me ofrecía la enorme ventana del tren. Me tocó ver el Monte Fuji en todo su esplendor. De haber podido tomar una fotografía sin cristal de por medio me habría quedado de postal. En la zona donde estaba no había ninguna otra persona. Tenía sed. Observé que la chica del carrito de comida se acercaba, tras meditarlo un poco le empecé a realizar señas con las manos las cuales ignoró completamente pasándome de largo. Me levanté tras ella, tomé una botella de agua del carrito y le mostré varios billetes de denominaciones varias para que tomara el que fuera el correcto. Creo que estaba muy apenada porque de inmediato tomó uno, no me dio cambió y volvió a empujar el carrito para alejarse rápidamente, muy lejos de ese demonio occidental, brusco y sin modales. De nuevo en mi asiento y con mi sed saciada puede meditar sobre la princesa. “¿Habré sido demasiado grosero con ella? Nos caímos muy bien, ¿Hice mal en no quedarme? ¿Qué hubiera pasado si nos encontramos un día antes? ¿O el día anterior a ese? Al menos le hubiera preguntado más sobre ella, su nombre, hubiéramos intercambiado emails. La verdad es que era un personaje fascinante, una verdadera princesa”.
Mi curiosidad sobre ella ha ido creciendo con el pasar del tiempo. Lamentablemente no existe forma de contactarla. Un par de semanas después de aquél encuentro, ya en casa, empecé a buscarla entre las miles de fotos que me traje de allá. Me sorprendió mucho no encontrarla, yo juraba que al menos una de las varias fotos que le tomé había sido con mi cámara. De vez en cuando me acuerdo de ella y me pregunto si seríamos amigos hoy en día de haber pasado más tiempo juntos. ¿Qué consejos me daría? No abandonan mi memoria el recuerdo de su calidez, amabilidad y la fuerte espiritualidad que emanaba de ella. Tal vez era algo más que una princesa. La gente que dice “encontrarse con ángeles en la Tierra” a veces cuenta historias similares. A lo mejor era uno y me quería dar un mensaje y yo no lo permití. No. Era una princesa. Y al menos aprendí de ella algo muy importante que he puesto en práctica muchas veces cuando quiero grabar para siempre un bello recuerdo en mi memoria. Con la técnica que me enseño puedo después revivirlo con gran detalle cuando lo necesite. Durante un instante, en ese tren, en ese asiento de un pasillo solitario, cerré los ojos y volví a registrar los colores, las sensaciones y los sonidos de aquél encuentro.
Funcionó bien, pues no la olvidé. Y si algún día llegara a olvidarla por enfermedad o algo más, espero que al menos ella siga existiendo en este relato que les he contado.