La furia de las bestias

Este nudo servirá para algo;

esta pasión inútil, este hurgar de rata

en la basura del mundo.

Este afán alucinado

en el que locamente te recreo

de pie o acostada, anhelando

el cuerpo de otro hombre.

Otras voces, otros ámbitos.

Tu cuerpo nocturno,

las tres sílabas

de tu nombre como

un eco infernal, Eurídice,

mi voluntad quebrantada,

mi caída.

No estamos en el campo

mirando cómo el benteveo

bebe en los charcos,

ni visitando las ruinas en Tesei,

ni refugiados en el éxtasis sombrío

de un plátano en la montaña;

vos y yo estamos solos

en el mundo

mirando de frente

a la estrella que

calienta la tierra.

Un andén o la laguna Estigia,

recorremos un paisaje mental

en el que hay heridos, mutilados,

y la náusea a cada paso.

Hundo mi cara en tu cuello

como quien entra en un agua

profunda y emerjo a la luz

de la mañana:

te llevo por un puente

hacia la salida.

La tradición indica que

no debo mirarte, y no lo haré

hasta que salgamos del infierno

que tracé para nosotros.

Cruzamos la última puerta,

hay un patio

y un corredor iluminado,

restos de una celebración

y una vaga atmósfera de pesadilla.

Franqueamos otra puerta

y estamos en el mar,

la arena en los pies

la brisa azulada, la

sombra de los pájaros.

No hay palabras,

apenas un gesto de

tus ojos basta para

sellar el pacto:

el amor prevalecerá

entre la furia de las bestias.