Una carta
Estimada A:
estuve pensando en el género epistolar, en la vieja tradición de escribir cartas — que alguna vez practiqué — y se me ocurrió empezar este intercambio preguntándome si ha cambiado nuestra percepción del tiempo. En mi infancia, mi abuela escribía cartas a sus amigas, a su familia, las guardaba en cajas, ordenadas, en paquetes muy prolijos. La memoria se archivaba, la narración también. La caja estaba guardada en un armario que había en el estudio de mi abuelo, una habitación con escritorio, un par de sillones y un ventiluz cerca del techo. Cada tanto yo abría la caja y leía algunas cartas; no recuerdo muchos detalles, salvo algunas palabras sobre la inundación del río Salsipuedes, que vi con mis propios ojos. Mi abuela, como cientos de miles de otras mujeres y hombres del mundo, escribía para contar lo que le pasaba o le había pasado. El teléfono, si bien extendido y hasta popular en aquella época, era demasiado caro para las distancias largas y las comunicaciones no siempre eran satisfactorias. La carta, en cambio, suponía un trabajo más ordenado y paciente con el tiempo y la lengua. Escribir una carta llevaba tiempo, leerla también. Y en el medio de los dos lectores había una brecha de tiempo. Los escritores de cartas tenían una relación muy distinta de la que tenemos nosotros con el tiempo. Estaban entrenados en la espera. Por eso, creo, recibir una carta (una o varias hojas de papel grabadas con una caligrafía irrepetible) era una celebración. Por eso, también, muchas personas conservaban sus cartas. En alguna parte leí que, en el siglo XIX, la plaza era un lugar de contemplación y descanso, no meramente un lugar que permitía unir en diagonal, es decir más rápido, una esquina con otra. Las cartas conservan esa misma temporalidad contemplativa, como si el acto de leerlas estableciera por sí mismo un ritmo distinto, una nueva temporalidad. Ya sabemos que la lectura produce este efecto, pero la carta nos tiene como lectores únicos; de ahí, creo, viene su fuerza y encanto.
Todo esto para admitir que, si bien no soy nostálgico, añoro en parte la experiencia del tiempo pre tecnológico. Esta carta es la excusa para empezar un diálogo, espero que duradero, sobre nuestras percepciones y recuerdos de esos tiempos tan distintos a nuestro presente inmediato.
Los maestros del zen dicen: una palabra vale más que un millón de palabras. Pero debe ser la palabra correcta, es decir, la palabra que transmita, con fuerza y belleza, la enseñanza. ¿Cómo sería escribir una carta hecha de una sola y luminosa palabra? Vivimos en el tiempo y, sin embargo, no podemos definirlo. Para nuestra felicidad, la vigilia se interrumpe todos los días con el sueño (esa otra escritura del ser) y nos permite despertar cada día a un tiempo nuevo. Aquí y ahora, cuando escribo estas palabras, empieza a oscurecer y el invierno parece haberse traspapelado en el sueño de algún dios ebrio o travieso, que sopla ráfagas cálidas a través de mi ventana.
Espero que sea hasta pronto.
Un abrazo,
G.
