15 Habitaciones de Hotel


Llegué mucho antes de lo acordado, se que esta será la última vez. Quería estar un rato aquí, a solas, pensando en el momento en que llegarás y como reaccionarás a mis palabras. No será fácil.

-Voy a dejarte- llevo ensayando esta frase toda la maña y aún no encuentro el tono adecuado para decirla.

Siento nostalgia, esa nostalgia que siente un extranjero cuando mira una foto de un lugar lejano, perteneciente a su patria. Esta habitación es parte de mi patria, nuestra patria, una nación de dos habitantes.

La habitación 1624 del Astoria es nuestra primer habitación, llegamos aquí aquel día lluvioso, acabábamos de conocernos, tomamos un par de tragos en el bar y llegamos a esta habitación poco antes de las ocho. Me desvestias desde el pasillo y terminamos lo antes posible en la habitación. Fue un desenfrenado encuentro aquél.

Ese día pensé qué jamas repetiriamos aquel momento. Me equivoqué.

Fue en ese Hotel de los Cabos, nuestro segundo encuentro fortuito, por llamarlo así, yo asistía a un Congreso de la editorial, tú ya estabas registrada y aún no tengo claro que motivo te llevó allá. Esa noche fue la villa privada que alquilé y aquél camastro de la playa que tuvimos que pagar.

Después de eso no nos detuvimos, visitamos un cuartucho en Montmartre, terriblemente maltrecho aunque con una gran vista a la torre. En contraparte se podría decir que aquella habitación antigua de Viena fue verdaderamente un deleite en todo sentido, la primera vez que hemos desayunado juntos.

Después de eso recuerdo un par de veces en Londres en Claridge’s, no fueron memorables, excepto por aquél paseo en Piccadilly Circus cuándo desapareciste sin mayor reparo.

No fue hasta Palermo que nos vimos de nuevo, llegaste ahí por razones que no recuerdo, yo era embajador de la editorial en aquél entonces. Compartimos una habitación junto al mar, comenzamos con caricias la tarde de un sábado y desperté sólo la mañana de un lunes. No puedo culparte de eso, al menos no después de encontrarnos en Roma a mitades de Marzo de aquél año. Fue en un hotel pequeño escondido entre las callejuelas la habitación era bastante modesta, ¿Cómo hiciste para descubrir mi habitación? ó ¿de qué manera lograste que te dieran la llave? son preguntas que jamás me moleste en hacerme, mucho menos en reclamarte. Sinceramente disfrutaba tu compañía, aunque fugaz cómo siempre, era algo único nuestra manera de hallarnos. Compartir encuentros tan abrasivos era de cierta forma un vicio y un pasatiempo que se me fue creando y no puedo negar que lo disfruté hasta que dormimos en Málaga.

Te había hablado muchas veces de mis ganas de conocer aquélla playa, dónde mi bisabuelo nació, llegué en pleno verano, no cheque ninguna habitación, camine directo a la playa, sonriendo a cada paso. El calor era intenso, pero una leve brisa refrescaba lo suficiente cómo para disfrutar cada momento de aquel paisaje. Entré en aquél barcillo de la playa y ya estabas ahí, pensé inmediatamente en el destino.

Me aterre de pensar que algún día no coincidiría contigo en ningún lugar, no pude soportar tal idea y después de registrarnos y emprender aquél umbral que ya figuraba como una costumbre entre nosotros terminé por rendirme a mis temores.

-El próximo año lo tomaré sabático, recorrere el oriente y no pienso ir si no consigo llevarte conmigo- cada que recuerdo aquellas palabras no puedo evitar sonrojarme y sentir pena por mí mismo, eran tan infantil en aquel entonces.

En contra de cualquier pronóstico de respuesta liberal que esperaba de tú parte aceptaste, note un breve silencio entre ambos antes de que aceptaras, esa debió haber sido mi primer señal de alerta.

Empezamos nuestro año en Túnez, en un hotel de grandes ventanas y habitaciones tan blancas que quedaron grabadas en mí, cómo la nieve qué cae en Times Square. Fue sin duda la habitación en la que más disfruté tú compañía, ocupamos cada mañana en examinar a fondo nuestras capacidades corporales, explorando cada sentido, cada impulso eléctrico, cada centímetro de nuestros cuerpos envueltos entré aquellas sabanas de algodón persa. Instante mágico, pensé mientras te acariciaba la espalda una vez que te habías quedado dormida.

Tomamos un avión con destino a Nueva Delhi, desde que dejamos Túnez noté en ti una frialdad atípica pero qué ya sentía cotidianamente, cómo si se hubiese gestado desde aquel silencio en la habitación de Malaga.

Te tomé de la mano desde que descendimos del avión y hasta la salida del aeropuerto de Nueva Delhi, más de una vez me preguntaste por el nombre del hotel y con cada pregunta mis nervios y mi temor crecían. Ya he olvidado el nombre de aquel hotel.

Tomamos un transporte que no pude identificar por llevar tantas personas, no pude definir si se trataba de un camión o de un tranvía, era una enorme masa amorfa de la cual sobresalían brazos y cabezas, semejando a algún Dios de aquella tierra. Fue ahí donde te perdí, en aquel mar de gente desapareciste, cómo si te hubiese devorado en un ritual que tenía el objetivo de lograr mi infelicidad.

Llegué al hotel y esperé diez días con la esperanza de verte esperando por mí en la recepción, al noveno día mi esperanza aún se encontraba intacta.

Tomé un vuelo a Stalingrado esperando curar mí maltrecha esperanza al cobijo del invierno ruso. Me ahogue en vodka, cigarros de baja calidad, arenque y caviar hasta que me sentí de ánimos para continuar.

Así tomé un vuelo a Frankfurt y ahí fue para mi sorpresa encontrarte en mi habitación lista y ansiosa dentro de la cama, caí en tus brazos como un niño esperando curarse la soledad de brazos de un amor maternal. Terminamos agotados y yo sentí un vacío que jamás se curó.

Tenías una labor sindicalista en Perú es todo lo que recuerdo de aquella excusa que nos hizo viajar hasta aquél paraíso sudamericano que de haber ido en otras circunstancias habría amado, pero este vacío que se gestó dentro de mí no me dejó disfrutar de la vista y tú cuerpo comenzaba a ser tedioso.

Volamos a México esperando que aquel viaje resultará unas vacaciones revitalizantes para ambos, el Hotel Carlota nos acogió durante dos semanas, de las cuáles sólo te miraba en las noches cuándo cenabamos y posteriormente en la cama mientras saciabas tus deseos conmigo. De repente me sentía un simple infante que buscaba complacer los caprichos de una adolecente esperando obtener la recompensa de sus labios posandose sobre los míos.

Ocupaba las mañanas de aquellos días en pasearme por las calles del centro, acabé tan familiarizado que en mis habituales paseos saludaba a un centenar de personas y conversaba con una docena al menos.

Regresamos a Nueva York y desapareciate por una temporada, llegamos a vernos cómo desconocidos una o dos veces al toparnos de frente en la calle. Finalmente aceptaste este encuentro aquí, en la habitación que inició este recorrido y que me ha llevado a pensar en confesarte que me he enamorado.

No sé si entenderás a qué me refiero por supuesto, jamás te has sentido así o por lo.menos es lo que siempre me decías y yo nunca me enamoré de ti. Pensé que lo había hecho en Málaga, que había aceptado un amor secreto entre ambos, pero estaba equivocado, no fue más que una demostración a mi temor de estar sólo.

Pero la soledad tiene sus ventajas, nos da un panorama distinto y fue por ello que me enamoré, de aquella chica sentada en una banca de Central Park, justo en el sendero que da a las oficinas de la editorial.

Fue en mis repetidos escapes de café y cigarrillo que la encontré y ella me encontró a mí.

Debés estar a punto de llegar, en este momento estarás entregando tú abrigo en la recepción y subiendo en el elevador hasta nuestro piso, quiero contarte lo que pasará y contarte de ella y de lo que ya no será entre nosotros.

Oigo abrirse la puerta.