Un largo camino hasta el adiós.

Si debo confesar algo es mi incapacidad para lidiar con las despedidas. Difícilmente se reaccionar ó lidiar con situaciones así y no es porqué sienta un profundo dolor o me enclaustre el llanto, es (de hecho) todo lo contrario.

Existe una singularidad en el adiós, para mi siempre representa la antesala de un reencuentro (aunque este nunca llegará, por lo menos no de momento) que se espera con ansias pero al mismo tiempo cierto recelo.

Con cada despedida la rutina que conlleva se me hace más llevadera y poco a poco más difícil aceptarla como lo que es, un aparente momento de dolor profundo. Pero no es que me guarde para mi los sentimientos, los expreso ciertamente, pero no puedo evitar analizar todo lo que pasa, simplemente no unirme al mar de sollozos.

A lo lejos escucho el llanto desconsolado, los murmullos y los silencios incómodos que rodean a personas que en otras circunstancias no sería posible reunir en la misma sala. Miradas desconocidas para mi me recorren de arriba a bajo buscando al infante que una vez vieron para encontrar las palabras adecuadas para dirigirse, al único que aparentemente no se ha quebrado.

El aire como siempre es solemne, yo hago reír a quien puedo de la manera que me sea posible, no es una falta de respeto (su tristeza para mí, si lo es) yo sólo soy como siempre he sido y como a ella le gustaba que fuera.

Con respecto a lo anterior (al reencuentro disfrazado de adiós) me parece increíble ver tantas caras que han cambiado, tantas ideologías que se han perdido y tantas almas que se han vendido. Ninguno necesita dar explicaciones (yo no las escucharía) pero me sorprende que a pesar de todo estén aquí.

“Siempre hay flores blancas en los funerales”

Finalmente el silencio me envuelve, ya no hay ruido y ha cesado cualquier murmullo, la noche, el consuelo los cubren a todos pero no a mí. Yo ya no estoy triste, pero si melancólico, deseoso de aquel mencionado reencuentro al final de este largo camino que llamamos “El Adiós” ansioso de recibir un abrazo cálido de aquellos dos, que me amaron tanto como los amo yo.

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