Deportivos y Robots
Mi experiencia al tomar conciencia del mundo de las marcas fue un poco traumática, así como mis ansias de querer tener juguetes que mis padres no tenían planeado — o no podían — permitirse. Eh! Superado fue claro, incluso diría inmediatamente después de esta historia… hoy día para mí una marca vale tanto como una mirada de esas furtivas a alguna preciosidad en la calle del tipo que vas a querer seguro que sea tu cariñosa esposa, para siempre… una ironía que tan a menudo ellas sean un valor tan ilusorio… Pero la historia es otra.
Todo comenzó cuando ese mi coleguita guai llevó en aquellos primeros días de mi 3er grado, unas zapatillas adidas con las tres barras inclinadas azules. Mi madre, semanas antes o después, no lo recuerdo, me había llevado a una zapatería y yo por algún motivo ya conocía y sentí mi primera “llamada” a desearlas… (¿quizás ligado ésto con aquello de la cultura de masas, los mensajes que recibes sin pensarlo siquiera, esos que instalan en tu mente ese deseo superlativo por algo material?¿Será?).
El caso es que mi madre, santa sea por ello, me compró una marca venezolana que elaboraba zapatillas muy parecidas, aunque mucho menos aerodinámicas, y para mi en la primaria ese detalle representaba la vida misma… Pero no podía hacer nada claro, acepté mi suerte y cada día al ir al colegio sentía llegar al patíbulo para cumplir mi fatal condena: ver que mi compinche era quien llevaba las “originales”.

Un tiempo más tarde fui con mi madre a un mercado popular muy tradicional de la ciudad de Caracas, “el Guaicapuro”, donde aún niño conocí los “puestos” con millares de model0s, marcas y tallas de aquellas zapatillas de marca que ya inundaban mi memoria y yo consideraba como muy importantes… adidas, nike, reebok…las primeras en aquella etapa de albor.
Ese día pude hacer coincidir mi modelo y marca preferida con el verde, y les amé profundamente…en el colegio sentía correr mejor, saltar más alto… creo que me sentía a la altura de mi colega (¿egocentrismo infantil? ¿narcisismo temprano?), hasta que éste mismo viajó con su familia de vacaciones a la Isla de Margarita y volvió el siguiente día de clases con aquellas “nike” azul marino de franja blanca… quién sabe qué pasó o cómo me habré sentido por aquellos días, en verdad poco importa porque sí que comía, bebía y dormía bajo un techo… pero por supuesto éste delirio por calzar o vestir marcas fue evolucionando con el pasar de los años y, vuelvo a repetir, santa mi madre que en la medida de sus posibilidades y en muchísimas ocasiones atraía hacia la realidad mis deseos…
En otro momento durante mi segunda infancia sí fue cuando cometí aquel mi primer delito infantil “grave”, por no soportar no tener en mis manos aquellos robots que había visto en un bazar, recuerdo, chino…
Sobre un mueble de la cocina mi padre había dejado a mi madre unos 6 billetes equivalentes en su tiempo a una compra de supermercado talla “L”. Yo, no sé cómo ni por qué, cogí dos de esos billetes y me lancé a por los robots… Y no sólo compré uno para mí, sino que también mi amiguito el que me acompañó recibió el suyo. Luego volví a casa, y me di cuenta que mi hermanito aún bebé no tenía el suyo…y fui a comprar otro para el también!

Horas más tarde mi santa madre me preguntaba claro por la procedencia de aquellos robots que ella no nos había comprado ni a mi hermanito ni a mi, y aquí vino lo mejor (a efectos de la historia, pero fue malísimo)… me inventé y dije a mi madre que un “señor” nos había regalado esos extraordinarios juguetes “primero a mi amigo y luego a mí” -la decía creyendo infantilmente desviar su atención- “y luego cuando volví a casa vi que mi hermanito también quería uno”. Así, el niño le explicaba a la madre porqué había vuelto a salir si ya no era hora: “para alcanzar al señor y pedirle otro robot” (ya me daba cuenta de mi segundo delito: haber vuelto a salir).
En este punto mi mamá claro estaba asustada, me imagino más porque no se tratase de un sádico violador de niños, pero al instante ya se notó la falta de aquellos billetes y tras un interrogatorio feroz, en el cual participó recuerdo el “paco” malo que yo consideraba era mi hermano mayor, y me hicieron confesar…
El castigo impuesto recuerdo fue proclamado por escrito sobre aquella tele de 13 pulgadas a color donde yo solía disfrutar de las “comiquitas” de la tarde así como de todo el resto de programación. Muchísimo tiempo transcurrió hasta que pude volver a ver la tv, un castigo que a los 8 años me parecía implacable e insoportable… año más tarde entendí que era el único castigo posible antes de matarme por tan insensata decisión aún siendo apenas un niño, nadie puede desear tanto algo material como para quitarse el pan de la boca…
