«Philoteknie»

Cuando dije que quería estudiar medicina, me contestaron que era una carrera de vocación. Tardé en entenderlo.


De chica dije que iba a ser científica del espacio. Ésa fue la primera de una alocada lista de interesantes profesiones que recité desde que era un ñomo de 6 años hasta que crecí con suerte unos 10 cm más y di el veto final, en mi cuarto año de secundaria.

Mi primer acercamiento a esta decisión fue cuando tenía que visitar periódicamente a mi traumatóloga especialista en columna. (Sí, aparte de ser una persona complicada tengo una columna aburrida que decidió torcerse en escoliosis). Esta doctora tenía un consultorio de ensueño ubicado en un edifico en zona norte, donde la blancura cegaba al visitante y le hacía creer que era un personaje de una película futurista. Todo emanaba a gritos la pulcritud propia de los cirujanos que allí atendían. Y como si fuese poco, su profesionalismo en la consulta se revelaba con la calidad de la atención. Me enamoré perdidamente, quería ser especialista en columna.

Cuando le comenté a mis cercanos mi deseo, me advirtieron que era una cuestión de vocación. La verdad es que me pasó casi inadvertida esta apreciación, aunque hoy en día la considero complemente acertada.

Pero estaba en primer año de secundaria y maldición o virtud, tengo la cualidad de que me encanta todo lo que aprendo. Entonces me gustaron muchas nuevas cosas y por algún tiempo estuve decidida a ser veterinaria.

Para mí, elegir qué iba a seguir después del secundario era casi una obsesión. Habré leído miles de planes de estudio y cuando entendí que veterinaria era una carrera casi de la misma duración que medicina, mi panorama se esclareció.

«Las personas son más importantes que los animales.»

Ahí fue cuando inconscientemente empecé a abrazar la «philantropie» (filantropía) que propuso Hipócrates. Descubrí el significado de la famosa dignidad humana, del valor único que cada uno de nosotros tiene por el simple hecho de ser.

Pero este descubrimiento abrió el camino a un nuevo valor que desconocía y que hoy en día me emociona mucho.

“Donde hay amor al hombre en cuanto hombre, (“philantropie”), hay también amor al arte de curar (“philoteknie”).» Hipócrates

Quizás sea el momento adecuado para aclarar que apenas tengo 18 años y apenas halla echado un leve vistazo de lo que implica ser médico. Aún así, estoy convencida que es una de las labores más hermosas que hay y que requiere de esa vocación que tardé en comprender.

Me siento segura diciendo que la vocación de médico radica en el deseo de ejercer el arte de curar, en el deseo de defender la vida y obrar para el bien de otros.

Por último, quiero decir que el secreto para ser un buen profesional se esconde también en la búsqueda de convertirse en la mejor versión de una misma.

Nunca hay que desear que las cosas sean más fáciles, sino que hay que esforzarse para ganar mayor destreza para salir adelante.
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