Pocas veces lo he visto como hoy, ansioso de estar y angustiado por no estar en otro lugar al mismo tiempo, enojado por ver a sus hijos y triste por no poderla mirar; olía delicioso y a pesar del tiempo es un detalle que siempre ha de cuidar. Era de madrugada y su aspecto era pulcro e impecable, su voz grave y golpeada, que no dice nada más que un par de ofensas que en acto seguido intentará disculpar con una ligera sonrisa. Después de varias canciones, escuchamos juntos “El señor de las canas” y parecía que hablaba de él, su mirada lucía distante y engreída, casi como siempre, aunque la edad está haciendo estragos en él y cada día se nota más que el dinero no ha podido comprar ni un segundo la felicidad que sentía cuando la miraba a ella. Debe extrañarla, después de 30 años, cualquier realidad debe ser frustrante y dolorosa, por mucho rencor que se haya quedado.
Y la extraña, extraña a quien fue su “amor imposible” y que 30 años fue posible. La extraña al caminar por alguna calle de la ciudad que los vio crecer o por algún rincón del pueblo en que nacieron.
Los dos sabían que un día la historia terminaría, pero jamás imaginaron convertirse en dos desconocidos. Para él es motivo de rencor, pero sus ojos se ven cada vez más tristes y menos enojados, mientras ella sigue pensando en “El señor de las canas” todos las mañanas al tomar su taza de café.
Email me when Pholett Domínguez publishes or recommends stories