Poe, guionista del terror clase B

Veo a Poe sentado en la mesa del fondo de un barcito del bulevar Wilshire, garabateando algunas ideas en la servilleta. El ambiente en penumbras, el olor a papas fritas y ceniceros sin lavar aturdiéndole el olfato. Lo veo como es él desde que le da a la botella: desmelenado y melancólico, absorto. El mal vino que toma le retinta la comisura de los labios, le deja a la miseria la solapa del saco de tweed. Y en todo momento, Corman, sentado frente a él, parloteando sin calma, largando frases a chorros como si se hubiera bajado diez gramos de merca con el desayuno. Corman le habla de una película, dos, tres, tal vez más, si todo resulta bien, algo con oscuridades bien administradas, efectos de imagen y sonido soberbios, ya tengo a los especialistas, actores de puta madre, como Vincent Price, ¿te suena? Y una morocha que está para hincarle el diente, Myrna Fahey, Miss no se qué provincia, feroz mujer. Yo creo que podemos largar con algo potente, algo que haga mecer los cimientos del terror, y qué mejor que La caída de la casa Usher, tremenda historia, ¿eh? La epítome de los cimientos remecidos, toda una alegoría… Veo a Poe levantar la vista y toparse con un Corman frenético. Veo clavarle la mirada en el entrecejo, con el dejo de quien suplica pero se resigna a lo que toque, que no es un «Et tu, Brute», pero como si lo fuera. Veo a Poe mudo, suspendido en el silencio.

Imagino que así habría sido el inicio de la carrera de Edgar Allan Poe como guionista de Hollywood, si hubiera vivido en Los Ángeles y en los 60 del siglo XX. Una imagen bukowskiana de Poe que nunca fue verdad, no totalmente. Poe sí acabaría siendo el guionista involuntario de varios directores de cine, empezando por Roger Corman, que en 1960 lanzó al cine La caída de la casa Usher y siguió hasta 1964 con otras revisitas a sus cuentos. De ese período son El cuervo, El pozo y el péndulo, La obsesión —basada en El entierro prematuro—, Cuentos de terror —que incluía tres historias: Morella, El gato negro y La verdad sobre el caso del Sr. Valdemar—, La máscara de la Muerte Roja y La tumba de Ligeia. Todas películas clase B: de bajo presupuesto; malos efectos especiales —aunque nunca tan malos como los de las películas de Ed Wood—; todas protagonizadas por Vincent Price y otros actores que iban cuesta abajo, o que nunca irían cuesta arriba, o que mantendrían la misma línea —si acaso, apenas por sobre la mediocridad— hasta el final; todas con bellezas pin-up de escotes incitantes y caderas encorcetadas; mucha levita, mucha manga con encaje, terciopelos, brocados, velas y telarañas al por mayor. Las vi todas, las leí todas.

Hoy, causan risa, dan pena, engrosan en algún anaquel el culto a los objetos kisch; pero no es comprensible la evolución del terror que acecha en la pantalla grande sin esas películas de opereta, mitad blanco y negro, mitad coloreadas para televisión; ni podría entenderse ese mundo que nos aterra, sólo y maravillosamente compuesto de letras, sin olfatear un poco de los miasmas de la «vieja literatura». ¿Se puede disfrutar del arte de hoy —el cine, los libros— sin conocer el de ayer? Por supuesto, pero no está de más echar una mirada al pasado, averiguar a qué le temían otras generaciones, cuán inocentes eran y cuánto de esa inocencia aún queda en nosotros, que es un modo de descubrirnos animales y, como tales, fascinados por aquel temor perpetuo, único, que cargamos desde que salimos de las cavernas; reconocer cómo ha mutado la moral de la sociedad, cuán caducas son ciertas formas de ver el mundo y cuán actuales las maneras de contar las historias que nos inyectan adrenalina, la droga a la que los amantes del terror somos adictos.

No creo que Poe hubiera tenido mucho futuro como guionista, y tampoco le habría interesado serlo por mucho tiempo para esa clase de películas. Aunque original en la trama, y con esporádicos reflotes, su modo de narrar había caído en desuso a principios del siglo XX. Ya no parece haber lugar para el romanticismo decimonónico, como no sean esos refritos de reparto multimillonario y nula tenebrosidad; o ese vampiro teenager avergonzado de su naturaleza hematófaga; o el par de góticos enchastrando pantalla y páginas con sangre negra… y de fondo siempre la oscuridad, la madre de todos los terrores, pero ahora muy venida a menos, como un decorado de cartón piedra ajado de tanto uso. Probablemente, fiel a su destino irrenunciable, Poe habría seguido el camino de la botella para capear el fracaso, y hasta jugado con meterse otras cosas más duras en las venas, terminando sus días al fondo de un barcito del bulevar Wilshire, muerto de cirrosis o de aburrimiento, tras escuchar a tanto director en busca de un guión.