¡No seamos tan pendejas!

De vez en cuando es bueno sentir que el único requisito para estar vivo — sentirse vivo — es cumplir con un mínimo de pendejada vital. Como si en la lista de ‘Cosas por hacer en la vida’ estuviera — en primer lugar y en rojo — ser una completa pendeja.

Aprendí la palabra pendeja de las conversaciones entre mi mamá y mis tías, cuando se les escapaba con una naturalidad autocensurada por estar en ‘horario familiar’. Para cuando la aprendí — una niña sin muchos filtros para sus gustos — el estruendo de pendeja se coló perfecto en mi compartimiento mental de doble sentido: palabras para el insulto y el afecto, y, entonces, como un punto negro que está a apunto de eclosionar una mañana frente al espejo, la palabra se incrustó en mi vocabulario, incomoda pero con personalidad y quizá por eso ha perdurado por años.

Ahora — que casi puedo ser una tía o una mamá — me parece una palabra hermosa, incluso noble: no ultraja demasiado pero resulta lo suficientemente justa. Debe ser por eso que encuentro en ella tanta vitalidad, como si la posibilidad de expresión del lenguaje tuviera en ella una porción de cuerpo glorioso para hacerse audible.

Hace un año inicié una serie de posts en Facebook con la única finalidad de compartir cosas insignificantes; puras y viles pendejadas. Le hice caso a un arranque de emotividad tan engañoso como esos sueños de los que uno — por fortuna — despierta al borde de la incontinencia justo antes de caer en la trampa de entrar al baño… inicié el bendito post con la etiqueta Pendejadas Vitales y la pendejada ya cumple un año gobernando mi itinerario virtual.

De vez en cuando es útil hacerle caso a a esos gustos sin filtros que fueron tan vitales en los años cuando uno era ‘la esponja’ que los pediatras aconsejaban sumergir en idiomas — preferiblemente — pero que por lo general resultaba sumergida en conversaciones de los adultos, ‘muñequitos animados’ e ingesta de refresco en polvo.

Darse pequeños lujos, como el de comportarse como una absoluta pendeja y el de vanagloriarse de la insignificancia vital. Hacer alarde de esa capacidad genuina de actuar bajo el escudo de la pendejada para pasar sin filtros, para desprenderse de las escamas de la exigencia intelectual con el único fin de demostrase a uno mismo que la vitalidad está en las cosas menos elaboradas — y en los gustos menos elaborados — , en esas que permiten la eclosión de la insignificancia en pequeñas dosis de soltura mental.

Resultó entonces que pendeja, además de justa, era una palabra destinada a etiquetar mi arranque de emotividad de hace un año. Aunque mi mamá y mis tías la usen cada vez menos en sus conversaciones, aunque yo ya filtro mis gustos o, mejor dicho, pasé por el filtro académico que me condenó a filtrarlos, y pese a que hace rato que dejé de ser ‘la esponja’ para pasar a ser, más bien, una mata — de matera y poca tierra—; la palabra pendeja es una excusa para pasar horas escribiendo y borrando pendejadas en un blog que no es otra cosa que la pendejada más vital que encontré para hablar con una naturalidad casi libre de autocensura…

Es curioso, tanta pendejada a flor de piel y hasta ahora me doy el gusto de dedicarle una año a fomentarla y celebrarla con juicio. ¡No seamos tan pendejas!: ¡feliz existencia Pendejadas vitales!, ¡feliz cumpleaños! y ¡feliz insignificancia!.

: : :

Cántale su Happy Birthday

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.