Una Mujer Dentro De Una Ballena

Antes de que se prohibiera la caza de ballenas en el Perú, la bióloga Obla Paliza había destazado los estómagos de más de dos mil cachalotes para estudiarlos. Allí adentro descubrió que sólo devoraban calamares gigantes y, de inmediato, los barcos de Japón y China llegaron a pescar su alimento favorito. Hoy no se han vuelto a ver cachalotes en el Pacífico sur. ¿Qué es más peligroso para estas ballenas? ¿Sus cazadores? ¿O varios países comiéndose lo único que ellas comen?

Para calcular la edad de un cachalote hay que partir sus dientes por la mitad. Cuando la caza de ballenas era legal, en una planta ballenera de Pisco, una ciudad al sur de Lima, la encargada de arrancar uno de los cuarenta y seis dientes de esta bestia era Obla Paliza. Bióloga. Metro sesenta. Casada. Sin hijos. Era mitad de los años cincuenta y la única mujer del primer laboratorio ballenero de Sudamérica tenía algo más de veinticinco años y usaba lanzas en forma de hoz y un hacha. También se vestía como cualquier hombre ballenero: overol de jean y botas negras de hule. También cenaba como ellos: anticucho de corazón de ballena. Pero mientras los hombres le quitaban la piel con sus quince centímetros de grasa al animal, Obla Paliza metía las manos en el interior de sus cuatro estómagos blancos. Ellos saltaban sobre la bestia para conseguir la grasa con la que harían jabones. Recolectaban los huesos que convertirían en harina. Paliza descuartizaba al depredador más grande del planeta para estudiarlo en veinte minutos. Un cachalote muerto es un cadáver explosivo: se llena de gases al descomponerse y en cualquier momento puede ocasionar una lluvia de sangre y órganos. Además, la bióloga no debía interrumpir el ritmo de trabajo de los balleneros. Paliza tenía que medir de la boca a la aleta del gigante con una cinta métrica. Examinar el tamaño de los testículos y pesarlos. Buscar fetos en los úteros de las hembras para llevarlos al laboratorio. Cuando los balleneros terminaban de trozar la cabeza del cetáceo, una reserva de grasa que ocupa la tercera parte de su cuerpo, Paliza alzaba su hacha y empezaba a extraer dientes. Luego los cortaba a lo largo, los manchaba con un químico y contaba las líneas marcadas en su interior para saber su edad. Durante tres años, Obla Paliza vivió en las entrañas de más de dos mil cachalotes.

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Hoy la científica es una abuela de cabellos grises recogidos en una trenza que le llega a la cintura. Usa unas gafas de montura metálica que enmarcan sus ojos café cargado. A sus ochenta y dos años recuerda cada detalle de un mamífero que mide hasta dieciocho metros de largo, tanto como una cancha de vóley, y pesa lo que cuatro buses escolares. Ahora para conocer a los cachalotes sólo hay que mover un dedo. Aprender en internet que los cetáceos — del griego ketos, «monstruo marino» — se dividen en dos: con dientes y sin dientes, toma dos clics. Saber que los cachalotes, como los delfines y las orcas, pertenecen al grupo de las ballenas dentadas, toma tres. Pero cuando Obla Paliza quiso saber cómo crecían los fetos de las ballenas que se cazaban en Pisco, tuvo que cortar centenares de úteros. Para saber de qué se alimentaban, abrió sus estómagos. Para determinar su edad, partió sus colmillos. En la época de Paliza no existía internet para calmar su curiosidad. Ella tuvo que conseguir los datos a hachazos.

Ser un biólogo obsesionado con cetáceos que nadan hasta tres mil metros bajo el mar es frustrante. Es casi imposible estudiarlos en su hábitat natural. Lo que sabemos sobre ellos lo aprendimos en cinco siglos de cacería. En Leviathan: The history of whaling in America, Eric Jay Dolin cuenta que «el aceite de ballena norteamericano iluminaba el mundo». Se refería al spermaceti, un líquido lechoso que se forma en la cabeza de los cachalotes y que en el siglo XVIII se usaba en jabones y lámparas de aceite. Estas irradiaban una luz más brillante que la de combustibles vegetales y no olían mal. La grasa también se convertía en una sustancia amarillenta como la cera que lubricaba los primeros motores, relojes, máquinas de coser y de escribir. Una ballena era como un pozo petrolero que nadaba.

Cuando los balleneros terminaban de trozar la cabeza del cetáceo, una reserva de grasa que ocupa la tercera parte de su cuerpo, Paliza alzaba su hacha y empezaba a extraer dientes. Luego los cortaba a lo largo, los manchaba con un químico y contaba las líneas marcadas en su interior para saber su edad. Durante tres años, Obla Paliza vivió en las entrañas de más de dos mil cachalotes.

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A finales de los cincuenta, en la planta ballenera de Pisco, el trabajo de Obla Paliza era descubrir si se podía convertir al cachalote en un recurso renovable para el Perú. Quería precisar el tamaño ideal para cazarlo, el tiempo que tardaba en reproducirse, los meses de veda. Las anotaciones que tomó entonces son ahora siete volúmenes de artículos científicos que explican la vida, muerte y reproducción de estos animales. Aparecen como fuente en cualquier investigación seria sobre cachalotes que se publica en el mundo. Paliza ha viajado a Chile, Noruega y Portugal para exponerlas. En un congreso internacional sobre conservación de ballenas en 2012, mientras unas jóvenes biólogas resumían sus investigaciones en Power Point y narraban viajes en barco observando cetáceos, Paliza empezaba su charla con una muestra tridimensional: un diente de cachalote que guardaba en su bolso. Ha sido testigo de lo que las nuevas generaciones estudian en libros.

Todo en un cachalote podría marcar un récord. Lo superlativo parece hecho a su medida. Tiene un cerebro de ocho kilos que es el más grande de la historia. El bramido que emite es un sonido tan intenso que podría matar a una persona. Por su aorta podría gatear un bebé humano. Su palpitar es uno de los más lentos, diez latidos por minuto. Respiran siete veces más lento que un ser humano. Y es el segundo animal más longevo después de las tortugas, pues viven hasta setenta años. Hasta lo que se mete a la boca es exagerado: su alimento favorito mide diez metros que traga enteros porque no puede masticar. El mayor carnívoro del planeta sólo tiene dientes en la mandíbula inferior. En los estómagos de cachalotes que Paliza cortó siempre encontraba lo mismo: calamares gigantes. Esta criatura de gelatinosos tentáculos puede llegar a ser tan inmensa, que en la Europa del siglo XVIII creían en la existencia de un calamar tan grande, que arrastraba a los barcos al fondo del mar y se comía a los marineros. A esta pesadilla llamada Kraken, un cachalote podría tragárselo entero. De ahí que la historia de Jonás dentro de la ballena parezca posible. El animal lo habría tragado de un sólo bocado y tres días después lo vomitó de regreso a la vida.

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La mujer que pasó tres años dentro de las ballenas es hoy conocida como la maestra de inglés en la caleta de pescadores donde vive, cerca de Pisco. La casa de Obla Paliza en San Andrés tiene una escultura a tamaño real de la cola de un cachalote hembra que sobresale cuatro metros por encima del pasto. Alrededor crecen flores amarillas y lilas. Dentro, en la pared de la sala, cuelgan dos enormes arpones cruzados y en un pasadizo descansa la vértebra de una aleta de cachalote. En el segundo piso, en su biblioteca con vista al mar, hay anaqueles con barcos balleneros a escala y libros de biología de hace dos siglos. Una mañana de noviembre de 2012, Obla Paliza se acomodó en su sillón junto a la ventana mientras uno de sus hijos, el escultor de la cola de ballena, le preparaba un cóctel de aguardiente de uva con ginger ale. Celebraban el regreso a casa. Paliza había pasado meses postrada en una cama en la casa de su hija en Lima después de un accidente de tránsito. Casi seis meses después de que se volcara el auto en que viajaba Paliza, ella volvía a su casa con el cuello vendado. El año anterior, había cruzado la misma carretera para llegar a las islas Ballestas, a minutos de Pisco, el día en que llevó las cenizas del oceanógrafo Robert Clarke al mar.

Todo en un cachalote podría marcar un récord. Lo superlativo parece hecho a su medida. Tiene un cerebro de ocho kilos que es el más grande de la historia. El bramido que emite es un sonido tan intenso que podría matar a una persona. Por su aorta podría gatear un bebé humano. Su palpitar es uno de los más lentos, diez latidos por minuto. Respiran siete veces más lento que un ser humano. Y es el segundo animal más longevo después de las tortugas, pues viven hasta setenta años.

Obla Paliza habla de su esposo en presente. Robert Clarke era un experto en cachalotes del océano Atlántico que aprendió caza conservacionista — atrapar ballenas sin acabar con la especie — en las islas Azores, al frente de Portugal. Era uno de los mayores especialistas de cachalotes del planeta, tanto que para la película Moby Dick de 1956 fue el encargado de que la historia de Melville luciera realista sobre la pantalla. Clarke llegó al Perú cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) le pidió crear un instituto que organice la caza de ballenas de la costa del Pacífico sur y que se convertiría en el Instituto del Mar Peruano (Imarpe). Ninguna universidad de la región tenía una especialidad en Biología ballenera, por lo que Clarke eligió a ocho estudiosos del mar del Perú, Chile y Ecuador para dictarles un taller de tres meses. Obla Paliza no era una de ellos, pero se las ingenió para estar en las clases en Chile, aunque al principio Clarke no la había aceptado. Era una joven bióloga marina que hasta ese momento había trabajado con las anchovetas, había vivido en Paita, un puerto ballenero en el norte del Perú. Allí se había interesado por los fetos de cachalote que los trabajadores dejaban hasta el último para meter al cocinador, donde se fundía la grasa de las ballenas. Después del taller, Clarke y sus alumnos partieron a su primer viaje de observación. A las dos horas de empezar el viaje, Clarke mandó a acondicionar un espacio en la bodega. Clavó una mesa al suelo. Y luego dio una clase de navegación y les enseñó a avistar ballenas.

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Obla Paliza y Robert Clarke, su futuro esposo, empezaron a trabajar juntos; así ella pudo reconstruir la secuencia del crecimiento de los fetos de un cachalote. Al comienzo tienen los ojos en la frente y no a los costados, sus aletas parecen dos pequeñas patas cubiertas por un trozo de piel y en vez de un orificio nasal tienen dos hoyos para respirar. En los quince meses que demoran en crecer van dejando sus rasgos terrestres y se transforman en seres acuáticos que nacerán de cuatro metros. Creemos que la evolución consistió en criaturas oceánicas que salieron a la Tierra, pero en realidad pudo pasar lo contrario. Los cachalotes son parientes lejanos de hipopótamos y camellos. Su ciclo reproductivo es uno de los más largos entre los animales: dura cuatro años. Pero de todo lo que Paliza aprendió trabajando con Clarke y abriendo cachalotes, tal vez lo más memorable no sucedía en sus úteros sino en los estómagos. El cachalote del Pacífico sur es una máquina diseñada para devorar toneladas de calamares, y, según lo que descubrieron, la costa peruana era un paraíso lleno de ellos.

Hasta que dejamos que lo depredaran todo.

En los años que Paliza abrió estómagos de cachalotes estimó que habían comido entre ocho y trece millones de toneladas de calamar gigante por año. En un artículo científico que publicó en la revista Investigation on cetae describe cómo era posible que un cachalote, que en otros océanos también comía pescado, engordara de sólo comer calamar. El Dosidicus gigas, el calamar gigante de la corriente de Humboldt, es un cefalópodo que en el Perú llaman pota y que se come con abundante limón, sal y ají. En las conclusiones, Clarke y Paliza proponían iniciar una caza de calamares conservacionista. Enseguida científicos japoneses y chinos vinieron atraídos no por los cachalotes sino por los calamares. Que al año siguiente, en 1989, se comenzara la pesca confirmó que había suficiente calamar gigante para pescar de manera industrial. Pero el Perú no se convirtió en una potencia en calamar, sino que otorgó concesiones a los barcos extranjeros para que pescaran cuanto quisieran. No se respetaron las vedas ni se realizó ningún estudio. Sólo los cachalotes lo resintieron. Clarke y Paliza habían advertido que era necesario establecer vedas de calamar entre mayo y diciembre mientras desovaban las hembras. Pero nadie les hizo caso.

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El cachalote no tiene ningún enemigo natural. Antes de que se prohibiera su caza, la imagen que teníamos de ellos era la de una maliciosa ballena blanca que destruye barcos y arranca piernas. Habíamos creído en la aventura de Moby Dick, la novela de Herman Melville de 1850. Era buena literatura porque tenía demasiados detalles para ser mentira. Algunos expertos sugieren que el autor tuvo en sus manos la investigación de un cirujano que escribió sobre el comportamiento de los cachalotes. Melville le dio un carácter atemorizante a las embestidas de su cachalote albino porque creía que la función de la enorme cabeza era ser un ariete contra las olas. Hoy sabemos que en la oscuridad del océano su cabeza es una especie de sonar como el que usan los submarinos para navegar. Mientras más grande la cabeza, más lejos llegan sus sonidos, que son una amplificación monstruosa del ruido que hace una persona al chasquear la lengua con el paladar. Pero algunos pasajes de la historia de Melville pueden leerse con la exactitud de una enciclopedia.

El cachalote es una enorme víctima imposible de cuidar. No se le puede tener en cautiverio como a un panda. No se le puede atender en un hospital veterinario. A pesar de estar en todos los océanos del mundo, su inmensidad los hace raros y la rareza — predijo Darwin — es la precursora de la extinción.

En un capítulo de su novela el Pequod, el barco que capitanea Ahab, se tropieza con un olor que Melville describe como el de una ciudad entera en epidemia. Una ballena había estallado y, luego de disuadir con tretas a otro barco francés para que se alejara del cetáceo, se abalanzaron hacia su cadáver. Abrieron el estómago y encontraron una sustancia muy valiosa parecida a un jabón. Hoy el ámbar gris sirve como fijador de perfumes finos y es veinte veces más caro que la plata. El esposo de Paliza, Robert Clarke, publicó un trabajo en que explica el misterio de su origen. De la misma manera como una perla se forma en una concha por el ingreso de un grano de arena, el origen del ámbar gris podría ser los restos de los picos de los calamares, que son similares a los de un loro y la parte más dura del animal. El ámbar gris empieza a crecer envuelta en heces líquidas. Si el cachalote no lo expulsa, morirá. Si lo hace, el ámbar gris adquiere valor mientras más tiempo flote en el mar.

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La biografía de Robert Clarke y Obla Paliza es una investigación de cientos de páginas llenas de algoritmos sobre la reproducción de estas ballenas, de medidas sobre el tamaño de sus aletas y de observaciones sobre las diferencias de las manchas en la piel entre un macho y una hembra. Sus artículos se publicaron varias décadas después de recopilar los datos. Ocurre que su vida no tuvo la calma de un laboratorio, sino la zozobra de un barco en peligro de naufragar. En 1970, cuando hubo un terremoto de casi ocho grados en el centro del país, Paliza y Clarke se mudaron a Chimbote, la ciudad pesquera más grande del Perú para enseñar a la gente a atrapar peces de modo que pudieran trabajar después del desastre. Cuando se quedaron sin dinero, se mudaron a Londres, donde la mujer que cortó ballenas trabajó fileteando pescados en un mercado. Cuando regresó al Perú, una universidad le prometió un cargo que no le dieron y Paliza se convirtió en profesora de Biología e Inglés en una escuela de la costa. En 2007 un tsunami inundó Pisco y la casa de los Clarke-Paliza, y arruinó varios de sus libros y anotaciones sobre ballenas. Desde hace medio siglo, la única cola de cachalote que Obla Paliza ve está en su jardín. Antes de ingresar a su biblioteca, la bióloga marina alzó la mano para tocar la cola y no llegó ni a la mitad. Paliza bromeó diciendo que su escultura es la única que ha probado su valía en el océano: mientras que el mar se retiraba, la cola quedó por encima de la superficie, como un cachalote que se sumerge en el agua.

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La última vez que Obla Paliza y Robert Clarke viajaron en busca de ballenas fracasaron. Era mayo de 2001 y la pareja, junto a pescadores artesanales, fotógrafos y conservacionistas, partieron en un barco de la Marina de Guerra del Perú hacia las Islas Galápagos para observar cetáceos. Era una campaña llamada Ballenas Libres, auspiciada por una marca de telefonía como parte de su programa de responsabilidad social. Clarke, de ochenta y dos años, pasaba doce horas seguidas con los ojos sobre el agua, esperando que de pronto alguna asomara su enorme cabeza. Pero durante todo el mes que duró el viaje no se cruzaron con ningún cachalote. Tampoco habían aparecido cadáveres varados en las playas. La ausencia de estas bestias marinas en la costa del Pacífico sur era la prueba de que las advertencias de Paliza y su esposo habían resultado ciertas: el depredador más grande del planeta no se queda en un pedazo de mar sin comida.

El paradero de las ballenas fue un misterio hasta que en 2003 una científica norteamericana encontró siete cachalotes que llevaban unas etiquetas que los biólogos marinos llaman marcas y que sirven para identificar su origen. Esas siete ballenas debían estar en la costa de Perú pero nadaban en Baja California, México. La ciencia no puede saber si los cachalotes han cambiado de dieta. Los biólogos ya no abren sus estómagos. No sabemos si ahora están plagados de bolsas de plástico o medio vacíos. La única oportunidad de hacer una necropsia a una ballena es cuando alguna aparece varada en la costa. El mar del que Paliza recolectó datos ha cambiado y desde entonces no se ha actualizado la información sobre los cachalotes del Pacífico sur.

Cuando la Comisión Ballenera Internacional inició su veda a finales de los setenta, el objetivo era protegerlos de los cazadores. Sin embargo, treinta años después, el peligro ya no es el filo de los arpones. El calentamiento global está afectando la temperatura del océano en que viven. El tráfico de barcos comerciales desorienta sus sonares y terminan chocándose contra ellos. Los derrames químicos los envenenan. Los pescadores de pota los dejan sin comida. Un animal que necesita tragar una tonelada de calamares al día estará en problemas en un mundo que debe alimentar a seis mil millones de seres humanos. El cachalote es una enorme víctima imposible de cuidar. No se le puede tener en cautiverio como a un panda. No se le puede atender en un hospital veterinario. A pesar de estar en todos los océanos del mundo, su inmensidad los hace raros y la rareza — predijo Darwin — es la precursora de la extinción.

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Obla Paliza pasó tres años hundiendo las manos y la nariz en un animal que ya no puede tocar. Hoy la bióloga marina reparte su tiempo escribiendo cuentos para niños y traduciendo libros. Cree que con el fin de la caza terminó el interés en estos animales y que ahora a nadie se le ocurriría verlos como una reserva de aceite. Casi todo lo que sabemos sobre estas criaturas lo registraron Clark y Paliza el siglo pasado. Hoy nos conformamos conjeturando sobre el significado de sus chasquidos y organizando expediciones turísticas para contemplar el espectáculo de una especie en extinción. Sin embargo, en 2010 un grupo de científicos descubrió que el hierro flotante de los vómitos y heces del cachalote nutre y fertiliza al plancton, una planta marina que limpia la mitad del oxígeno del planeta. No sabemos si la migración de los cachalotes hacia el norte afecta al plancton de la costa del Perú. Tampoco si una veda de calamares lograría que los cetáceos vuelvan a esta parte del mundo. Obla Paliza recuerda la piel rugosa de un cachalote que emerge a la superficie a tomar aire antes de volver a perderse en la oscuridad del océano. No sabe si volverá a verlo.

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