Retrospectiva Mundiales: Corea y Japón 2002

El Mundial de Corea y Japón 2002 permanece hasta la fecha como el único mundial asiático, y por ello entiéndase también, el único que nos ha hecho despertarnos en la madrugada para ver fútbol. Yo era por supuesto un adolescente que requería de doce horas diarias de sueño, y por eso representaba para mí toda una hazaña mantenerme despierto los 90 minutos de un partido cuando no había tenido mi dosis mínima de sueño. No vi ningún partido que se jugara antes de las 5 de la mañana, con la excepción de los de Francia y Costa Rica, y aún así el sueño me hizo perderme de algunos momentos claves de los partidos de esas selecciones. Dormité durante gran parte del primer tiempo de Costa Rica-Brasil, y me perdí la totalidad del segundo tiempo de Costa Rica-Turquía. Por esto no vi ni el gol, ni el fallo monumental de Winston Parks. De los pocos jugadores en la historia del fútbol tico cuyo punto más alto y más bajo de su carrera se daría en un mismo partido.

Recuerdo con mucho más cariño y emoción las eliminatorias de la CONCACAF, donde Costa Rica se levantó para quedar primero de la Hexagonal, después de una desastrosa primera fase que hizo que la eliminatoria estuviera al borde de llegar a su fin en un partido de desempate en Miami contra Guatemala. Siempre he sentido más emoción de ver a Costa Rica ganarle a los rivales del área que a selecciones de otros continentes en un Mundial. ¿Qué hay más hermoso en el deporte que ganarle a un gran rival y qué más doloroso que ser humillado por uno?

Tal vez por eso mi relativa falta de entusiasmo en ese decisivo Brasil-Costa Rica. Un empate a cero parqueando el bus estaba fuera de toda posibilidad para un entrenador brasileño y romántico como Guima. Y dado que el trío en la defensa Wright-Marín-Martínez venía acompañado de Erick ‘cero atajadas’ Lonnis en la portería, si íbamos a clasificar solo podía ser con un espléndido y milagroso empate 3–3. Guardo el recuerdo de que esta selección hubiera podido ser igual de exitosa que la del 2014 si hubieran tenido un entrenador que hubiera sabido como jugarle con nuestros recursos limitados a potencias mundiales. El 5–2 contra Brasil queda como la muerte con la flor en el fusil de un equipo que le había pasado por encima a todo el mundo en CONCACAF y que creyó que, siendo fiel a su estilo, le podía sacar un empate a Brasil. El tiempo y Jorge Luis Pinto nos enseñaría que para sacarle puntos a grandes equipos había que jugar muy diferente.

Sí estuve (lastimosamente) muy despierto durante los 90 minutos de los tres muy indecorosos partidos de la selección de Francia, mega favorita para ganar el Mundial junto con Argentina. La discusión, análisis, y debate que lleva al señalamiento de las causas y de los responsables por dicho fracaso merece su propio artículo a parte, pero vale la pena mencionar que en el fútbol pocas veces se suele reconocer el papel que juega la suerte en los resultados que obtiene un equipo en un torneo corto. Que la selección de Francia estuviera vieja, cansada, mal preparada, y/o confiada parecen ser razones tan válidas para entender el fracaso como el hecho de que tuvieron como cinco tiros al poste en tres partidos, a dos de sus estrellas titulares lesionadas, y a otra injustamente expulsada en el segundo partido.

Argentina, el otro gran favorito pre-Mundial, se iba a ir también fuera en fase de grupos. Mi simpatía hacia la albiceleste había decididamente terminado, producto de una mezcla de consumir mucho programa futbolero con analistas argentinos y la toma de conciencia por mi parte de la insoportabilidad de muchos argentinos cuando se trata de celebrar una victoria de su selección. Tampoco llegué al punto de activamente odiar a este equipo y no recuerdo haber sentido alegría por la eliminación de Argentina en primera ronda, pero sí experimenté una sensación reconfortante al saber que Francia no estaba sola en el grupo de selecciones fracasando mayúsculamente en este torneo. Sí reconozco que disfruté un poco la derrota argentina contra Inglaterra y la indignación de muchos de mis compañeros adolescentes pro-Argentina ante el catenaccio que desplegó Eriksson para ganar ese partido.

La acumulación de esta cantidad infame de sorpresas, mezclado con las trasnochadas que implicaba ver los partidos le dieron un sentimiento de incredulidad a cada día que pasaba, al punto que había que estar constantemente confirmando si realmente habían sucedido tales locuras. “¿Francia de verdad perdió hoy el partido inaugural del Mundial contra Senegal?” “¿También quedó fuera Argentina en primera ronda o nada más me lo soñé?”

Durante el Mundial 2002 le bajé unos cuantos niveles al anti-brasileñismo que había expresado durante todo Francia 98, principalmente porque ningún equipo ‘grande’ era realmente superior a Brasil. De los Mundiales que he visto, fue irónicamente el único en el cual Brasil no era uno de los grandes favoritos a ganarlo antes de iniciar. A pesar de ser un equipo armado como Frankenstein que tuvo serios problemas para clasificar, tenían a unos cinco jugadores excepcionales, y eso era suficiente para ganar los siete partidos de un Mundial donde ninguno de los dos grandes favoritos (Francia y Argentina), ni ninguna de las otras selecciones fuertes (Italia y Portugal) encontraron nunca su nivel pre-Mundial.

Sí sentí bastante indignación por la leve sanción que se le dio a la simulación de Rivaldo en el juego de fase de grupos contra Turquía, y por el gol anulado a Bélgica en octavos. Además siempre suspiraba ante los adolescentes contemporáneos a mí que habían decidido adoptar la narrativa de ‘no se necesita ser un país rico para jugar bien al fútbol’ como razón para apoyar a Brasil. A pesar de ello, Brasil tenía que salir campeón porque ninguno de los otros equipos grandes que no fueron un desastre en este Mundial (Alemania, España, Inglaterra) tenía realmente el talento individual y colectivo para quedar recordado dígnamente en la memoria colectiva futbolera como Campeón del Mundo.

Brasil le ganaría la final a Alemania, otra selección histórica que había tenido resultados pre-Mundial bastante pobres, y por la cual nadie daba un cinco. Aunque siempre de reputación fría y calculadora, Alemania mostró en este torneo su faceta más robótica, poco imaginativa y ausente de cualquier tipo de creatividad futbolística. Ni siquiera era de elogiar su capacidad para defender cuando fue Oliver Kahn el que tuvo que hacer milagros para que el equipo llegara a la final dejando en el camino a rivales poco ostentosos como Estados Unidos y Corea del Sur. Nunca es buena señal cuando los porteros terminan siendo las estrellas de un Mundial, y hasta algunas figuras que luego tendrían pasos bastante discretos por clubes grandes de Europa (hola Rüştü) tenían un aura de Lev Yashin en junio del 2002.

Ya para incios de la década de los 2000, habían venido desapareciendo las grandes personalidades del fútbol internacional que le daban una dosis adicional de intensidad y mucho estilo a las Copas del Mundo. El Mundial del 2002 fue curioso por como las figuras terminaron siendo jugadores poco conocidos en su momento (con la excepción de los brasileños y alemanes) y que tendrían carreras poco notables después. Además del ya mencionado Rüştü, el turco Hasan Şaş sería lo más cercano que veríamos a un talento de la clase y elegancia de Zidane durante el torneo. La mitad del equipo de Senegal tenía la forma física, habilidad y explosividad para jugar en cualquier gran club europeo, y muchos predecían que El-Hadji Diouf sería la gran estrella africana de la década.

Y como no hablar del arbitraje, oh el arbitraje. Siempre soy de los que se ríe de los fanáticos que claman conspiración e injusticia porque no se señaló una mano claramente no intencional sobre una bola que viaja a 70 km/h, pero algunos de los errores que se vieron en este Mundial fueron muy sospechosos (para no decir algo peor). Un sentimiento que se ha ido reforzando con el tiempo, sobre todo cuando uno de los árbitros más rodeados de polémica terminó siendo arrestado años después por tratar de contrabandear seis kilos de heroína a Estados Unidos.

Siempre he tenido la enorme curiosidad de saber que opinaban honestamente los surcoreanos sobre la forma en que ganaron sus dos partidos de la segunda vuelta para llegar a semifinales. Asumo que a los aficionados les valía un carajo ganar así, ¿pero qué podrían decir los analistas y expertos futboleros? ¿Era el entusiasmo desmedido ante tal sorpresa suficiente para ignorar los favores arbitrales, o había un reconocimiento de las circunstancias muy inusuales bajo las cuales se conseguía tal éxito? Corea del Sur es deportiva y culturalmente tan lejana a América Latina que hasta la fecha ignoro la respuesta a tal pregunta, pero asumo que es más probable que sea la primera opción.

Le podemos dar a Corea y Japón 2002 el título del Mundial más impredecible de la historia y por mucho: Estados Unidos y Senegal en cuartos, un asiático jugando de local y muy favorecido por el arbitraje llegando a semis, y Turquía peleándole seriamente a Brasil el pase a la final. Viéndolo ahora el concepto de tener a Turquía o a Corea del Sur jugando una final de Mundial suena completamente absurdo e irrealizable, pero tomemos este momento para recordar que hace 16 años fue una posibilidad bastante real. En cada Mundial que ha pasado desde entonces siento que aparece algún pseudo-analista en redes sociales que nos viene a decir que nunca había visto tantas sorpresas en ningún torneo anterior. Los invito, por favor, a revisitar este masivo desmadre de irracionalidad futbolística que fue Corea y Japón 2002.