Mala tinta

Una… tres… ocho… nueve estrellas llegué a contar. También alcancé a leer algunos nombres en elaboradas caligrafías y sonreí al ver una imagen de Goku que ocupaba casi todo su antebrazo. Pensé que había sido una tonta por sentir miedo y dejarme engañar por la primera impresión. Era una cuestión de simples cálculos: salvadoreño, hombre, cubierto de tatuajes… solo podían significar una cosa, que Jacob era un pandillero. Sin embargo, estaba completamente equivocada, Jacob era un joven como cualquier otro.

Entramos a una pequeña casa ubicada en la provincia de Colón. La humedad había ganado espacio en las paredes blancas aumentando el desencanto tétrico del lugar. La tensión en el ambiente podía cortarse con una tijera. Sentía vergüenza por invadir la escasa privacidad de Jacob pero a la vez, una desconocida morbosidad por conocer todos los detalles de su cruda historia recorría cada fibra de mi cuerpo. Creo que podía escuchar los acelerados latidos del corazón de Jacob desde el otro lado de la sala… o tal vez eran los míos.

Cuando se encendieron las cámaras, la voz de Jacob comenzó a sonar y poco a poco nos fue atrapando a todos en lo que se convertiría en una historia de terror. Jacob nació en El Salvador en el año 1990. El Salvador es un pequeño país ubicado en el norte de Centro América. Además, El Salvador es el segundo país con la tasa de homicidios más alta en el mundo, una tasa que alcanza los 64,2 homicidios por cada 100.000 habitantes. Cifras oficiales indican que el año 2016 dejó 5.278 muertos. El territorio salvadoreño se encuentra mayormente controlado por dos grandes pandillas o maras, como las llaman allí, la Mara Salvatrucha y la Barrio 18. Estas organizaciones de estructuras complejas operan a través de la extorsión y la intimidación. La ecuación es simple, ellos piden dinero y a cambio te dejan vivir. Como leones salvajes que presumen sus melenas en la sabana, los mareros caminan por las calles con ostentosos tatuajes que cubren todo su cuerpo. En El Salvador, la tinta es sinónimo de peligro.

Con tan solo seis años, Jacob se embarcó una peligrosa odisea en busca del “sueño americano”, anhelado por tantos. Cientos de personas del llamado Triángulo Norte de Centroamérica emprenden este viaje cada día, pero pocos son los que llegan. Muchos mueren en el camino en manos del crimen organizado, el frío, el hambre, la enfermedad, y si no mueren son detenidos por las autoridades en las fronteras y deportados a sus paises de origen. Otros son víctimas de la violencia, el abuso sexual o caen en manos de los “coyotes”. Sin embargo, Jacob lo logró. Desafió a las escasas probabilidades que lo enfrentaban y entró a Estados Unidos como un “migrante ilegal”. Y allí creció, estudió, hizo amigos, vivió su vida.

“Me gustan los tatuajes, en mi país son arte, son moda” dijo Jacob mientras se arremangaba su camisa y nos dejaba ver como la tinta recorría su piel. Sus palabras quedaron resonando en mi mente, comencé a prestar atención a su cuerpo. Honestamente, había visto hombres y mujeres con muchísimos más tatuajes que él. Pero Jacob estaba condenado, sus tatuajes eran una sentencia de muerte. Pensé en la pequeña luna que se ubicaba en mi espalda y recordé el día en que me la hice y sonreí. Me gustaba mi tatuaje, me hacía sentir especial.

“Mi abuela se reunió con el marero que controlaba mi barrio y le contó que yo iba a volver al país. También le contó que yo tenía tatuajes pero que eran inofensivos”, reparé nuevamente en la historia de Jacob. En el año 2013, la suerte de Jacob comenzó a agotarse. En una de las tantas redadas que ocurrieron en Estados Unidos durante la Administración Obama, Jacob cayó en manos de las autoridades de migración. “El marero le dijo que cuando llegara al barrio debía reunirme con él y que si no le agradaban mis tatuajes me dispararía allí mismo, a sangre fría”, continuó Jacob. Qué absurdo pensé, mi mayor preocupación al hacerme un tatuaje era la desprobación de mis papás, para Jacob significaba la diferencia entre morir y vivir. Me sentí diminuta, quería hundirme en el roñoso sillón.