Source: Unsplash

La historia de mis pies, mis zapatos y mi madre

Dicen que las personas del signo Piscis tienen los pies delicados. Puedo dar prueba y fe de ello. Y no se trata de preferir las marcas más caras, o de querer contar esa historia que los zapatos tienen que ser buenos al igual que el colchón donde uno reposa sus huesos. A lo largo de mi vida he pasado por épocas de pocos recursos y de bonanza, y la experiencia de los años me mostrado qué tipo de zapatos prefieren mis piececitos de niña.

Recuerdo que cuando estaba en la enseñanza media (a los 15 años) mi mamá separó su sueldo de varios días, del trabajo mejor pagado hasta entonces, para comprar unos zapatos que me habían gustado mucho. Esto fue un ejemplo del dicho Buy well, buy once (compra bien y compra una vez), pues gracias a esta sacrificada inversión no volví a estrenar zapatos en los tres años siguientes.

Hablemos del estreno ahora, porque esta parte también es memorable. Los zapatos que compró mi mamá eran lindos, me quedaban bien y me hacían ver más alta; pero después de usarlos por un rato comenzaron a apretarme los pies. Fui hasta mi mamá y le expliqué:

— Los zapatos me aprietan…
 — Pero me dijiste que te quedaban bien cuando te los probaste!
 — Pero ahora me aprietan….
 — ¿Cómo que te aprietan? 
 — Aquí, me molestan — y le mostré mi pie…
 — ¡Esta niñita! A ver, dámelos para probarlos — y se puso mis bellos zapatos. — A mí me quedan bien, los encuentro blanditos — . Agregó mirando sus pies.
 — Pero no te los dejes, mami, los zapatos son míos — y de seguro le puse mala cara. 
 — Ahí están tus zapatos — y me los dio otra vez.

Al volver a ponérmelos, los encontré calientitos y más suaves, me puse a caminar y no me molestaron en un buen rato, tal vez hasta que los zapatos se enfriaron (recuerdo que en esa época tenía los pies helados todo el tiempo). Y fue en ese momento que se me ocurrió una de las ideas más brillantes de toda mi adolescencia: fui hasta mi madre y le pedí como quién pide un regalo para navidad:

— Usa mis zapatos hasta ablandarlos!
 — ¿Cómo es eso?
 — Te pones mis zapatos y caminas, pero sin salir a la calle, para que mis zapatos me queden mejor…
 — Bueno, ya — me dijo encogiendo los hombros.

Así nació la tradición entre mi madre y yo de ablandar los zapatos. Cuando estudié en Valdivia, hice lo mismo varias veces, viajé para visitar a mi madre y esperé con paciencia durante un par de días hasta que los zapatos me quedaran bien. Una vez que comencé a trabajar cambiaron mis zapatos y la tradición de ablandarlos también. Creo que después mi mamá adquirió la costumbre de probarse mis zapatos y se quejaba que le quedaban un poco grandes. Supongo que eso se debió a que subí de peso o tal vez mi pie creció (?) pero el punto es que ya no pudimos usar los mismos zapatos.

Esta fue una de las cosas que recordé con más cariño durante mi tiempo en Inglaterra, muchas veces me reí sola en las tiendas y me preguntaba qué diría mi mamá si pudiera ver tantos y tantos pares de zapatos juntos… En ese tiempo conocí la marca Clarks y me gustó tanto que terminé comprando cuatro pares de zapatos y un par de sandalias, los Clarks son hasta hoy mis zapatos favoritos: la horma es perfecta para mi pie y como son tan suaves nunca me molestan. Me gusta imaginar que mi mamá ya los ablandó.

En resumen, he ido de menos a más y mi madre ha sido una parte sustancial de la historia de mis pies y mis zapatos. No crean que la vida ha sido esquiva en su generosidad con ella, al contrario, el destino le tenía una jugada a modo de premio por sus años de lealtad y bondad con mis pies.

El año 2013 quise tener un par de botas, no muy altas de color negro para usar con falda. Encontré un par de todo mi gusto en la tienda Pollini, eran muy bonitas, se veían cómodas y de buena calidad. Me las probé y me parecieron un poco ajustadas para mi pie, pero pensé, “esto es cuero y el cuero siempre estira”. Pues no, no fue así, las botas eran chicas para mi pie.

Unos meses más tarde, cuando mi madre viajó para visitarme, le pedí que se pruebe las botas y le quedaron estupendas. Se las llevó y esta vez el dicho Buy well, buy once fue para ella, pues ya lleva tres inviernos con los pies muy abrigados. Y con el recuerdo de Amado Nervo y su poema de gratitud a la vida quiero terminar esta historia diciendo que ella zapatos no me debe, ni zapatos yo le debo: nuestros pies están en paz.


Show your support

Clapping shows how much you appreciated Pilar Guerrero’s story.