
Los recuerdos de don Isaac
A sus 70 años, don Isaac me invitó a pasear por la ciudad cercana al pueblo en que estábamos. No pude negarme ante su entusiasmo que parecía prometer un viaje pora Europa. En el bus me contaba que había vivido allá hacía 30 años, mucho antes que yo naciera. Para aprovechar la visita en la zona y el sol de ese día se había animado a invitar a una chica joven a recorrer la ciudad a pie.
Caminábamos por las calles principales sin mayor apuro. Me decía de pronto, “en este lugar había un restaurant que servía pescado frito”, o bien, “¡mira! Todavía está la misma casa que daba pensión. No creo que la dueña esté viva”. Nuestros pasos eran lentos y avanzábamos en silencio, no estaba segura si en la mente de don Isaac los recuerdos corrían a velocidades que no podía controlar, o si los edificios y negocios le hablaban de un lugar que no ya conocía en lo absoluto.
Después que el recorrido le dejara satisfecho de novedades y recuerdos decidimos tomar el bus de regreso a su casa. En un instante su rostro y sus ojos retomaron la vivacidad con que me había invitado y recordó que su hija le esperaba en el pueblo para tomar once.
Subimos al bus y el cobrador resultó ser mi alumno que creyó que andaba con mi abuelo.
- Le voy a cobrar menos, profe. Si le preguntan, usted dice que se baja antes.
- Gracias, Richard — respondí. Y mi alumno siguió cobrando los pasajes.
- Open de window, Richard — dijo don Isaac.
- ¿Tiene calor? — le pregunté.
- Había un diálogo que decía así en mi libro de inglés de Segundo Año de Humanidades — me explicó mirando a lo lejos.
No pude evitar soltar una sonora carcajada.
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