A quien ahora es mi conocida

Has recibido aviso de mi renuncia con retraso. Esto se debe a que me resistí a hacerla visible, no fuera que cambiase de opinión con respecto a ti y todo esto. Lo cierto es que pasaron cuatro meses y cada vez que te leía o escuchaba algo de ti, la distancia se me hacía más palpable. Las amistades son relaciones de mucho afecto y entusiasmo, y por ende susceptibles de enfriarse.

Ello no sucede sin motivos. Te hice un resumen al conversar por última vez contigo: había poca reciprocidad, a menudo me encontré ignorada (¿recuerdas esos mensajes enviados en el fondo de una crisis, a veces estando suicida, que dejaste en visto?) o sintiéndome juzgada e incluso exhibida, como el día en que te ayudé a mudarte y le contaste a gente que yo jamás había visto antes, sobre mi situación laboral; tus exabruptos sobre mi uso de medicación o el acompañamiento que el chico con quien salgo me ha dado cuando tengo episodios psicóticos y el apremio con que insistías en que tomara ciertas decisiones importantes.

Se volvió abrumador. Me vi a mí misma llorando, suplicante, asustada de revelar detalles sobre mi vida que se convirtieran en fuente de críticas. Me he angustiado por no ser lo suficientemente deconstruida, fuerte y autónoma. Pareces tener muy claro lo que es ser funcional y apropiadamente radical y en resistencia: hay que tener completa independencia financiera y emocional, resolver todo conflicto sin ayuda y nunca dejar duda sobre la fortaleza y la confianza en una misma que se poseen. Comer saludable, fresco, orgánico; no recurrir al alcohol u otras drogas. TODO NATURAL. Como si no usáramos plástico, nylon, licuadoras, ventiladores, autos, teléfonos celulares. Como si las feministas no hubiésemos comenzado precisamente por criticar el uso del concepto “natural” para justificar la opresión. Hay que usar, además, el vocabulario adecuado, acuñar conceptos como quien fríe papitas: autocuidado, amor romántico, responsabilidad emocional…

Qué vacío se vuelve todo al enjuagar, repetir y enjuagar. Qué poco placentera y poco educativa se vuelve la presencia de una persona que -paulatinamente o no- reemplaza la ética por la ortodoxia y la espontaneidad afectuosa por el histrionismo. Eso es lo que estaba sintiendo últimamente: que cada tarde en tu compañía requería echar a andar toda una actuación. Apretar los dientes, tensar músculos, cambiar mi voz, filtrar información. Desaparecer cuando no pudiera ejecutar los pasos anteriores. Para poder estirarme, respirar lejos del peligro de ser descartada si no cumplía con mi papel, con lo que implícitamente se esperaba de mí.

En realidad, estaba reviviendo esa experiencia de prepa en la que, al mostrar un mínimo de vulnerabilidad (episodio depresivo), mi amiga declaró que se había decepcionado de mí y me excluyó del grupo que compartíamos. He estado, supongo, en situaciones parecidas a las de quienes integran una secta: El Esquema domina mi vida al detalle, y había que cortarle la cabeza a la profeta para salir de él. Para dejar de reforzarlo y tener una razón menos por la cual aborrecerme.

Has dicho que no entiendes nada, que te parece muy injusto (¿qué, exactamente: la situación o mi proceder?) y que te duele mucho. Parece complejo el aparato de negación que te montaste, porque advertencias hubo. Señalé, a veces en el momento, lo que me incomodaba o dolía. Tú te disculpabas (en ocasiones de forma un tanto agresiva: dejar disculpas públicas en un post que ni siquiera está dirigido a ti y luego enviar un mensaje notificando dicha disculpa es muy poco respetuoso de los tiempos y espacios que la otra persona tiene) y el ciclo se repetía. Enjuague, repita, enjuague.

Por último, sé que te duele, o mejor dicho, tomo nota de que has expresado eso. Digamos que sí: yo te veo en un momento donde deseas desesperadamente corregir todo a tu alrededor: el ruido en tu edificio, las vidas de tus amigas… Yo, por otro lado, necesito paz. Necesito tomar mis decisiones, cometer mis errores, salir del optimismo ciego en que intentaba envolverme y asumir que lo que viene a continuación no será fácil, pero ya veré cómo afrontarlo. Necesito apoyo mutuo, acompañamiento, no ser la amiga buenaondita que escucha y ayuda y está ahí en toda circunstancia sin esperar nada a cambio. Nuestra amistad te gustaba porque sentías que yo no te necesitaba, eso siempre lo dejaste muy claro. Pero sí que te necesité, y te lo hice saber sin respuesta alguna.

No puedo forzarte a cambiar para mi conveniencia, pero puedo elegir el lugar que ocupas en mi vida. Es tu dolor o el mío; por supervivencia, esta vez tendré que evitar el mío.