A lo lejos se ve un recuerdo, algo nublado y tenue suplicando calidez y amor.

Un rostro, algo pálido y a la vez tan suave. Y el cabello, el cabello que aparentaba ser rojizo pero era gris como mi corazón el día que se fue.

Y comenzó a ser un simple recuerdo, y comenzó a ser la protagonista en aquel sueño.

Y comenzó.

Una voz, que de a poco se esfumaba en la penumbra hasta ya no volver a ser recordada ¡Pero vaya que mi mente la buscaba!

Un bolso sobre el baúl que desplegaba aromas e ilusiones, y más. Siempre confites de colores, ese gran vicio. Y figuritas para la colección.

Y su hora del té, sagrado momento de generación en generación. Los scones y la tetera vestida de lana.

Y el cigarrillo marcado por su boca fuccia. Y la manera de imaginarla como una actriz de los años 50’. Tener el ludo siempre a un costado y el control remoto para los dibujos animados.

La noche era más oscura y el día terminaba pero la tarde fue como un nuevo gran sueño. No quiero despertarme.

Y esas ganas. Esas ganas de sentir su aroma, su voz, de oírla. Saborear su comida y ver como saca fotografías.

Y verla, por última vez, con amor y no desamor. Preguntarle quién es quién en ese collar,hoy oxidado. Casi puedo, no quiero despertar.

Mi dermis se heriza, es ella.

Y entender, aunque años después, que voló. Como ella quería. Ni un vaso ni una botella más.

La veo que sirve el té en nubes, y sus ojos celestes cristalinos me observan desde allí. La oigo diciéndome : “Reni,anda hasta mi pieza. No tengas miedo”.

Y esas ganas. Despierto.

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