La verdad de la milanesa

Viviendo en Buenos Aires aprendí a estar solo.

Me mudé de país sin conocer mucha gente del otro lado. Conocí mucha gente increíble, con la que sigo en contacto y a la que aprecio mucho, pero el proceso de insertarse en un nuevo contexto sin estar rodeado de gente en las mismas circunstancias es lento. Poco a poco uno va encontrando círculos y redes en los cuales insertarse y hacerse un espacio.

Mientras tanto, uno pasa bastante tiempo solo, y tiene que irse acostumbrando. Uno no sabe realmente cuán bien se lleva con uno mismo hasta que there really is no one else left in the room. Y sin embargo, Buenos Aires es uno de los mejores lugares que he conocido para estar solo — partiendo, por supuesto, de aceptar que la soledad, como momento existencial, es un privilegio eminentemente burgués. Pocos lugares se prestan más para caminar a una librería un domingo por la tarde, comprar un buen libro y sentarse a leerlo en una terraza con un café y una media luna (insisto, privilegios eminentemente burgueses). La ventaja de no conocer mucha gente es que la probabilidad de cruzarse con alguien conocido es baja, y por lo mismo, uno se siente menos culpable de perderse en extensas autoindulgencias.

Buenos Aires es una ciudad llena de nostalgias por todo lados, en la que es fácil perderse y ponerse contemplativo. Y es un lugar con una singular relación con el tiempo. Una ciudad gigante, permanentemente acelerada, donde sin embargo la gente entiende, acepta, y ejerce la necesidad de parar de cuando en cuando y robarse momento cotidianamente. Sentarse a tomar un cafecito, leer el periódico. Caminar a la esquina a comprar helado, salir a tomar una cerveza. La ciudad es existencial en su arquitectura, y en los flujos de sus habitantes.

Todas las noches, salía tarde de la oficina y me iba caminando, como por una hora, a casa desde Retiro hasta Palermo. En el camino iba haciendo paradas, casi siempre pensando en qué preparar para cenar. De esa época es que me quedó el gusto por la cocina, y por dedicar una o dos horas a picar, saltear, hornear, y demás actos hasta entonces desconocidos. Y sobre todo, me quedó la afición por una de las más existenciales preparaciones que conozco: la milanesa.

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Mi primera milanesa en la Argentina.

Aprendí a cocinar mientras vivía en Buenos Aires. Antes de llegar, mi repertorio incluía apenas una receta de huevos revueltos. Aterricé en Buenos Aires al día siguiente de la muerte de Néstor Kirchner para encontrarme con un feriado por duelo nacional y todos los restaurantes de la ciudad cerrados. En el único supermercado que encontré abierto, compré lo único que parecía accesible a mi talento culinario: un paquete de milanesas listas para freír. La milanesa se convirtió así en mi plato de bienvenida.

La milanesa en la Argentina es un fenómeno cultural. Importada por inmigrantes italianos a lo largo de los siglos XIX y XX, representa ese lugar nostálgico en el que uno se siente conectado con memorias de comer en casa. La milanesa es ubicua, es familiar, pero también capaz de sorprender: uno puede encontrarla en todo tipo de combinaciones, y puede imaginarse variaciones capaces de satisfacer antojos de todo tipo. La milanesa te saca de apuros cuando no sabes qué preparar, pero te saca de apuros con una dignidad muy superior a la del arroz con huevo o el pan con jamón. Es rápida. Es simple. It underpromises and it overdelivers.

Pero además, la preparación de la milanesa es una ceremonia ritual. Se baten y sazonan los huevos, se corta el pollo o la carne, se esparce el pan molido. Luego se toma uno, se baña en el otro, y se revuelca en el tercero. Se repite una y otra vez. Y luego uno puede escoger si quiere la salida rápida o la salida existencial: freír las milanesas en aceite, o meterlas al horno para que se cocinen lentamente, con paciencia. Esta última es mi solución favorita.

A menudo hice trampa. En la esquina de mi casa, un compatriota peruano tenía un puesto de carnes y verduras donde podía rápidamente comprarme medio kilo de milas de ternera para resolver el almuerzo o la cena. Me recibía siempre con un “cómo va, paisa”, y siempre me regalaba alguito fresco que había traído para que probara. Un gran tipo.

Pero la preparación de la milanesa es su verdad existencial. La simplicidad que uno finalmente consume esconde esta naturaleza ritual, cíclica, que implica su preparación.

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Hoy decidí preparar milanesas después de muchos años. Old school: preparándolas desde cero y metiéndolas al horno, con mucha paciencia. Fue el trigger de ponerme a pensar, largo rato, sobre la milanesa: sobre vivir en Buenos Aires, sobre cocinar, sobre aprender a estar solo, sobre perderse por unas horas en el ritual de ensamblar la verdad existencial de la milanesa con huevo, pan molido, y pollo, desconectándose un poco durante un rato y escuchando un poco de música sin la presión de tener que llegar a ninguna parte a ninguna hora.

Milanesas, hoy, listas para entrar al horno.

La verdad de la milanesa es que es un momento existencial, un momento que colapsa y afecta la percepción del tiempo. Un momento en el cual uno puede perderse y desconectarse un poco.

Varias veces me han preguntado si no siento a veces la necesidad de desconectarme, si no me choca de cuando en cuando la angustia existencial donde uno se pregunta por qué todo y por qué hay algo y no más bien nada. Algunos sienten que para encontrarse con esas preguntas tienen que retirarse a la naturaleza, empezar a ir al psicoanalista, dedicarse al yoga, experimentar con psicotrópicos, o tantas otras posibles vías de acceso a la confrontación con uno mismo.

Nunca he sido particularmente fan de la desconexión. Y es, quizás, por todo ese tiempo que pasé de por sí desconectado en Buenos Aires. Lo que decimos cuando decimos que “necesitamos desconectarnos” es en realidad que necesitamos re-conectarnos, volver a tener un poco de claridad respecto a por qué hacemos las cosas que hacemos en lugar de hacer otras cosas. Inmersos en el día a día y en los to-do lists, es fácil encontrarse atrapado entre los engranajes y perder la conexión con el propósito último por el cual estamos ahí. De allí la frustración, la duda, la necesidad de alejarse para ganar perspectiva.

Hay una escena hacia el final de Avengers (la película) en la que el Capitán América, ante la escalada de una invasión extraterrestre, le dice a Bruce Banner (Hulk) que es quizás un buen momento para que empiece a molestarse.

Sin detenerse, Banner sonríe y le responde, mientras se vuelve cada vez más Hulk: “ese es mi secreto, Capitán. Yo siempre estoy molesto”.

Uno no tiene que salir del mundo para conectarse con la verdad de la milanesa.