Gobierno Electrónico e Identidad Digital: El reto de la sincronía

Autores: 
Lee Frinee Pedroza Espinosa (
@lapizlazuli) y Emilio Saldaña Quiñones (@Pizu)
Publicado originalmente en la revista
U-Gob

En años recientes, el avance alcanzado por las Tecnologías para la Comunicación y la Información (TIC), permite a los gobiernos, organismos y empresas, así como a los Ciudadanos mismos, habilitar servicios electrónicos que estén centrados en las personas.

Antes de la era digital, vivíamos en un mundo con mucha mayor incertidumbre e información limitada. La distancia física provocaba que nuestras interacciones fueran sumamente reducidas. Los medios de comunicación ofrecían una vía de un sólo sentido: eran para nosotros, pero muy rara vez sobre nosotros. Nuestra relación con el gobierno era una relación limitada al acceso sumamente reducido de nuestra información realmente valiosa y, además, este acceso estaba definido por sus límites, en lugar de hacerlo por su potencial.

En la era de la cultura digital, la realidad es otra. La tecnología evoluciona en versiones -toma la experiencia anterior y la corrige, actualiza, adiciona y crea la siguiente versión-, mientras que los gobiernos tienden a empezar de cero. La participación de los ciudadanos digitales en la creación y uso de las TIC, es precisamente el elemento que completa el círculo virtuoso, para la creación permanente de procesos de mejora en la prestación de servicios en línea para la sociedad. Inevitablemente, se introducen procesos de mejora que tienen a las personas como el centro.

Parecería que el poder lo tenemos los Ciudadanos, y que, como ciudadanos de la Era Digital, es conveniente tener presente lo dicho por Franklin D. Roosevelt (posteriormente citado por Stan Lee a través del Tío de Spiderman, Ben): Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Pero no es así del todo, hasta hace muy poco los gobiernos comenzaron a reconocer el peso y relevancia de la Identidad Digital.

Aunque poco a poco los gobiernos reconocen las posibilidades que representa la identidad digital para el funcionamiento económico, político y social del país, y ofrecen opciones a los ciudadanos para participar en el diseño de política pública para el cuidado de sus datos personales, el acceso a su información y el uso de su presencia extendida en línea, el gobierno tiene el reto de entender y adaptarse a este proceso de atención-acción de usuarios de tecnologías de información.

Quienes tenemos cualquier tipo de acceso a Internet y a las TIC, formamos parte de una inteligencia colectiva e interconectada, que es de múltiples vías, que nos escucha, que nos responde, que nos retroalimenta y se retroalimenta de nuestras interacciones, dentro de espacios interconectados que trascienden las definiciones de espacio, tiempo y distancia. Es vasto, es increíble y es caótico.

Impulsados por un Internet cada vez más ubicuo, inventamos y reinventamos múltiples versiones de nosotros mismos, lo que a su vez nos interconecta en distintas redes, con particular relevancia. Se trata de uno de los mayores sueños que hayamos tenido, y lo estamos viviendo, somos parte de su construcción: ¿Qué pensamos? ¿Qué sentimos? ¿Qué escuchamos? ¿A quién conocemos? ¿Qué compartimos? ¿Qué nos gusta? ¿Qué no nos gusta?

Una de las posibilidades que nos brinda la ubicuidad digital, a través de nuestros dispositivos móviles, por ejemplo, es la posibilidad de emplear el dinero eliminando el uso de productos como monedas, billetes, cheques, tarjetas de débito o de crédito. Hablamos de cosas tan prácticas y cotidianas como transferir dinero o pagar un servicio desde el punto en el que estemos, en el momento que mejor nos convenga. Depósitos inmediatos a familiares, programar y domiciliar pagos de servicios –luz, Internet, agua, teléfono, TV de paga, supermercado- y, por supuesto, el consumo de bienes y servicios digitales, como la compra o renta de música, películas, videojuegos, series, y la larga lista que le sigue.

Naturalmente, la falta de reglas claras y sistemas que no cumplen la promesa de servicio (ya sea porque en efecto no funcionan o son complejas de utilizar), generan un impacto negativo en varios sentidos, todos muy relevantes: (1) se eleva la desconfianza en el uso de nuestros datos personales, (2) desalienta la participación y adopción de plataformas digitales, y (3) el usuario regresa a la fricción de la relación análoga (desplazos, filas, copias).

Hoy, éstos ya no son datos aislados, son información que nos define. Son elecciones con valor. Conforman una “identidad digital”, nuestra identidad en línea, compuesta por todos aquellos datos en línea (publicados deliberadamente por nosotros o no) sobre nosotros.

Nuestro yo digital expande el concepto de quiénes somos. Es, definitivamente, una nueva realidad. Una realidad menos enfocada en la comunicación masiva (inherente hoy a Internet) y más enfocada en la personalización de la experiencia, en los detalles que importan. Muchas veces su relevancia es temporal o incluso instantánea, pero es la que logra concentrar la mayor cantidad de interacciones por parte del usuario.

Si al interconectar las personas hemos creado la era digital y todos los días aprendemos y contribuimos al crecimiento de la sociedad y la economía del conocimiento, debemos creernos capaces de también poder contribuir para acelerar el proceso de ajuste institucional y legislativo que nos facilite el cumplimiento de nuestras obligaciones o la compra de bienes y servicios; y que mientras lo hagamos, nuestros derechos como humanos consumidores se respeten y hagan valer.

Más que conclusiones, para finalizar este artículo hay preguntas torales sobre el tema, que el Dr. Alejandro Pisanty Baruch (@apistanty), ha expuesto de manera muy clara y sobre las que es oportuno reflexionar:

“Confianza e identidad o identidad y confianza: ¿Cómo podemos confiar en la identidad que se nos ofrece, sea ésta la de personas, instituciones, o bienes como los inmuebles, los automóviles, y otros que requieren de registro? México debe sumarse con prontitud al debate mundial y asimilar con rapidez y profundidad las consecuencias. ¿Dotar a todos los ciudadanos de un identificador y un autenticador electrónicos sin volverlos blanco y botín de abuso y delincuencia? ¿O vamos a escondernos todos de la red? ¿Qué políticas públicas y leyes, qué acuerdos de autorregulación, nos protegen contra la falsificación de personas, o de sesgo deliberado en buscadores y enciclopedias en línea? ¿Cómo se les hace valer a través de las fronteras?”

Publicado originalmente en la revista U-Gob

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