El ajuste de Hacienda al Gasto Público

¿De nuevo a la realidad o siempre en ella?

Por Ángel Romero

Nuestra memoria social es intermitente. En cada ocasión que el país sufre un revés en su economía, los analistas políticos de toda condición se vuelven sarcásticos e ingeniosos:

Apenas se fue el papa Francisco y la cruda realidad emerge con toda su dureza.

Así comienza la columna de Salvador García Soto titulada “El señor de las tijeras” en El Universal.

García Soto “uno de los periodistas críticos con amplia presencia en los medios impresos y electrónicos en México” se lee en la pequeña semblanza que aparece al pie de su foto, distinguida por la mirada feroz pero reflexiva, que convalida las palabras descriptoras.

Su posición ante el recorte presupuestario anunciado por nuestro Secretario de Hacienda Luis Videgaray es implacable:

Con el recorte “preventivo” (…) se confirma que en materia económica, el de Enrique Peña será un sexenio perdido y regresivo.

Entonces, continúa nuestro columnista visionario, el recorte total del presupuesto aunado a la crisis petrolera nos “avizora un último tramo del sexenio peñista con nulo crecimiento económico”.

Pero eso no es todo, la posibilidad de que los ajustes al gasto público continúen realizándose en el futuro inmediato es latente, si tomamos en serio

La amenaza del gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, de que si no se recorta drásticamente el gasto público se tendrían que aumentar las tasas de interés.

Por supuesto que las aseveraciones vienen sostenidas con cifras y porcentajes del desastre económico del país:

  • Recorte de 132 mil millones de pesos al presupuesto federal para este año (que quizás alcance al 30% del mismo)
  • Aumento de la deuda pública en un 44.9 % en lo que va del sexenio, superando los porcentajes de Ernesto Zedillo (24.7%) Vicente Fox (24.9%) y Felipe Calderón (34.8%).

Finalmente nuestro columnista concluye (seguramente con manos temblorosas), con una advertencia para sus lectores:

Hoy, en lo que resta de este año y el próximo, más bien nos preparamos para sobrevivir a una sequía de recursos que nos augura un difícil final de sexenio.

Pero Salvador Díaz Soto, no es el único que escribe o se pronuncia en estos términos críticos desde el momento en que el secretario de Hacienda anunciara las medidas económicas.

Los editoriales de los principales diarios del país, los columnistas y articulistas de opinión, los noticieros de radio y televisión, el internet y las redes, y todos aquellos que puedan expresarse masivamente (incluyéndonos) se esfuerzan y apuran por exponer escenarios, cifras y porcentajes.

No obstante, este frenesí de comentarios y diatribas, explicaciones y proyecciones, se funda no sólo en la reproducción constante de juicios y números, sino sobre todo, en la repetición de nuestra historia moderna.

En efecto, salvo el remanso de tranquilidad y progreso económico llevado a cabo por el “crecimiento estabilizador” de la segunda mitad de los años treinta y década de los cuarenta, donde el crecimiento de Producto Interno Bruto alcanzó niveles insospechados dignos de estudio y perplejidad internacional, nuestro país no ha logrado nunca crear las condiciones de acuerdo y proyección en materia económica que le permitan el desarrollo equilibrado que redunde en la concreción de atributos mínimos de equidad y decoro para la población.

Durante el “milagro mexicano” (que extendió sus alcances hasta los sesenta), y más allá de los contextos internos y mundiales favorables, lo cierto es que el Estado mexicano logró la creación de instituciones financieras y de impulso a la infraestructura, así como de empresas públicas que facilitarían la inclusión productiva de las masas sociales bajo el resguardo normativo. Esta construcción política ha sido la base de las instituciones que todavía hoy, a pesar de todo, mantienen vigente y estable al país.

En este sentido, la lógica de los constantes problemas económicos que padecemos tienen su origen en el desarrollo de nuestro sistema político, en sus prácticas informales y en sus diseños legales, que en lo corto, únicamente se dirigen a perpetuar su existencia.

Nuestros desequilibrios económicos son en estricto de índole política.

La organización y reparto patrimonial de la empresa denominada Estado mexicano, ha sido el factor decisivo de la exclusión y la marginación. Todas las organizaciones partidistas y toda la clase política del país: sus hábitos, sus corruptelas, su dominio es lo que nos tiene en esta situación.

Al igual que nuestra prensa, nuestros medios, quienes repiten bajo el esquema de una supuesta crítica liberal, los avatares de la economía, sin sospechar que se vuelven cómplices de lo que sucede: en lugar de iluminar con la información, sólo la oscurecen con su exceso y repetición.

¿Regresar a la cruda realidad después de la lujuria mediática papal? Dice con profundidad Salvador García Soto.

Necedades de opinadores severos y sarcásticos, que al repetir incesantemente el discurso del encono, el hallazgo y la sorpresa (sin saberlo), confabulan con las estructuras de poder y de su clase gobernante en el ejercicio sistemático de encubrir contextos y prescindir de las mayorías.

Como si la realidad de nuestro país no nos abofeteara día tras día.

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